ENRIQUE ABASOLO
La remoción de la cándida Irma Eréndira Sandoval como titular de la Secretaría de la Función Pública, merece diversas lecturas que por ahí he ido recolectando, como quien recoge pitufresas del bosque.
Para empezar, a diferencia de otros miembros del apolillado gabinetazo del AMLO el anticuario, que han dimitido o así lo han manifestado al menos, al momento de anunciar su renuncia por motivos que van desde los consabidos “motivos personales” a las francas discrepancias con las políticas del Ejecutivo, Sandoval Ballesteros fue en cambio, separada del cargo por expresa decisión del máximo jerarca del Gobierno mexicano.
Se especula un presumible castigo por haber impulsado la pre candidatura de su hermano en Guerrero, contradiciendo los designios del viejito macuspano, quien ya se había desgastado de más defendiendo la postulación de su amigo personal, el presunto degenerado Félix Salgado Macedonio.
‘Haiga’ sido como ‘haiga’ sido, la noticia no tuvo toda la relevancia que merecía.
La Secretaría de la Función Pública, además de la relevancia que pudiese llegar a tener per se, sería o debió ser -solo en teoría- la piedra fundacional del gobierno de Andrés Manuel.
Y es que, toda su campaña, filosofía y plataforma política se basaba en el combate a la corrupción, misma que se encuentra enquistada en todos los campos del quehacer administrativo mexicano.
Cuándo se le preguntaba a AMLO candidato, cómo haría para resolver tal problema, solventar equis carencia, o subsanar cualesquier rezago, a falta de una respuesta articulada, su comodín discursivo era: combatiendo a la corrupción. Dicho combate, aseguraba, representaría para el País ahorros mega multimillonarios.
¿Y sabe qué? Aun creo que tenía razón… en el discurso al menos: Abatir la corrupción se traduciría sin duda en un increíble ahorro para el gasto público que, podría invertirse en cualquier cantidad de rubros para elevar la calidad de vida de los mexicanos y la competitividad del País.
Pero tales cosas jamás han sido las metas del Rey Lagarto. Así que eligió titular para la SFP sin mucho pensárselo y sin mucho pensárselo la removió, como a una mancha horrible que ahora le ofende. Revise el video en donde Sandoval Ballesteros “agradece” al Presidente la oportunidad y verá cómo el viejo no quita su cara de tótem apache durante la larga y nerviosa perorata de la hoy desempleada, a la que AMLO no escupe nomás porque sabe que lo estaban grabando.
Para encabezar los esfuerzos de la acción primordial de su mandato, el combate a la tranza, el señor don Peje sustituyó a Irma Eréndira con otro de sus compañeros de la Selección Mexicana de Cachibol, Roberto Salcedo Aquino.
Y mire que me siento terrible por cuestionar la capacidad del flamante secretario de estado en función de sus 77 primaveras, pero, más dudas tengo respecto a la real voluntad del Ejecutivo para erradicar la corrupción, si para ello evita, como gato al agua, el primer paso fundamental e ineludible que es el reconocimiento de su existencia.
Es decir: ¿Cómo carajos va a prevenir, abatir y castigar los actos de corrupción y a sus perpetradores, si desde que asumió la Presidencia mágicamente desaparecieron los funcionarios rapaces, los que se enriquecen a costa del saqueo al erario o del tráfico de influencias?
¿Es que acaso va a mandar traer a funcionarios corruptos de otros países para escarmentarlos aquí? Digo, porque en su gobierno nadie roba, nadie desvía recursos, ni para los bolsillos propios ni para las arcas del partido oficial.
Aunque claro, le queda siempre el recurso de traer a los corruptos de otros sexenios, pero luego sale con que primero hay que preguntarle al pueblo bueno, que una consulta para juzgar expresidentes, que mejor mañana para evitar la fatiga, que “¡toy viejito, no puelo!”.
Un verdadero combate a la corrupción comenzaría por perseguir y castigar los crímenes del viejo régimen, es decir, los de las administraciones panistas y tricolores. Pero sendos partidos, reducidos hoy a fracciones minoritarias en las cámaras legislativas, son claves para que el Presidente pueda lograr las mayorías que requiere el sacar adelante sus planes, proyectos y reformas.
Así que echará manos de estas minorías ofreciéndoles a cambio, lo que más anhelan las añejas divisas políticas: impunidad por sus pretéritos pecados, enterrar el pasado. En síntesis, la no acción de la justicia contra ellos.
De manera que la continuidad del juego de la corrupción está garantizada para este sexenio.
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