En lo alto de la sierra de Hidalgo, seis personas resisten entre lodo y ruinas en el pueblo de Chapula, devastado por el huracán Priscilla. Aislados y sin apoyo oficial, rechazan el decreto gubernamental que declara su tierra “inhabitable” y luchan por preservar su comunidad con lo poco que tienen
Redacción Más
Aislado por montañas, sin caminos transitables, servicios básicos ni comunicación telefónica, el pueblo de Chapula, en la sierra de Hidalgo, resiste en ruinas. Solo seis personas habitan hoy lo que queda de esta comunidad enclavada en el municipio de Tianguistengo, devastada por el paso del huracán Priscilla hace un mes.
Entre piedras, lodo y el recuerdo de lo que fue un pueblo vibrante, los últimos habitantes se niegan a aceptar el veredicto de las autoridades: que Chapula es ya una “zona inhabitable”.
La reconstrucción es prácticamente imposible, y sin embargo, para estos seis, abandonar su tierra no es una opción. Así lo documenta un reportaje del diario El País, que acompañó a los últimos pobladores –campesinos, ganaderos y criadores de peces– en su esfuerzo por devolverle la vida a un territorio que el agua y el fango arrasaron “como no se había visto en cien años”, según los testimonios.
Raúl Jiménez Montiel, agricultor de 50 años, vigila la entrada al pueblo mientras algunas familias regresan únicamente a rescatar pertenencias y animales. La única vía de acceso es una caminata de más de tres horas o una travesía a caballo desde Pemuxco, la comunidad más cercana.
En medio de ese aislamiento, Zoralia Cruz Hernández, conocida como ‘Zury’, protege lo que para ella es más valioso: sus animales. Con lágrimas contenidas, cuenta cómo logró salvar a su cerda preñada durante la tormenta. “Yo siempre la he cuidado. Andaba sola, va a tener sus puerquitos. No me gusta dejarla sola”, explica mientras alimenta al animal dentro de su casa llena de lodo.

Como ella, otros pocos se aferran a lo que queda. Alberto y Edith, dos hermanos que vivían del criadero de mojarras que tenían en el pueblo, regresan cada tanto a recoger los pocos peces que sobrevivieron y a limpiar lo que quedó de su estanque. “Pobrecitas mojarras, algunas seguían aquí en el lodo”, dice Edith. Su hermano mayor, Beto, ayuda también a recuperar lo que se pueda. Don Antonio Bautista Hernández, campesino de 54 años, lo perdió todo: la casa que construyó con lo ahorrado tras migrar, sus parcelas de maíz, calabaza y frijol. Lo único que conserva es la determinación de quedarse.
La desolación se extiende por todo Chapula. La comunidad, que solía tener un puente colgante, pozas cristalinas y un río limpio, es hoy un pueblo cubierto por tierra seca, sin electricidad, sin agua potable, sin presencia oficial y con apenas unos helicópteros que de vez en cuando dejan despensas. Ya no hay caminos, ni maquinaria, ni brigadas. Las manos solidarias que ayudaron a retirar el lodo los primeros días no han vuelto.
Pese a todo, los últimos habitantes han comenzado a organizarse. Don Nabor Hernández Montiel, un ganadero de 57 años, encabeza recorridos de limpieza y rescate de pertenencias, haciendo hasta tres viajes al día entre Chapula y Pemuxco. Junto con Edith, Raúl, Antonio, Maximina y Beto, planean formar una comisión para defender ante las autoridades su derecho a permanecer en su comunidad. Temen que si no lo hacen, Chapula simplemente será borrado del mapa.

La respuesta del gobierno no ha sido suficiente. El gobernador de Hidalgo, Julio Menchaca Salazar, declaró oficialmente la comunidad como inhabitable: “Ya no hay casas”, afirmó. Sin embargo, sus habitantes aseguran que no recibieron notificación alguna y que nadie les explicó qué opciones tienen. Lo poco que han logrado recuperar ha sido por su propio esfuerzo.

Quienes han optado por no quedarse aún regresan a Chapula ocasionalmente, a recoger enseres, cuidar a sus animales o limpiar las parcelas invadidas por las piedras. El regreso es triste y lleno de incertidumbre. El río, antes limpio y tranquilo, sigue fluyendo con fuerza. El puente se ha convertido en un cable de alta tensión al que se aferran para cruzar. Lo que antes era un pueblo lleno de vida parece ahora un esqueleto cubierto de silencio y polvo.
Aun así, los seis de Chapula no se rinden. Se saben casi invisibles, condenados a ser olvidados por un sistema que no contempla a los que eligen resistir, pero se mantienen firmes. “Estamos dispuestos a arriesgar nuestra vida si se repite una lluvia como la pasada”, advierten. Ellos han decidido que su historia no terminará bajo el barro. Mientras puedan sostenerse en pie, dicen, Chapula no desaparecerá.
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LO SIENTO MUCHHO !!!! ANIMO Y QDNB AMÉN
¡Fuerza!
Ojalá nos pudiéramos organizar y ayudarles en algo a recuperar su pueblo, en vista de que quien tendría que hacerlo los dejó solos.
Que impotencia 🥺