Cerro del Pueblo

25/05/26


Por Heriberto Medina

Algo se mueve… y no es el viento

Algo se está moviendo en los círculos más cercanos al poder en Coahuila y es que, aunque parezca muy lejano, desde hoy se está definiendo —o tal vez ya se definió— quién será el siguiente candidato… o candidata, con A, a la gubernatura de Coahuila por el PRI.

Hasta hace poco lo que se había visto era a dos briosos aspirantes moviéndose por todo el estado de una forma u otra y cada quien dentro de su esfera de competencias. Uno de ellos, el alcalde de Saltillo Javier Díaz González, y otro el fiscal general del Estado Federico Fernández Montañez. Un día sí y otro también los calefactos aparecían a toda plana en los principales periódicos, no de Saltillo, sino de todos los municipios medianos y grandes de Coahuila. En una tercera posición, más atrás pero no mucho, aparecía Gabriel Elizondo y también muy cerca Luz Elena Morales. Ese era el panorama hasta hace algunas semanas, pero como en Big Brother las reglas cambian.

El gran termómetro son las páginas de los periódicos y los comentarios en las columnas más cercanas al poder (es decir, todas). Y de pronto la exposición de Javier Díaz en el interior del estado disminuyó de manera importante. Antes tenía una plana para él solo y, de un día para otro, la difusión bajó. No pasó lo mismo con el fiscal, que sigue galopando con singular alegría: pretextos sobran, que si el evento fulano, que si la reunión perengana, que si el operativo, que si la mesa, que si el saludo. En fin: pareciera que ya trae la venia

A Elizondo también le cayó la congeladora. Tenía exposición mediática con Mejora —y cuando se trae programa social se trae micrófono incluido—, pero de pronto lo mandan como candidato plurinominal. Decisión con varias aristas por estudiar: una verdadera carambola de tres bandas. Le quitas exposición al dejar Mejora, y como es plurinominal, no es visible en campaña como lo sería en un distrito. Luego, a como van las cosas y con eso de que habrá carro completo, puede no llegar ni al Congreso; y si llega, tal vez no llegue como presidente de la Junta de Gobierno. Es decir: lo pones en lista, pero lo desinflas en la conversación. Y en política, lo que no se menciona, no existe.

Además, se sumaron dos mujeres a la contienda; o más bien, siempre han estado, pero ahora se ven más. Verónica Martínez, que es candidata por el distrito 9 de la laguna, e Hilda Flores, representante del Gobierno del Estado en la Ciudad de México, que este fin de semana se dejó ver acá en Coahuila, como quien pasa lista y recuerda que sigue en el tablero. En resumen y según los signos de los tiempos, Fernández Montañez parece llevar mano mientras Díaz y Elizondo se rezagan un poco. Falta ver quién es el caballo negro en la carrera por la gubernatura… o la yegua.

Cañonazos de ventanilla y cañonazos de oficina

Y mientras los aspirantes se acomodan y se desacomodan, hay una realidad que no depende de fotos ni de planas: la corrupción cotidiana, la de ventanilla sigue galopando. En Coahuila durante 2025 se cometieron un prometieron por lo menos 60 actos de corrupción al día. Sí, al día, lo documentó el INEGI en su encuesta de calidad gubernamental que aplica cada dos años y cuyos resultados recién dio a conocer.

Según esos datos, los encuestados reportaron en Coahuila 22 mil 143 actos de corrupción por cada 100 mil habitantes. En total la tasa fue de 14 mil 619 ciudadanos por cada 100 mil habitantes los que fueron víctimas de algún acto de corrupción, lo que implica que muchos de ellos sufrieron la corrupción más de una vez en el año.

Sin importar cómo estén las otras entidades o cómo esté el país entero, 60 actos al día es una cifra escandalosa. Y esa es la corrupción menor: la del burócrata de mostrador, la del agente de tránsito que pide mordida, la del trámite que mágicamente se destraba cuando aparece el “apoyo”.

Ahora imagínese cómo estará la otra: la de los funcionarios mayores, los que tienen poder de decisión sobre asuntos importantes, los que autorizan permisos, concesiones, contratos, licitaciones, “asociaciones”, “proyectos estratégicos”. Como decía Álvaro Obregón, ahí sí hay cañonazos… pero cañonazos mayores. Es la mordida con saco y corbata, el moche con firma, el favor con factura. Si la mordida de ventanilla ya dejó 22 mil actos reportados, ¿cuántos de los otros no aparecen porque no se denuncian, porque no se ven, porque vienen disfrazados de legalidad?

¿Y por qué ocurre todo esto? Muy sencillo: porque sistemáticamente se han encargado de debilitar —e incluso destruir— los órganos de transparencia, combate a la corrupción y rendición de cuentas. Los han vuelto comparsas, simples observadores sin poder real. Les quitan dientes, les quitan presupuesto, les quitan capacidad. Y el resultado es este: una grotesca peregrinación de servidores públicos pidiendo moche.

Si el IEC puede esconder declaraciones, si los partidos pueden acomodar pluris como premio, si el Congreso puede trabajar poquito y cobrar completo, entonces el burócrata de ventanilla entiende el mensaje: “si arriba se puede, abajo también”. La impunidad es contagiosa. La opacidad es contagiosa. Y la corrupción, como toda plaga, se reproduce donde no hay vigila.

Así o más claro.


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