Cerro del Pueblo

01/05/26


Por Heriberto Medina

Plurinominales: la repulsión y el truco

Plurinominales. Palabreja que, de solo escucharla, causa una repulsión natural. Como que huele a política y la política como que huele a corrupción. Tal vez por eso los ciudadanos no iniciados en las malas artes del servicio público y la representación popular no entienden la “importancia” de esas posiciones. Hoy nos vamos a adentrar en ese oscuro mundo de la real politic, aprovechando el hecho de que los diferentes partidos políticos ya registraron sus listas de candidatos plurinominales, para explicar el concepto e ilustrar a nuestros lectores sobre lo que revelan los nombres que aparecen en la multicitada lista.

Primero lo primero: plurinominales no implica estar en muchas nóminas (aunque algunos de la lista seguramente cumplen a cabalidad con esa fallida acepción). El término se aplica a las diputaciones de representación proporcional, es decir, se asignan en función de los votos que haya obtenido el partido en cuestión. Incluso existe una fórmula matemática para calcular el número de asientos que alcanza un partido, ese tipo de fórmulas en las que te piden que pienses un número, lo multipliques por cinco y luego le restes el número que pensaste. Al final, el mago te dice que adivinó tu resultado y tú aplaudes… aunque el truco de verdad no estaba en el número, sino en quién reparte las cartas.

Siguiendo esta regla, lo primero que se hace es que todos los partidos que sobrepasan un porcentaje mínimo de votación tienen un diputado garantizado. Aquí entra el famoso umbral: si pasaste del 3%, tienes un diputado sí o sí. Y ese diputado no es otro que el que aparece en primer lugar de la lista de plurinominales. Quien aparezca en ese lugar prácticamente tiene su curul asegurada, sin gastar la suela del zapato, sin hacer campaña, sin pedir el voto: diputados sin gas, sin gastar nada.

Esa manera de asignar diputados ya implica una trampa de inicio. El truco es tener muchos partidos chiquitos afines al partido en el poder, apoyarlos a como se pueda para que obtengan ese porcentaje mínimo y arreglado Matamoros.

Se los explico con peras y manzanas, porque aquí el diablo está en la aritmética. El Congreso de Coahuila tiene 25 diputados: 16 llegan al haber ganado en las elecciones (mayoría) y 9 por estar en las listas plurinominales. Si el sistema —y el partido en el poder— logra que haya 9 partidos con más del 3% de los votos, se acabó: las nueve posiciones se reparten como rebanadas entre “aliados”, “satélites” y “morralla”. Y aunque el partido que ocupe el segundo lugar en la votación obtenga el 40%, estará muy lejos de que su representación en el Congreso sea equiparable a su votación. Es entonces cuando se da el fenómeno de la subrepresentación: el ciudadano vota, pero su voto se vuelve chiquito en la traducción a curules.

Regularmente, todos esos partidos chiquitos —conocidos como partidos morralla— llegan nada más a hacerle el caldo gordo al partido en el poder. Así, en Coahuila, casi siempre los diputados verdaderamente opositores terminan siendo tres o, a lo mucho, cuatro. Lo demás es coro, comparsa y aplauso por turnos. Y luego, cuando el ciudadano se queja de que el Congreso no sirve, le contestan con el clásico: “es que así quiso la gente”. No, hombre. La gente quiso votar; el sistema quiso otra cosa.

¿Quién fue el ingeniero electoral que elaboró todo este andamiaje? Rubén Moreira. El mismo que se queja ahora de la sobre representación de Morena. Ahora se queja de lo que él aplicó aquí a rajatabla. Es decir: el que inventó el candado se enoja cuando otro trae llave. El mundo al revés, versión tricolor.

Y aquí viene lo que vuelve relevante la lista plurinominal: estar en los primeros lugares es asegurar un lugar en el Legislativo sin haber gastado ni un centavo en campaña. Bajo esa consideración, cobran relevancia los nombres de quienes aparecen en la lista y, en este caso, en Coahuila algunos nombres obligan a levantar la ceja y decir como los colombianos: ¿cómo así?

Empecemos por el PRI. En el primer lugar —y con el asiento garantizado— está Carlos Robles, dirigente estatal del PRI y actual diputado local. En segundo lugar en la lista aparece Diego Rodríguez, quien, de llegar, acumularía cuatro cargos: director de Comunicación Social del Gobierno del Estado, diputado local, magistrado suplente y secretario de Organización del PRI. Desconozco si al llegar dejará Comunicación Social, pero aun cuando nominalmente eso ocurra, seguramente en los hechos seguirá teniendo el control de esa área gubernamental. Hay cargos que se dejan en papel y se conservan en la realidad, como el control de la narrativa: lo sueltas en el organigrama, pero lo mantienes en el teléfono.

En tercer lugar de la lista tricolor está Gabriel Elizondo, titular del programa Mejora Coahuila y uno de los consentidos de la actual administración estatal. Conviene explicarlo con calma, porque esto también es ingeniería: si el PRI pierde al menos un distrito, tendrá un diputado plurinominal por el 3% (Carlos Robles); otro por la primera repartición de representación proporcional (Diego Rodríguez); y el asiento de Gabriel Elizondo se asignaría en la segunda ronda de representación proporcional. Es decir: con poquito, sacas mucho. No se llama magia, se llama sistema, Si el PRI gana todos los distritos tal vez solo acceda a un plurinominal, pero no estoy tan seguro, son magos.

En el caso de Morena, el lugar asegurado lo tiene Pili de Aguinaga, esposa de Shamir Fernández, ex priísta que decidió traicionar al tricolor para militar con los guindas. El segundo lugar lo tendría Edelmira Martínez, que en su casa sí es muy conocida. Así las cosas, es de esperarse que Morena no pase de dos diputados plurinominales, más los que gane de mayoría. Y ahí está el punto: el partido que presume ser “movimiento” puede terminar con una representación menor a la que su votación sugeriría, si el sistema ya viene diseñado para que los satélites se lleven su tajada.

El PAN y el Verde, tendrían como diputados asegurados a dos reconocidos paleros del PRI: Gerardo Aguado y Refugio Sandoval. A estas alturas, el que se asusta de eso no ha visto política. Aquí hay oposiciones que se oponen solo en campaña y cooperan todo el año. Y en el Congreso, más de uno vota como si trajera el instructivo pegado en la frente.

El escenario más probable, como pinta la lista, sería algo así: Morena con dos pluris (más los de mayoría que gane), el PRI con tres pluris, el PAN con uno, el Verde con uno, el PT con uno y Movimiento Ciudadano con uno. Si los dos partidos restantes pasan del 3%, será una sorpresa. Pero las sorpresas casi siempre traen padrino.

Y aquí es donde el ciudadano debe leer la lista como lo que es: un mapa del poder real. La lista plurinominal no es “una lista más”. Es la lista donde se ven las prioridades: quién se blinda, quién se premia, quién se paga, quién se asegura. También es la lista donde se ve el miedo: miedo a competir en un distrito, miedo a exponerse al voto directo, miedo a perder. Porque el pluri, bien usado, es salvavidas.

Por eso el término provoca repulsión. No porque la representación proporcional sea mala en esencia: en teoría sirve para que los votos se traduzcan con mayor justicia. La repulsión viene de la práctica: cuando la fórmula se usa para fabricar mayorías y reducir oposiciones, cuando los partidos “morralla” se convierten en engranes del gobierno, cuando la curul se reparte por diseño y no por ciudadanía.

Lo más grave es que este mecanismo termina deformando la conversación pública. En lugar de discutir ideas, discutimos acomodos. En lugar de evaluar perfiles, evaluamos “lugares” en la lista. En lugar de pedir cuentas por desempeño, pedimos cuentas por lealtad. Y entonces el Congreso se vuelve tablero. Un tablero donde el ciudadano es pieza, no jugador.

Y aún así, no faltará quien defienda las listas con la frase de manual: “es para que haya pluralidad”. Sí, pero la pluralidad verdadera no se logra metiendo partidos chiquitos a la fuerza; se logra dejando que la competencia sea real y que la representación refleje la voluntad ciudadana, no el diseño del ingeniero. La pluralidad no se compra: se construye.

Así que, cuando vea usted las listas plurinominales, no se quede en el chisme de nombres. Pregúntese lo importante: ¿qué está intentando asegurar cada partido? ¿Qué cuotas está pagando? ¿Qué operadores está protegiendo? ¿A qué le tienen miedo para no mandar a esos perfiles a pedir voto directo? Y, sobre todo: ¿quién está usando el sistema como trampolín para seguir cobrando sin rendir cuentas?

Porque el plurinominal, en Coahuila, rara vez llega para representar al ciudadano. Llega para representar al acuerdo. Y los acuerdos suelen pesar más que los votos.

Amanecerá y veremos.


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