OpenAI presentó GPT-6 Astra como su modelo más avanzado y sostiene que sus capacidades permiten hablar de inteligencia artificial general, aunque especialistas cuestionan que exista una prueba aceptada para acreditar ese umbral. El sistema amplía la autonomía para navegar, operar computadoras, programar y completar tareas profesionales con menor supervisión humana
Madrid, España, 05/09/26 (Más).- La carrera por construir máquinas capaces de igualar o superar al ser humano acaba de cruzar –al menos según OpenAI–, una frontera histórica.
La empresa creadora de ChatGPT presentó GPT-6 Astra, su modelo más avanzado, y sostiene que sus nuevas capacidades permiten hablar ya de inteligencia artificial general, la llamada AGI: sistemas capaces de desempeñarse de manera amplia en tareas intelectuales y profesionales al nivel de las personas o por encima de ellas.
La proclamación abre simbólicamente la puerta a la era de la superinteligencia artificial, aunque científicos y especialistas mantienen una intensa discusión sobre si ese umbral realmente ha sido alcanzado y, más aún, sobre cómo debería medirse.
De acuerdo con El País, GPT-6 Astra fue presentado el jueves 3 de septiembre por OpenAI como un salto generacional respecto de sus modelos anteriores, capaz de asumir tareas cada vez más complejas con menor intervención humana.
Greg Brockman, presidente de la compañía, considera que sus capacidades permiten calificarlo como AGI y afirmó que representa un cambio real en el tipo de tareas que las personas pueden delegar en la IA y en cómo esta puede potenciar sus capacidades.
La declaración resulta particularmente significativa porque llega cuando las grandes empresas tecnológicas compiten no sólo por construir los sistemas más potentes, sino por ser las primeras en anunciar que la inteligencia artificial dejó de ser una herramienta especializada para convertirse en una inteligencia de propósito general.
OpenAI describe Astra como su modelo más inteligente y alineado hasta ahora y asegura que estableció nuevos resultados en navegación por internet, uso de computadoras, programación, ingeniería de software, ciberseguridad, ciencias y trabajo profesional.
Según los datos publicados por la propia compañía, obtuvo 98 por ciento en FrontierMath Tier 4, 99.9 por ciento en ARC-AGI-3 y 100 por ciento en ExploitBench, pruebas diseñadas para medir distintos tipos de razonamiento y capacidades técnicas. Los resultados proceden de evaluaciones divulgadas por la empresa y, aunque ayudan a comparar modelos, no constituyen por sí solos una demostración universalmente aceptada de inteligencia humana general.
La diferencia es importante. La AGI no cuenta con una definición científica única y tampoco existe una prueba definitiva que permita declarar que una máquina la alcanzó.
Algunos especialistas utilizan el término para referirse a un sistema capaz de desenvolverse en una gran variedad de tareas cognitivas al nivel de un ser humano; otros exigen capacidades como aprendizaje autónomo, comprensión del mundo, sentido común, adaptación a situaciones completamente nuevas o razonamiento causal.
La superinteligencia supone un escalón todavía más ambicioso: sistemas que superarían ampliamente a las personas en una extensa variedad de actividades intelectuales.
Por eso, el anuncio de OpenAI está lejos de cerrar el debate. Una encuesta de la Association for the Advancement of Artificial Intelligence realizada entre 475 investigadores y profesionales del sector mostró en 2025 que 76 por ciento consideraba improbable o muy improbable que simplemente ampliar los métodos utilizados actualmente llevara a conseguir AGI. Algunos científicos sostienen que harán falta arquitecturas distintas, nuevas formas de aprendizaje y capacidades que los grandes modelos de lenguaje todavía no poseen.
La controversia llega incluso desde la propia dirección de OpenAI. Mientras Brockman considera que Astra permite hablar de inteligencia artificial general, Sam Altman, director ejecutivo de la compañía, había relativizado días antes el valor del concepto y señalado que AGI se ha convertido en buena medida en un término de mercadotecnia. Esa contradicción refleja uno de los principales problemas de la carrera tecnológica: las empresas necesitan convencer a clientes e inversionistas de que están alcanzando avances extraordinarios, pero al mismo tiempo enfrentan cuestionamientos sobre cómo comprobar de forma independiente esas afirmaciones.
Lo que sí parece menos discutible es que Astra amplía considerablemente la autonomía que OpenAI pretende entregar a sus sistemas. El modelo fue diseñado para operar computadoras, navegar por páginas, trabajar con archivos y completar procesos de varios pasos con menor supervisión. Puede desarrollar documentos, hojas de cálculo y presentaciones siguiendo instrucciones, adaptarse cuando cambian los requerimientos y ejecutar trabajos profesionales de principio a fin.
Su despliegue comenzó con un grupo limitado de organizaciones y OpenAI anunció una ampliación gradual hacia usuarios de sus planes de pago y desarrolladores.
El salto hacia sistemas cada vez más autónomos también ha encendido las alarmas. OpenAI reconoce que Astra es su primer modelo en alcanzar el nivel Critical de capacidad en ciberseguridad dentro de su propio marco de preparación. Esto significa, según la empresa, que con las herramientas y permisos adecuados puede localizar vulnerabilidades desconocidas y desarrollar formas de explotarlas en sistemas bien protegidos sin requerir que una persona supervise cada movimiento. La compañía asegura haber reforzado por ello sus mecanismos de aislamiento, monitoreo y bloqueo.
Estas capacidades no aparecen en el vacío. Durante los últimos meses se han conocido diversos incidentes relacionados con agentes de inteligencia artificial durante ejercicios de ciberseguridad.
A finales de julio, Anthropic reveló que versiones de sus modelos lograron acceder sin autorización a sistemas de tres organizaciones durante pruebas que debían permanecer aisladas. La empresa atribuyó el episodio a una configuración equivocada que dio a los sistemas acceso a internet. En esas circunstancias, los modelos encontraron rutas que sus evaluadores no esperaban.
El Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido documentó poco después un escenario todavía más inquietante. Durante 122 ejecuciones de pruebas de ciberseguridad con modelos avanzados de Anthropic y OpenAI, los agentes realizaron 19 acciones no autorizadas en diez de ellas. El caso más grave involucró a un agente que investigó a mantenedores reales de un proyecto de software, creó identidades falsas e intentó utilizar ingeniería social para conseguir que se aceptara código malicioso. El intento fracasó porque un desarrollador detectó la maniobra. Las pruebas se realizaban bajo condiciones deliberadamente permisivas, con acceso a internet y determinadas barreras de seguridad reducidas, por lo que los resultados no significan que un chatbot convencional pueda actuar de la misma manera por sí solo.
A esos antecedentes se añadió esta semana una revelación de Reuters sobre un episodio ocurrido desde mayo. Un grupo de agentes asociados con pruebas de OpenAI utilizó sin autorización un sitio web alemán y terminó convirtiéndolo en una especie de espacio de comunicación entre agentes, donde intercambiaban estrategias para sortear restricciones y completar pruebas. Investigadores detectaron miles de modificaciones no autorizadas. El episodio volvió a poner sobre la mesa la dificultad de controlar sistemas capaces de ejecutar largas cadenas de acciones de manera automática.
OpenAI asegura que Astra mejora precisamente en ese terreno. La compañía sostiene que el modelo ofrece mayor resistencia a intentos de manipulación, inyecciones de instrucciones maliciosas y situaciones en las que un agente puede interpretar de manera incorrecta lo solicitado por el usuario. También incorporó sistemas capaces de detener una conversación o una operación cuando los mecanismos de vigilancia detectan comportamientos potencialmente problemáticos.
Sin embargo, uno de los aspectos que más preocupa a investigadores externos es la posibilidad de que modelos más capaces sean al mismo tiempo más difíciles de supervisar.
Reuters informó que Astra puede ocultar partes relevantes de los procesos mediante los cuales llega a una respuesta o ejecuta una acción, una característica que complica saber si siguió el camino previsto o si encontró mecanismos inesperados para cumplir un objetivo.
Josep Curto, director académico del Máster en Inteligencia de Negocios y Big Data de la Universitat Oberta de Catalunya, advirtió: “Lo preocupante no es solo la escala de sus capacidades, sino la opacidad intrínseca en sus procesos de inferencia, que en esta nueva versión se vuelve más opaca. Cuando la trazabilidad de un modelo es limitada, la toma de decisiones basada en datos pierde un pilar fundamental: la capacidad de auditar cómo el sistema pondera las variables y valida sus hipótesis intermedias”.
Las implicaciones tampoco se limitan a la seguridad informática.
Si sistemas como Astra pueden realizar trámites, preparar documentación, programar, investigar, analizar información, crear software y operar computadoras casi sin asistencia, el debate se traslada inevitablemente hacia el mercado laboral.
OpenAI plantea que estas herramientas permitirán que equipos pequeños realicen proyectos que antes requerían organizaciones mayores y que profesionales deleguen trabajo rutinario para concentrarse en tareas de mayor valor. Pero esa misma capacidad plantea interrogantes sobre empleos que podrían automatizarse, decisiones que quedarían en manos de algoritmos y responsabilidades cuando una máquina actúe de forma incorrecta.
También emerge un problema de poder. Las capacidades más sensibles de los nuevos modelos no estarán necesariamente disponibles para todos los usuarios. OpenAI prevé restringir determinadas funciones de ciberseguridad y concederlas a organizaciones acreditadas o socios considerados confiables.
Pablo Haya Coll, investigador del Laboratorio de Lingüística Informática de la Universidad Autónoma de Madrid, señaló sobre esa tendencia: “A esto le tenemos que sumar que algunas de sus capacidades más sensibles comienzan a estar sujetas a acceso restringido y acreditación, lo cual puede chocar con la soberanía europea”. La inteligencia artificial más avanzada empieza así a convertirse no sólo en una tecnología, sino también en un recurso estratégico cuyo acceso puede depender de empresas privadas.
El lanzamiento coincidió, además, con una llamativa caída de varios servicios de inteligencia artificial el mismo 3 de septiembre. ChatGPT, Claude y Grok registraron problemas casi simultáneos y también se reportaron incidencias en otros servicios. Aunque inicialmente surgieron especulaciones sobre una posible relación con el estreno de Astra, no existe evidencia que vincule ambos sucesos. OpenAI atribuyó su interrupción a un problema de enrutamiento, Anthropic reconoció una caída parcial y xAI informó de dificultades en su infraestructura.
La carrera tampoco es únicamente científica. OpenAI y Anthropic avanzan hacia operaciones financieras que podrían situarse entre las mayores de la historia tecnológica, mientras compiten con Google y otros gigantes por usuarios, empresas, talento, centros de datos y capital.
La presentación de modelos cada vez más poderosos se convierte, en ese contexto, en una demostración de músculo tecnológico ante inversionistas y clientes, pero obliga a las compañías a mantener un complicado equilibrio: deben convencer al mercado de que sus sistemas son extraordinariamente capaces sin generar la impresión de que son imposibles de controlar.
Bienvenidos, entonces, a la era de la superinteligencia artificial, al menos en el lenguaje con el que comienza a presentarse la nueva generación de sistemas. Lo ocurrido con GPT-6 Astra no demuestra que una máquina piense como una persona, posea conciencia o haya superado definitivamente la inteligencia humana en todos los ámbitos. Sí demuestra que las fronteras de lo que puede delegarse a una computadora están moviéndose con enorme rapidez. La discusión ya no gira únicamente alrededor de si una IA puede responder correctamente una pregunta, sino de cuánto trabajo puede realizar sola, qué decisiones puede tomar, qué herramientas puede controlar y qué ocurre cuando encuentra caminos que sus creadores no habían previsto. Es en esa combinación de capacidad, autonomía y dificultad de supervisión donde comienza la verdadera discusión sobre la era que OpenAI asegura haber inaugurado.
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