Por Francisco Ortiz Pinchetti
Estupenda idea la de la presidenta Claudia de cambiar el nombre del Paso de Cortés por el de “Paso de los pueblos originarios indígenas”. Me parece una medida patriótica y valiente. Absolutamente congruente, además. Es cierto que por ahí pasó el tal Hernán con sus 400 soldados españoles… y más de cinco mil guerreros y tamemes cempoaltecas, totonacas y tlaxcaltecas; pero ni fue el primero ni debió pasar el desgraciado.
Pienso que la nueva iniciativa presidencial, que no ocurrencia, va muy en línea con la tendencia nacionalista iniciada hace ocho años por nuestro añorado Andrés Manuel y que Claudia honró durante su paso por la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México con dos cambios trascendentales: en lugar del detestable nombre de la avenida Puente de Alvarado le puso el de México-Tenochtitlan; y en vez de llamar Árbol de la Noche Triste al árbol en el que según las leyendas lloró Hernán Cortés como un cobarde por su derrota, por el de Árbol de la Noche Victoriosa. Genial.
Por cierto, bien haría doña Claudia en mudarse lo antes posible de Palacio Nacional —un auténtico palacio virreinal, sede histórica del poder colonial y construido sobre el solar de las antiguas casas de Hernán Cortés—, aunque la verdad no se me ocurre a dónde, porque el palacio de Axayacatl y las Casas Grandes de Moctezuma han desaparecido. Quizá, no sé, pudieran adaptarle un espacio modesto entre las ruinas del Templo Mayor. Digo, para ser congruentes.
En esa misma línea quisiera hacer una aportación que me parece pertinente con la idea de borrar todo rastro –y nombre— de los conquistadores: suprimir nuestros apellidos de origen castellano, navarro, catalán, valenciano, vasco o gallego por hermosos blasones mexicas. Hay que considerar que los apellidos españoles que casi todos utilizamos en México –obviamente impuestos por los tiranos y sus secuaces de sotana — tienen una gran diversidad de orígenes regionales peninsulares, reflejo de las distintas zonas de las que provenían los sanguinarios, facinerosos, malandros, frailes y demás malnacidos que llegaron a la Nueva España (perdón, la Vieja Tenochtitlan) a lo largo de tres siglos.
Hay que erradicarlos a todos, de plano.
Y como no hay mejor manera de convencer al pueblo bueno acerca de una medida de esta naturaleza que predicar con el ejemplo, sugiero que por decreto presidencial –a reserva claro de que el Poder Legislativo, en ejercicio de su plena autonomía, realice la reforma constitucional respectiva–, y por lo pronto, se empiece por casa y se obligue a todos los funcionarios públicos y dirigentes del partido oficial a sustituir de inmediato sus actuales apellidos hispánicos por otros de origen náhuatl, acordes con la nueva realidad mexica.
Me atrevo a sugerir enseguida algunos ejemplos de las nuevas maneras de conocer a nuestros próceres vivientes, en función de su personalidad, actividad o trayectoria, con su respectivo significado:
–Rosa Icela Xicoténcatl Tepeyollotl. (Encargada de la grilla interna y la política interior, con el temple del guerrero tlaxcalteca y el corazón bien enterrado en el cerro para aguantar los sobresaltos de la coyuntura).
–Marcelo Ocelotl Cazahuatl. (Eterno aspirante que se quedó viendo cómo el volcán hacía erupción sin él en la grande, y ahora se consuela despachando en Economía mientras calcula si algún día el viento sopla a su favor).
–Andy Tlatoani Pipilton (El joven príncipe heredero del trono, encargado de velar celosamente por el fuego sagrado y custodiar el gran legado del patriarca en el nuevo imperio).
–Omar Cuauhtémoc Itztli. (Águila que desciende implacable sobre el hampa, aunque con tanto cambio de nomenclatura en las carreteras, a veces ya ni sabe si está patrullando el Eje Central o las faldas del Popo).
— Clara Axolotl Xochitl (Jefa capitalina que propone plantar ahuehuetes en la plancha del Zócalo y que está convencida de que los baches no deben taparse, sino conservarse como santuarios y humedales para que naden y disfruten los ajolotes).
–Rogelio Tlaloc Chalchihuitl. (Tesorero nacional que le reza intensamente al dios de la lluvia y de las piedras preciosas para que el presupuesto rinda, especialmente ahora que hay que mandar a raspar y reescribir todas las placas, letreros y mapas del país).
— Ariadna Nezahualcóyotl Mazatl (Estratega de los programas sociales, que recorre los caminos del país con la sabiduría del rey poeta y la velocidad del venado, operando con la precisión de la estructura del partido para repartir apoyos y asegurar la lealtad territorial).
–Mario Cuitláhuac Tlatoani. (El mandamás de las aulas y la grilla partidista, que ya se frota las manos sabiendo que la nueva ocurrencia toponímica le da material fresco para rediseñar tres capítulos más de los libros de texto gratuitos).
–Citlalli Citlalin Mictlan. (La estrella encargada de los números y procesos internos, experta en operar con astucia quirúrgica incluso en los rincones más oscuros y tenebrosos de la grilla partidista).
–Martí Patli Tezcatlipoca. (Guardián de la seguridad social que observa desde las sombras de su nueva oficina cómo se acumulan las citas médicas y las recetas sin surtir, mientras cavila si un antiguo hechizo mexica podrá por fin abatir el rezago histórico del ISSSTE).
–Adán Augusto Moctezuma Cuitláhuac. (Emperador de las planchas legislativas en el Senado, heredero de la estirpe que sabe negociar en lo oscurito hasta el último segundo para sacar adelante las leyes contra la escoria hispana… sin necesidad de meterles la barredora).
— Gerardo Tlatohuetzqui Xoconoxtle (El tribuno más filoso y broncudo de las curules, con el verbo afilado como obsidiana y un corazón de piedra para despotricar durante horas y horas contra los españoles que se atrevan a chistar por el nuevo nombre del Paso de los Pueblos Indígenas).
Por supuesto, hay que incluir al mesías de Macuspana: Andrés Manuel Cuauhtémoc Tlatoani. (El águila mayor y tlatoani en retiro que desde Palenque sigue mandando… señales de humo morales, vigilando que nadie se atreva a mover un solo mojón de la narrativa oficial sin su bendición).
Y a la propia Claudia Sheinbaum Tlatelolco-Tenochtitlan, cuyo apellido paterno goza, faltaba más, de indócil fuero indigenista. (Mujer decidida a reescribir la cartografía nacional a punta de decretos para borrar hasta el último vestigio gachupín del mapa de Cem Anáhuac).
Digo, para empezar. Válgame.
*Del náhuatl: No más apellidos gachupines.
DE LA LIBRE-TA
FE DE ERRATAS. Me dio un vuelco el corazón de la pura alegría cuando vi el encabezado: “Plantea Morena que se indaguen nexos del partido con narcos”. No, leí mal: era nexos “con Arcos”. Lástima.
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