Por Enrique Abasolo
“¡Ya no me pertenezco!”
La frase ha sido diseccionada por diversos analistas que le regatean un sentido estricto, difícilmente aplicable a la realidad, concluyendo entonces que no pasa de ser un mero recurso retórico del populismo característico de quienes la han pronunciado (el Mico Mandante, Hugo Chávez, en 2009; y nuestro Tlatoani, Amlótl Cacayatzin, en su apoteósico discurso tras su avasallador triunfo electoral de 2018).
Desde luego que reconozco que la frase es demagogia pura y destilada. ¡Vaya! Personajes de esta naturaleza hacen populismo hasta del sencillo acto de comer. Por eso AMLO se presume siempre zampando platillos típicos regionales: Que si la tlayuda, que si el tamal de chipilín… Y es lo mismo que suele ofrecer en los banquetes oficiales, porque considerar alguna opción de la alta cocina sería una traición a sus supuestos “principios”.
De regreso con “¡Ya no me pertenezco!”, la frase para mí tiene todo el sentido del mundo, aunque la considero un tanto ociosa. No tendría por qué ser pronunciada con ese aire mesiánico de abnegación y sacrificio, es más, no tendría que ser pronunciada en lo absoluto.
Renunciar a sí mismo en aras de asumir la primera investidura de cualquier nación es lo mínimo que se podría esperar de quien acepta dicha responsabilidad.
Al rendir juramento se asume una serie de compromisos, obligaciones y responsabilidades que están muy por encima de los intereses o incluso las necesidades de quien acepta el cargo.
Se entiende que, como encarnación del Estado, el individuo renuncia a sus privilegios e incluso a varios de sus derechos, mismos que recuperará íntegros una vez que concluya su servicio.
Y esto es algo que, pese a haberlo pronunciado y presumido, el Presidente López Obrador no aprendió en todos sus años como Jefe del Ejecutivo: Que una de las varias cosas a las que no tiene derecho es a emitir opiniones, juicios, valoraciones o sentimientos, porque esos son pensamientos que se generan en la primitiva, cerril, sectaria, maniquea y santurrona cabecita de una persona (la persona de Andrés Manuel López Obrador, un tabasqueño de 70 años de edad); pero salen por la boca del Presidente de la República, es decir, las pronuncia el Estado Mexicano.
Lo dicho por un ciudadano no tiene más repercusiones que aquellas a las que él mismo se haga acreedor, pero lo pronunciado por un Presidente tiene consecuencias legales, implicaciones económicas, diplomáticas, sociales, históricas, etcétera.
Bien al principio de su sexenio, cuando AMLO se percató de que no podría sustraerse de su compulsión por opinar de todo (en particular de las cosas en las que es supinamente ignorante), porque básicamente es todo lo que tiene para ofrecer como estadista, trató de hacer una división entre la persona y el Jefe de Estado:
“Lo que diré a continuación, lo voy a decir como Andrés Manuel…”, o algo así balbuceó, como si la investidura tuviera un interruptor con el que se pudiera activar o mantener en modo de reposo para permitirse toda la ordinariez del individuo común.
Desde luego que no se puede. Es imposible separar al hombre del Presidente durante los seis años que está en funciones. Todo lo que diga la persona lleva todo el peso de la autoridad del cargo que ejerce, toda la resonancia que le da el aparato gubernamental y toda la importancia que tiene el Estado Mexicano.
Luego de ser investigado y cuestionado por periodistas y organizaciones no gubernamentales, AMLO ha revirado con ataques directos y exhibiendo datos personales, violando no pocas veces las disposiciones legales en la materia. Y cuando se le reprocha esta actitud, le da por plañir: “¿Y mi derecho a la libre expresión, qué?”.
¡Pero es que no lo tiene! ¿Qué, no lo entiende? Renunció a este derecho al jurar en el cargo, mismo persiguió durante más de dos décadas, según parece, sin prepararse para ello ni un poquito siquiera.
No, no tiene derecho a decir, desde su tribuna, quién es conservador y quién es progresista; quién es clasista, o quiénes son los enemigos de la Patria. Menos tiene derecho a hacer acusaciones o a exonerar, a decir qué medios publican la verdad y cuáles son infundios; tampoco a pronunciarse sobre las campañas o los candidatos; como tampoco puede externar su sentir sobre las elecciones en otras naciones, otorgando calificativos a sus mandatarios mandatarios (metiendo a México en innecesarios entuertos diplomáticos); y ni siquiera debería hacer su “revisionismo” de la Historia de México.
“¿Entonces no tengo derecho a dar mi opinión?”, se preguntará muy asombrado nuestro rey chiquito.
¡Por supuesto que no! Renunció a este derecho cuando se colocó la banda presidencial (la de verdad). Y reiteró esta suspensión de sus derechos cuando afirmó “¡Ya no me pertenezco!”. ¿Qué ya no se acuerda? ¿O es que simplemente lo pronunció como una frase hueca (carente de todo significado) para avivar el entusiasmo popular?
Muy a diferencia de un funcionario gubernamental (que no puede hacer nada, nada excepto lo que la ley le permite), los ciudadanos podemos hacer todo (todo excepto lo que la ley nos prohíbe). Son dos condiciones muy distintas, sin embargo, AMLO, disfruta ejerciendo el poder casi omnímodo que le da la Presidencia, pero se rehúsa a renunciar a las prerrogativas del ciudadano común, como si él fuera uno y no lo es; ni lo será hasta el primero de octubre.
Muy a propósito de derechos, otro del cual se supone deberíamos gozar los ciudadanos es el derecho a nuestra búsqueda de la verdad, a formar nuestras opiniones, a definir nuestra realidad: Decidir cuáles medios nos mienten y cuáles otros nos parecen de fiar; decidir a quién percibimos como una persona honesta y quién nos despierta desconfianza; decidir cuál versión de la Historia nos convence, quiénes son sus héroes y quiénes sus villanos; decidir quién incurre en actitudes clasistas y racistas y repudiarlos en consecuencia. A todo ello tenemos derecho, pero sin la intromisión, ni el consejo, la tutela, ni la dirección de un Gobernante que esté señalándonos todos los días cuál es el criterio a seguir para no incurrir en traición o desacato.
La renuncia que de sí mismo hace cualquier presidente (prácticamente cualquier gobernante); no tendría nada de particular o de heróico, sino que es un requisito mínimo para acceder a un cargo de cierta responsabilidad. Es la elemental renuncia a los intereses, aspiraciones y pasiones personales en beneficio de un bien común.
Empero, suena demasiado glorificante como para que nuestros gobierno populistas se resistan a pronunciarlo con un dejo de Mártir del Calvario, aunque nunca hayan entendido cabalmente el significado de la frase. ¡Yo ya no me pertenezco!
Lo aterrador: La marioneta del oficialismo, la próxima presidente de México, la misma que es incapaz de saltarse una coma del discurso del Presidente y que hasta intenta mimetizarse con él, imitándolo de manera patética, Claudia Sheinbaum, pronunció ya esta máxima demagógica hace unas semanas en su campaña: “Yo ya no me pertenezco, ahora represento una esperanza”.
Y admitámoslo, sólo ella podía lograr que esta frase, de por sí hueca y resobada por lo peor del populismo latinoamericano, sonara todavía más vacía, muerta y estéril.
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AMBOS DE LA 4 T; «» AMBOS YA NO SE PERTENECEN ….
…..NO ES MENTIRA, ES UNA GRAN VERDAD, NO HAY QUIEN LO DUDE, AMBOS PERTENECEN A LA ACTUAL NARCOPOLITICA. SIN DUDA.