Por Marco Campos Mena
En las últimas décadas, nuestras ciudades han crecido a una velocidad que no estaba contemplada ni siquiera en los pronósticos más osados. Lejos de deberse a un auge poblacional, pues las tasas de natalidad han descendido significativamente, la verdadera razón ha sido la migración interna: miles de personas abandonando ejidos, rancherías y comunidades rurales, buscando en las ciudades aquello que en sus lugares de origen se ha vuelto imposible encontrar: oportunidades, infraestructura, salud, educación y una esperanza de progreso.
Sin embargo, la promesa de una mejor calidad de vida se ha quedado corta. Las ciudades están colapsando, los recursos son limitados y el crecimiento desordenado y mal planeado ha convertido a las zonas urbanas en gigantes hambrientos que no logran saciar su sed ni su demanda energética.
El agua, sin duda, es el problema más urgente. En pleno 2025 ya hablamos de escasez como tema cotidiano. Aun con lluvias históricas, las presas apenas logran captar lo suficiente, los mantos freáticos están sobreexplotados y el desperdicio sigue siendo escandaloso, tanto en las ciudades como en el campo.
El sector primario, encargado de alimentar a una población en constante crecimiento, consume millones de litros de agua diariamente. Paradójicamente, también es uno de los sectores con mayores niveles de desperdicio. Muchas personas ante una falta sensación de abundancia se dan el “lujo” de tirar aquello que no se terminaron o se les pudre en el refrigerador abarrotado de antojos.
La energía eléctrica tampoco se queda atrás. El número de aparatos, viviendas, vehículos eléctricos e industrias ha incrementado su demanda, y los sistemas de producción siguen siendo los mismos: caros, contaminantes y limitados. La factura ambiental de esto apenas la estamos empezando a pagar.
Pero si todo esto ya lo sabíamos, ¿por qué seguimos sin una estrategia a largo plazo? ¿Por qué seguimos actuando como si el futuro fuera un asunto lejano cuando ya está encima?
Hay un lado B de todo esto que merece atención.
Por un lado, la gentrificación está expulsando a miles de personas de sus barrios tradicionales por no poder pagar el costo de vida en las zonas urbanas. Esto provocará el surgimiento de nuevos núcleos urbanos, con dinámicas propias y nuevos desafíos. Por otro, la inteligencia artificial está comenzando a reemplazar trabajos en todos los niveles, desde empleos básicos hasta funciones administrativas especializadas.
La automatización no solo es más barata, también es más eficiente. Y si no se regula con visión social, el desempleo masivo será inevitable. Sumemos a esto el alto costo de la educación superior y la reducción de empleos bien pagados, y tenemos una tormenta perfecta que amenaza con excluir a millones del llamado “progreso”.
Pero también podemos mirar hacia otro lado. Uno más optimista, aunque no menos polémico: ¿Y si comenzáramos a gobernar con inteligencia artificial?
Piénselo. Un sistema imparcial, sin intereses partidistas, que distribuya los recursos con base en datos reales y necesidades objetivas. Un algoritmo que detecte rezagos sociales y proponga reformas puntuales. Un sistema judicial con jueces-IA que no reciban sobornos ni favores. Un poder legislativo libre de grilla, de padrinazgos y de fiestas millonarias pagadas con nuestros impuestos. Sería el inicio del fin de la corrupción… al menos en esos niveles
Claro, no se trata de entregar ciegamente el futuro a las máquinas. Toda IA necesita de supervisión humana experta, de contrapesos éticos y sociales. Pero lo que hoy tenemos está lejos de ser justo, honesto o eficiente. Si la política tradicional ya no puede ofrecernos soluciones, ¿por qué no pensar en un modelo mixto donde la tecnología sea aliada en lugar de amenaza?
El caos que se avecina no es producto de la tecnología, sino de nuestra falta de planeación. Lo que falta es voluntad, visión y valor para diseñar una estrategia de 50 años y no de 6, como lo hacen nuestros políticos. Dejar de pensar en la próxima elección y comenzar a pensar en la próxima generación.
El futuro, nos guste o no, ya está aquí y no podemos seguir pensando que es un problema que alguien más resolverá.
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