Por Horacio Cárdenas Zardoni
Corría, es un decir, más bien se arrastraba el año 2006, y para no variar México se hallaba sumido en la incertidumbre.
La mismísima noche del 2 de junio, día de la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador mandaba al demonio a las instituciones, prácticamente desconociendo los resultados de los comicios que no lo favorecían. Desde ese día y todavía 18 años después, su discurso no ha cambiado ni un milímetro, “le robaron” al candidato entonces del Partido de la Revolución Democrática el triunfo. No importaba para nada el esfuerzo que hizo el entonces Instituto Federal Electoral, trasvestido ahora en INE, para amansar su furia, para explicarle con peras y manzanas que su archirrival, Felipe Caderón Hinojosa le había ganado por una diferencia apenas superior al medio punto porcentual, que sin embargo hacían toda la diferencia entre quien iba a ser declarado presidente electo y luego presidente constitucional, y quien por sus pistolas se iba a nombrar a sí mismo presidente legítimo, que en su locura hasta gabinete legal y ampliado se designó, y hasta salarios nada despreciables les asignó.
Fueron meses desagradables. En la principal avenida del país, Paseo de la Reforma, se instaló un plantón, carpas y tiendas de campaña, baños con descarga en las alcantarillas… basura por todos lados, simulando un movimiento de inconformidad social. Luego nos enteramos por una investigación periodística que los supuestos simpatizantes de López Obrador, que estaban dispuestos a jugarse el pellejo por su presidente legítimo, no eran tales, sino empleados del Gobierno de la Ciudad de México, a los que se comisionaba, a estarse allí días y semanas, para poder seguir cobrando sus salarios, que generosamente pagaba Marcelo Ebrard, principal financiador de la república legítima.
¿Se acuerda cómo sufrimos, no por miedo, sino por la duda, por cómo se resolvería la toma de protesta del nuevo presidente?, la jugada fue magistral, le caiga bien o mal Calderón, eso de que Vicente Fox hiciera una transición de poderes en Los Pinos, y que luego, literalmente por la puerta de atrás, los diputados panistas tomaran por asalto la tribuna de la Cámara de Diputados para a las meras 12 en punto, jurara como presidente, los agarró dormidos a todos, no se la esperaban ni cuando ocurrió se la creían.
Pero todo eso es grilla, que alguien podría calificar de alto nivel, la otra, la baja, se sigue resolviendo a balazos, y cada vez más, en todo el territorio nacional, esa grilla es lo que López Obrador considera “fresa”, malintencionada, tendiente a hacerlo quedar mal, y que no le altera el pulso ni le sube la presión siquiera. Para alguien que calificó al actual proceso electoral de pacífico y tranquilo, pese a las más de dos mil renuncias de candidatos, a los casi cuarenta asesinados, y a la infinidad de amenazas y violencias varias, y que llamó con todas sus letras, una campaña en su contra, ¿puede darse por concluido?
Nuestra apreciación es que… no, y poniéndonos pesimistas, podemos aventurar que se pondrá todavía más violento en los meses por venir.
Es condición humana, si quiere manejarlo así, eso de que pensemos que porque se llegó la fecha y se dieron los resultados, ya por eso solo todo el país regresa a la normalidad, no es más que un buen deseo, uno con el que a lo mejor nos queremos engañar a nosotros mismos, porque no hay sustento para ello.
Por lo general se consideran tres etapas: una previa al proceso electoral, que puede ser de varios años, los mismos que sufrimos desde que en el 2021 López Obrador inaugurara el proceso adelantado de la sucesión presidencial, sacando a todos de base, propios y extraños. Pero está también la etapa del “durante”, que no es solo el día de la elección, sino que puede abarcar el período de las campañas y hasta que el Instituto Nacional Electoral da a conocer el cómputo final, espacio que puede ampliarse hasta que los tribunales electorales dictaminan y sentencian desde la primera hasta la última impugnación; ya después de eso, cercano a la toma de posesión, ocurre la tercera etapa del proceso, y que se imbrica con la vida cotidiana, o lo que cada quien llame a eso.
La violencia política se concentró, como les consta a las familias de los candidatos y colaboradores cercanos, aspirantes, funcionarios públicos amenazados, victimados, coaccionados, comprados en el período de la campaña. Prácticamente hubo un muerto cada dos o tres días, siendo ese el parámetro más visible, pero de ninguna manera el único, los otros dejaron mucho más profunda huella, por más que nosotros ciudadanos de a pie, no la alcancemos a percibir.
Ahora es cuando se dejarán venir los actos violentos. Si acaso fueron los candidatos “de los malos”, los que ganaron, los grupos que los patrocinaron incurrirán en actos de terror para acallar cualquier acusación de liga con el crimen organizado; si acaso fueron los candidatos contrarios… la van a ver peor todavía, porque los meses próximos serán de vivir cuidándose para que no los maten, no los coaccionen, estos políticos tendrán muchas noches de desvelo para responderse, si pueden la pregunta ¿porqué me metí en esto?, conocemos de casos de autoridades que fueron asesinadas el mero día de su toma de posesión, o días antes o después, que lo que importa es el efecto de amedrentamiento, más que quitarlo de en medio.
Sí acabamos de vivir, como nación, momentos malos, y nuestra pesimista predicción es que vendrán otros todavía más violentos. Esperemos que el gobierno que será a partir de octubre, comience a gobernar pacificando al país, así le falten meses para asumir el poder. Esto no es respeto por tiempos, son situaciones de emergencia que no pueden dejarse a la laxitud de los meses en que decae la función gubernamental, por unos que ya se van y otros que no terminan de llegar. Si no se ve fuerza a partir de esta misma semana… los criminales sabrán que los verdaderos y únicos ganadores de todo esto, fueron ellos.
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