¿Y LOS PACTOS?


Horacio Cárdenas Zardoni


En los tiempos priístas y también en los panistas, lo más usual era que el gobernante recién llegado se distanciara lo más posible de su predecesor.
Sí, una cosa es que le debiera el cargo, también que le aceptar compromisos, y que si se trataba del mismo “equipo de trabajo”, muchos de los que colaboraron con el que se iba, se quedaran con el que llega, pero eso no quitaba que hubiera que simular o ejercer un rompimiento, para que la gente identificara cambios sustanciales en las formas, de hablar, de hacer las cosas, de tratar los asuntos, de todo, pues. Sí, había mucho de simulación, pero el objetivo era el que los votantes, sobre todo los votantes, tuvieran la impresión de que no había una continuidad, sino una mejora sustancial así fuera solamente de utilería.


Y es que tanto si se acepta la teoría de que existe un “sistema” político económico, que es una superestructura que ordena y decide por dónde va el país, del que los gobiernos son meros empleados, así se trate del mismísimo presidente de la república, como si se desecha esta idea, para dejarlo a nivel regional o local, que hay individuos o grupos poderosos que orientan hacia donde debe moverse el gobierno, el hecho es que la gente que hace negocios con un gobierno, lo más probable es que los siga haciendo con el siguiente. Primero porque tienen la infraestructura, el equipo, saben de trámites, saben de concursos y licitaciones, entienden cómo llegarle a los funcionarios sin que estos se sientan ofendidos de que los quieran corromper. Claro que hay excepciones, hay gobernantes que crean su propio aparato de complicidades y asociaciones productivas, pero por lo general estas son las primeras que quedan mal, creando empresas y holdings que hacen de todo, desde bolos para posadas hasta desayunos escolares, juegos para parques, carreteras, venta de computadoras y lo que se le ocurra, terminan quedando mal. Hay gente experta, que ha vivido sexenio tras sexenio de proveer a los gobiernos, a cambio, no podía ser de otra manera, de contribuir al enriquecimiento inexplicable de los que ocupan los puestos, y que si son listos, crean sus propias empresas y cuando terminan su encomienda, se dedican a lo mismo, pero estos no son tantos.


Pero eso es en lo que corresponde a cosas tan elementales como los suministros y prestación de servicios ¿pero qué se puede decir los pactos que se tienen con grupos criminales, los cuales tienen la particularidad en este país de operar prácticamente en todos lados? ¿se les trata igual que a otros grupos de interés, o incluso como proveedores de la administración?
Importa la pregunta porque estamos comenzando el sexenio, y se acaba de plantear una estrategia de seguridad pública que devuelva, si es que esto es humanamente posible, la tranquilidad a la población, y recupere para el estado el 35% del territorio que según los analistas estadounidenses, es coto de los cárteles del narcotráfico. Así como se están comportando Claudia Sheinbaum y su secretario de seguridad pública y protección ciudadana, Omar García Harfuch, es como si en este país nunca hubiera habido un arreglo con los criminales, por más que se haya documentado al paso de los sexenios, que este o aquel presidente le ha cargado la mano a este o aquel cártel, y en cambio a aquellos otros los ha, si no protegido, sí dejado hacer y deshacer, a cambio de vaya usted a saber qué, si algo en concreto, en efectivo, o solo el dejarlos operar siempre y cuando mantengan el territorio en paz.


Ha sido notorio, desde hace muchos años, que las agencias de seguridad de los Estados Unidos no guardan la mejor opinión del Ejército y las policías nacionales. En algún tiempo prefirieron entenderse con la Secretaría de Marina, pero luego en este sexenio recién finalizado los hicieron a un lado, y hubo un rompimiento casi total con el gobierno, a tal grado que corrieron el riesgo de actuar por su cuenta y riesgo, para coraje del entonces presidente López Obrador.


Normalmente cuando hay un cambio de gobierno lo que se estila es una negociación entre los nuevos mandamases y “los malitos”, aquellos pueden llegar con las mejores intenciones, mismas que le van quitando cuando les van sembrando el paso de cadáveres de sus simpatizantes. Lo ocurrido en Chilpancingo es solo uno de los últimos ejemplos, a escala de un municipio, sí la capital, pero un municipio al final de cuentas, imagínese lo que hay sobre la mesa en asuntos de los estados, los más calientes, los tibios y los fríos que tienen interés en calentar, y por supuesto la federación.


¿Cuántas veces fue López Obrador a Sinaloa en los últimos meses de su administración?, fueron varias, en las finales, llevó a Claudia Sheinbaum, ¿habrá habido oportunidad de un acercamiento con cierta gente de las confianzas del anterior mandatario?, y si las hubo ¿se habrá platicado de algún compromiso renovado?


Aunque el discurso siempre fue de que no había componendas con el crimen organizado, la realidad hace suponer que algo hubo, y luego cuando se desató la guerra entre los chapitos y los mayos, la cosa se puso todavía peor, no quedando claro con quien se queda el gobierno federal, con estos o con aquellos, y qué papel está dispuesto a jugar en el enfrentamiento, desde tomar partido hasta dejar que se maten entre ellos.


No tenemos elementos para señalar que tal funcionario está en la nómina de este grupo o cártel, pero la experiencia es que han llegado los criminales hasta niveles altísimos, es impensable que los mismos del sexenio pasado, que pasan a este, se hayan olvidado de todo lo anterior y piensen que no les tienen un expediente bien armado al respecto.


En fin, ya estaremos viendo a quienes favorecen y a quienes castigan, sobre quienes van y a quienes tratan como si no estuvieran haciendo nada malo. Estas cosas son imposibles de ocultar por demasiado tiempo.


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