Editorial

¿Y LAS VÍAS, APA?


Por Horacio Cárdenas Zardoni

Confieso, para que quede claro desde ya, que yo no soy “saltillense de toda la vida”, vine a dar a estos andurriales hace treinta y feria de años, y acá me quedé, lo cual la constitución política no oficial de la capital de Coahuila, no es suficiente para que alguien se gane el membrete ese, “saltillense de toda la vida”, que unos valoran por encima de todas las cosas, y a otros les vale una pura y dos con sal.


Con ese antecedente, sí le puedo decir que cuando llegué, todavía corría una vía por en medio de la avenida Emilio Carranza, dato que importa porque yo vivía del otro lado de la vía, como queriendo decir que Saltillo se dividía en dos, lo que estaba del lado oriente, la parte más tradicional de la ciudad, y la poniente, digamos nueva, aunque no lo sea tanto, pero que por aquellos años estaba menos poblada, y los asentamientos no eran los más elegantes que digamos, más bien lo contrario.


Pero divisiones socioeconómicas aparte, cabe decir que la convivencia con el ferrocarril era algo de lo más inconveniente, incómodo y hasta peligroso, y conste que no había, ni remotamente, el volumen de tráfico que hay ahorita. Sí, se hacían filas de varios carros que querían dar vuelta a la izquierda, hablando de Emilio Carranza, y las calles que desembocaban en este, con y sin semáforo, acumulaban algunos vehículos que esperaban que terminara de pasar el convoy, para continuar su camino.


Repito, era incómodo, alguna gente hasta se sentía afectada de los nervios de ver la monstruosidad del tren, con su ruido tan característico, a escasos centímetros de la ventana del auto. Ni que decir que muchos niños y jóvenes la agarraban de aventura meterse entre las ruedas de los vagones para cruzar la avenida, con rumbo a sus escuelas, o de regreso. Lo mismo trabajadores, amas de casa, los que todavía presumían de condición física para agacharse o treparse a la estructura del tren, los que ya no, pues no les quedaba otra que esperar, y a veces no era poco tiempo… y era a diario… y día y noche…


Luego de mucho, los trenes dejaron de pasar por Emilio Carranza, lo cual fue considerado un gran triunfo para la gente del rumbo. Más bien fue que se dejó de necesitar, porque Ferrocarriles Nacionales no era de los que daban a torcer su brazo de acero, pero eso fue lo de menos. Lo importante es que ya no pasaban los trenes, la gente consideró que la ciudad era más suya que antes, que era del ferrocarril.


Todavía quedó el pendiente de las vías… y es que en efecto, la empresa estatal, y luego la concesionaria a la que se entregó, no las retiraron. Fueron años y años de exigencias, trámites, peticiones, movilizaciones, para que quitaran los mentados rieles. Y es que para bien o para mal, afectaban la vialidad y el paso de personas, ¿por qué?, porque con lluvia o con nieve, cuando llegaba a caer, se convertían en una trampa peligrosa para los vehículos, que literalmente ‘se encarrilaban’, no fueron pocos los accidentes ocurridos cuando un carro o una camioneta que se había encarrilado, daba un volantazo y le pegaba al vehículo que iba junto, todo porque el fierro en el suelo no permitía una maniobra más sutil y bien calculada. Hablando de la gente… torceduras, luxaciones, caídas por montones, los rieles estaban, digamos que a nivel, pero a todo lo largo de ellos se hacía una zanja de distintas dimensiones, desde mínimas hasta profundas, y ánimas de no caer en alguna de ellas, pues la lastimadura era si no segura, probable, eso aparte del enojo, pues a nadie le gusta tropezarse ni caerse, y menos por que nadie se anima a quitar unas vías que ya no se usan.


¿Cuál fue la solución?, al igual que la otra, muy festejada, recubrieron con asfalto las vías… ahí sí que no sabemos si fue la empresa, si fue el ayuntamiento, o una negociación entre ellas, el caso es que les echaron una capa no demasiado alta de asfalto, que contra todo pronóstico de los críticos, resultó que más o menos aguantaba el tráfico, que tampoco era demasiado, pero entre el calor del acero y del sol, y el constante paso de llantas encima, se fue asentando, y al rato ya ni se sentía. Todo en aparente paz.


Acá entre nos, a mi se me hizo sospechoso que no quitaran las vías. Después de todo, son un activo, y caro, podían levantarlas y colocarlas en algún otro sitio, o si ese es su estilo, venderlas como fierro viejo, reutilizar el material en alguna de las muchas maneras que hay para ello. No, las dejaron, eso solo podía significar una cosa, que no descartaban eventualmente volver a usarlas… allí mismo donde están, para el mismo efecto que tuvieron desde que las tendieron, que pasara el tren por ellas.


Ahora resulta que treinta años después, más o menos, que dejaron de circular trenes por esas vías, hay la posibilidad de que se vuelvan a usar… no es que la autoridad haya dicho eso exactamente, pero precisamente por lo mismo, es que nos planteamos esa incógnita.


Fue el presidente municipal de Saltillo, Javier Díaz, el que dijo que a lo mejor la estación del nuevo ferrocarril podría ubicarse en bulevar Francisco Coss, lo cual nos parece una idea pésima, una que nos devuelve a los problemas que Saltillo tenía hace cinco décadas, con el agravante de que la ciudad ha crecido enormemente, y no tiene capacidad para soportarlos como entonces. No, no lo ha dicho así, ¿pero qué vías llegan a Francisco Coss?, pues las que vienen por Emilio Carranza ¿se imagina lo que será eso si se reactivan? Y déjese que sea solo para el tren México Nuevo Laredo, sino que sea para todo el sistema ferroviario suburbano que les trae volada la cabeza, eso va a ser un infierno de tráfico, nomás para empezar.


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