Ciudad de México, 18/03/25 (Más/IA).- Más de 37 mil personas habitan en las colonias aledañas al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) “Benito Juárez”, en un entorno marcado por la contaminación provocada por derrames de hidrocarburos y tomas clandestinas de turbosina. Para los residentes, la exposición a estos químicos ha significado padecer constantes dolores de cabeza, mareos y vivir con el temor de un accidente mayor, mientras las autoridades aún no presentan un plan de remediación ambiental.
Pedro, vecino de la colonia CTM Aragón, ha vivido en la zona por más de dos décadas sin haber detectado problemas de contaminación evidentes. No fue sino hasta el año pasado cuando comenzó a percibir un fuerte olor a hidrocarburos en su comunidad. Según las autoridades, el origen del problema fueron tomas clandestinas realizadas por grupos criminales que extraían combustible del ducto de turbosina que abastece al aeropuerto desde Azcapotzalco.
El olor, explica Pedro –nombre ficticio para proteger su identidad–, provenía de la turbosina, un compuesto que contiene químicos como benceno, etilbenceno y tolueno, algunos de ellos catalogados como “probablemente cancerígenos” por la Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades del Departamento de Salud de Estados Unidos.
En febrero de 2024, Pedro y otros vecinos denunciaron la situación ante la Secretaría de Protección Civil de la Ciudad de México y en redes sociales, pero no recibieron respuesta. Además, tras insistir en su demanda de atención, comenzaron a recibir amenazas de presuntas células delictivas.
“Estamos sobre una bomba del tiempo”, advierte Pedro. “Estamos ahí porque ese es nuestro patrimonio, pero por ejemplo, mi mamá no sale de la casa por el aroma. Si tuviéramos a dónde cambiarnos, muchos ya lo hubiéramos hecho”.
El problema no se limita a las tomas clandestinas. A lo largo de los años, se han derramado miles de litros de turbosina en la estación de combustibles del AICM. La filtración de hidrocarburos en el subsuelo ha generado un pasivo ambiental significativo, mientras que la falta de atención integral ha agravado la contaminación en las colonias cercanas.

El AICM, ubicado en el norponiente de la Ciudad de México, es abastecido de combustible por un ducto operado por Petróleos Mexicanos (Pemex), el cual desemboca en la Estación de Combustibles administrada por Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA). Esta infraestructura ha estado en funcionamiento por décadas, generando un daño ambiental considerable.
De acuerdo con estudios ambientales, los suelos contaminados con turbosina y gasavión en la zona podrían llenar más de cuatro albercas olímpicas, es decir, más de 14 mil metros cúbicos de tierra afectada.
Las colonias más impactadas por la contaminación y el riesgo de derrames incluyen Cuchilla del Tesoro, San Juan de Aragón III, IV y V Sección, Narciso Bassols, Fovissste Aragón, CTM Aragón y Ciudad Lago, esta última en el municipio de Nezahualcóyotl, Estado de México. En estas zonas no solo hay viviendas, sino también escuelas, jardines de niños, bibliotecas y comercios, lo que agrava la exposición de la población a los hidrocarburos.
En febrero de 2024, habitantes de varias colonias reportaron un fuerte olor a gasolina en las coladeras y calles. Sin embargo, no fue sino hasta julio, cuando el problema se extendió a la colonia Cuchilla del Tesoro y ocurrió un incendio en la frontera con Ciudad Lago, que Pemex y los bomberos intensificaron labores para limpiar los drenajes y medir niveles de explosividad en el área.
Técnicos de Pemex y la Fiscalía General de la República (FGR) explicaron que la presencia de hidrocarburos en los drenajes se debía a tomas clandestinas en el ducto de turbosina. Aunque las autoridades descartaron que el incendio estuviera relacionado con la infraestructura de Pemex, el temor de los vecinos creció.
El recuerdo de la tragedia del Sector Reforma en Guadalajara, ocurrida en 1992 por la filtración de gasolina en el drenaje –que causó explosiones y dejó más de 200 muertos– está presente en la comunidad.
“En Jalisco, el accidente que hubo, lo mismo: lo minimizaron, que no pasa nada, que hay una fuga de combustible, y en dos o tres días ya estaban volando casas, autos, camiones y demás”, advierte Pedro.
Pemex se comprometió a cambiar la infraestructura del ducto para hacerlo más profundo y evitar que fuera vulnerado por grupos delictivos. También removió la tierra contaminada en el camellón de la Avenida 604. Sin embargo, los habitantes señalan que estos trabajos se realizaron sin estudios previos para determinar el verdadero nivel de afectación en el subsuelo.
El Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC) realizó estudios de contaminación en el aire, y la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México (Sedema) ordenó análisis del suelo. No obstante, los vecinos aún no han recibido los resultados de estas investigaciones.
“Si no hubo un estudio en el derecho de vía, ¿qué te dice que este metro está contaminado y el siguiente metro no?”, cuestiona Ana, otra vecina que pidió resguardar su identidad por temor a represalias.
Además, los residentes han manifestado su desconfianza hacia Pemex. En las reuniones informativas, la empresa aseguró que la turbosina no es inflamable ni dañina, lo cual contradice su propia hoja de datos de seguridad, donde se advierte que este combustible es inflamable y puede representar un riesgo para la salud por inhalación o contacto con la piel.
Para los habitantes de la zona, el peligro es latente. No solo temen por su salud debido a la exposición a hidrocarburos, sino también por la posibilidad de nuevos derrames o un accidente de gran magnitud.
“Todos tenemos hijos, nietos, sobrinos, y nuestra primera preocupación fue por ellos. Por el futuro que les vamos a dejar, pero también muchos tienen su sustento y su medio de vivir en estas colonias”, expresa Ana.
El temor de perder sus hogares y comunidades es una constante. Muchos de ellos han vivido allí durante generaciones, desde antes de que se estableciera la infraestructura de turbosina. “Nosotros llegamos antes que la turbosina”, afirma Ana. Mientras tanto, los vecinos continúan esperando respuestas y acciones concretas que garanticen su seguridad y la remediación del daño ambiental en la zona.
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