Una joya que se hunde

Ciudad de México, 21/10/24 (Más / IA).- El Palacio de Bellas Artes, uno de los monumentos más representativos y admirados de la Ciudad de México, no sólo destaca por su imponente arquitectura y relevancia cultural, sino también por un fenómeno que ha capturado la atención de expertos y curiosos: su hundimiento progresivo. Este problema, que comenzó desde los primeros años de su construcción, es un reflejo de las dificultades técnicas y disputas que marcaron el desarrollo de esta joya arquitectónica.

La historia de este fenómeno tiene su origen en la etapa de construcción del edificio a principios del siglo 20. Según un artículo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), el proyecto del Palacio de Bellas Artes fue encargado por el entonces presidente Porfirio Díaz, quien deseaba reemplazar el antiguo Teatro Nacional. El deterioro de este teatro, construido en tiempos de Antonio López de Santa Anna, motivó la decisión de levantar un nuevo recinto que estuviera a la altura de los grandes teatros del mundo.

El diseño del Palacio estuvo a cargo del arquitecto italiano Adamo Boari, quien se inspiró en las construcciones culturales de Europa. Sin embargo, la ubicación elegida en el centro de la Ciudad de México, donde antes se encontraba el ex convento de Santa Isabel, planteó un desafío importante. El ingeniero Gonzalo Garita, responsable de la elección del terreno, advirtió desde un inicio que el suelo de la zona no sería capaz de soportar el peso del edificio, especialmente si se utilizaban materiales pesados como el mármol.

A pesar de las advertencias de Garita, Boari decidió seguir adelante con el uso de mármol en toda la construcción. En 1907, apenas tres años después de haber comenzado la obra, se observaron los primeros signos de hundimiento. El edificio, inicialmente, comenzó a inclinarse hacia el suroeste, para luego cambiar su inclinación hacia el noroeste, una tendencia que ha mantenido hasta hoy.

El conflicto entre Garita y Boari llevó a la salida del ingeniero del proyecto. A partir de entonces, la empresa Milliken Brothers, que asumió el control total de la obra, dejó de tomar en cuenta las advertencias de Garita. Esto exacerbó el problema del hundimiento, especialmente cuando en 1910 se añadieron los pesados muros y la maquinaria del escenario principal. En 1911, movimientos sísmicos contribuyeron aún más al deterioro, y para 1921, el edificio había descendido 1.80 metros.

A lo largo de su construcción, que se extendió por 30 años, el hundimiento del Palacio fue una constante preocupación. Aunque no existen registros detallados de los primeros años, una solicitud de acceso a la información dirigida a la Gerencia del Palacio de Bellas Artes revela que desde 1992 se han realizado mediciones periódicas. De acuerdo con estos datos, la estructura se ha hundido un promedio de 2,970.85 milímetros desde esa fecha, sin considerar el hundimiento general de la ciudad.

El Palacio de Bellas Artes fue finalmente inaugurado el 29 de septiembre de 1934 por el presidente Abelardo L. Rodríguez. Durante la ceremonia, que se dividió en dos partes, se interpretó el Himno Nacional y se presentó la sinfonía ‘Llamadas, sinfonía proletaria’ de Carlos Chávez. Por la noche, la Orquesta Sinfónica de México interpretó la sinfonía ‘Pastoral’ de Beethoven, seguida de la puesta en escena de la obra ‘La verdad sospechosa’ de Juan Ruiz de Alarcón.

A pesar de su hundimiento, el Palacio de Bellas Artes continúa siendo un símbolo de la cultura y el arte en México. Su deterioro gradual no ha afectado su función como escenario de importantes eventos artísticos y culturales, aunque representa un recordatorio constante de las tensiones y decisiones que definieron su construcción.


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