UN FUERTE DOLOR DE ESPALDA


Por Horacio Cárdenas Zardoni

Esto que le vamos a contar les ha pasado a muchísimas personas aquí en Saltillo, pero también a demasiadas en todo el país y para el caso, en buena parte de los países del mundo capitalista, el que como decía aquella canción de la película Cabaret, gira por el impulso que le da el dinero.

No se trata de ninguna novedad, lo que, si acaso lo es, es que nos tocó de primera mano corroborar algunos datos sueltos que habíamos ido reuniendo desde hace algún tiempo, en espera de poder ofrecer el panorama completo del asunto.

Como antecedente sirva decir que venimos de la época en la que las intervenciones quirúrgicas se llevaban horas en realizar, había que abrir a los pacientes en canal… con todo lo feo que despierta esta imagen en la mente de quienes han visto una res sacrificada de esa forma, y de cuando la recuperación era un proceso lento, desesperadamente lento, al que quienes eran operados ya iban mentalizados que les iba a tomar semanas y meses de reposo forzado, so pena de dañarse algo y requerir otra intervención, eso si todavía había remedio.


Pero en el curso de los últimos tres o cuatro años, hasta eso no demasiado tiempo más que ese, empezamos a escuchar conversaciones respecto a personas que se sometían a intervenciones quirúrgicas de columna vertebral… y al día siguiente salían caminando del hospital por su propio pie, sin exagerar según algunos testimonios, sintiéndose como nuevos, como si nunca hubieran padecido de los intensísimos y poco menos que incapacitantes, dolores en distintas zonas de la espalda.

Repetimos, somos de aquella generación, y las precedentes, que sabíamos que “la máquina no se destapa”, como si se tratara del motor de un automóvil, sobre todo de aquellos que presumían que venían sellados de fábrica, sí, las operaciones de corazón podían hacerse con buenas posibilidades de éxito, pero había dos áreas del cuerpo que eran intocables: el cerebro y la columna vertebral. Cada una por sus razones particulares de acceso, de manejo, de daño potencial, además de saberse poco respecto a lo que se pretendía hacer y lo que se podía lograr, esas áreas no se tocaban, como no fuera por cirugías de emergencia asociadas a algún trauma, en el que servían casi casi que, de conejillos de indias, que de todos modos las oportunidades de recuperación eran más bien pocas. Las operaciones de columna, poco recomendadas por lo demás, tenían escasas posibilidades de éxito, el riesgo de daño mayor, parálisis total o parcial eran demasiado elevado, incluso a ras de pueblo eran calificadas de operaciones de caballo, nunca hemos terminado de explicarnos porqué, ni queremos.


Y de repente una nueva generación de médicos comenzó a operar pacientes de columna como si estuviera extrayendo dientes, el grado de éxito se elevó exponencialmente, en efecto salían caminando y como parte de la terapia se les exigía que se movieran e hiciera vida normal, la que ya no tenían, todo esto a precios estratosféricos, fuera de lo que la mayoría podría desembolsar, a menos claro, que contara con una póliza de gastos médicos mayores, sobre la cual los galenos (así les dicen) se dejaban caer como chacales a dieta.


De esos cinco años para acá, y con los antecedentes que mencionamos, nosotros comenzamos a sospechar que muchas de esas operaciones que se estaban realizando en Saltillo, Monterrey y por todos lados, realmente no eran necesarias, y no lo eran porque no era un problema que se debiera resolver con cirugía, sino con medicación, la cual esa sí, ha evolucionado enormemente, cayendo en manos de ciertos médicos que han encontrado y explotado con singular alegría una mina de oro, de la que solo ellos saben, y que pocos son los que se atreverían a cuestionarlos sobre si es cierto, por no mencionar su comportamiento ético.


En días recientes supimos de un caso más, en esta ocasión cercano, en el que el paciente fue con el especialista, que tiene su cueva de Alí Babá en un hospital del norte de la ciudad (así decimos los reporteros cuando queremos omitir el nombre que todos saben), donde pese a lo recargadísimo de su agenda, con desusada gentileza le hizo un espacio para atenderlo. Luego de ordenar una batería de pruebas, allí mismo en el hospital del norte para redondear el negocio, y luego del desembolso de algo más de quince mil pesos, el doctor se tomó la molestia de mirar los resultados con esa habilidad que los caracteriza, dedicándole diez segundos a todo el paquete, que por supuesto, solo servía para corroborar lo que él ya sabía, y el paciente podía temer y sospechar: había que operar…


Pero además operar urgentemente, so pena de perder definitivamente y para siempre la capacidad de caminar, así de dramático el panorama que le pintó el dizque profesional de la salud y especialista non plus ultra. Y pasando a los temas espinosos, él, el doctor, por quitarle al paciente el dolor, cobraría modestos honorarios del orden de 50 mil pesos, sin factura, 58 mil si el paciente se emperraba en ese sucio trámite hacendario, eso era lo único barato, porque la lista de gastos se elevaba hasta los 420 mil pesos, así de devaluados como están, en los que se incluían placas, tornillos y cuanta cosa de titanio que no utilizan ni en la Estación Espacial Internacional, por 180 mil pesos, hospitalización y lo demás. La promesa era que el paciente saldría, lo dicho, caminando y ya sin mayor dolor, siempre y cuando, claro, tomara los medicamentos que le recetaría. Hasta allí el planteamiento económico/médico, o médico/financiero, como sea que se llame, tender la cama, le dicen los extorsionadores.


El paciente salió entre cabizbajo y aterrorizado, sintiéndose condenado a usar silla de ruedas en el momento en el que las vértebras (malditas) terminaran de seccionar el nervio (inocente), que estaban oprimiendo y pelando de a poco a poco, de allí el terrible dolor. Pero no conforme con lo dicho por un médico que acá entre nos, olía a cable quemado, buscó una segunda, tercera, cuarta opinión… en Monterrey, en uno de esos hospitales que tienen fama de caros, pero que como tienen que competir entre ellos, obedecen a las reglas del mercado.


Allá fue a dar el paciente ¿y qué cree?, que no le tuvieron que hacer un huequito en la agenda para acomodarlo, no le dieron cita hasta dentro de un mes, un par de días después de la llamada, en el horario de su conveniencia. Allí lo recibió el médico quien le reveló uno de los secretos mejor guardados de la medicina de columna: los discos se inflaman… y eso duele como solo puede doler la espalda. Pero eso no se arregla con cirugía, el que lo diga es un mentiroso centavero, se resuelve con medicamentos, algunos cierto de última generación, otros que ya tienen sus años en el mercado, pero con eso. En casos extremos… se puede entrar al quirófano, allí mismo, para una infiltración, así le dicen a aplicar los antiinflamatorios directamente a la columna, procedimiento que, con todo y todo, cuesta treinta mil pesos, ni la décima parte de lo que le querían esquilmar en Saltillo por un procedimiento innecesario, con mucho de simulación, de ficticio, en contubernio hospital, equipo médico y de enfermería, el seguro y algunos más.


Esto es lo que vemos y sabemos. Si a usted le duele la espalda, aguas, andan zopilotes sobre su cuenta de banco, para engatusarlo con lo que no necesita, con lo que no le hacen, pero que tienen bien montado para que se lo crea.


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