El sacerdote Antonio María Cabrera fue detenido al llegar a México, acusado de violar reiteradamente a un menor. Durante años, la Iglesia encubrió el caso. Hoy, gracias al testimonio valiente de la víctima, la justicia civil comienza a actuar contra décadas de silencio e impunidad.
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La madrugada del jueves, un hombre bajó de un avión procedente del extranjero en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. No era un turista ni un funcionario. Era Antonio María Cabrera Cabrera, sacerdote legionario, acusado de violación reiterada de un menor de edad.
Lo esperaba la Policía de Investigación del Estado de México. En cuanto tocó suelo mexicano, fue capturado y trasladado directamente al penal de Barrientos. La justicia, aunque tardía, comenzaba a dar sus primeros pasos. Una prisión preventiva fue dictada en su contra.
Pero detrás de este arresto no hay sólo un expediente. Hay una historia de confianza traicionada, de un duelo familiar convertido en entrada para el abuso, y de una víctima que, tras años de dolor, decidió hablar.
UNA “GUÍA ESPIRITUAL” QUE ESCONDIÓ UN DEPREDADOR
Corría 1999 cuando Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo —y él mismo acusado por numerosos abusos— envió a Cabrera a acompañar a una familia empresaria que acababa de perder a su patriarca. El sacerdote se volvió figura frecuente en su casa de Lomas de Tecamachalco. Iba hasta cuatro veces por semana. Se le confiaron abrazos, celebraciones, fechas especiales. En una Navidad, en una boda, en un cumpleaños, según relata la víctima, ocurrieron las agresiones, de acuerdo con el diario Reforma.
La víctima, identificada con las iniciales P.Z.D.F., no habló de inmediato. No lo hizo de niño. Fue hasta su adolescencia, en una consulta psiquiátrica en España, donde por fin pudo expresar el infierno vivido. A través del especialista, sus padres supieron la verdad. Para entonces, ya residían en Madrid, tras huir de la inseguridad en México.
“UNA ATRACCIÓN PUNTUAL”, DIJO LA IGLESIA
En 2017, su madre fue a Roma. Buscó respuestas. Tocó puertas. El padre Florián Rodero, también legionario, le restó importancia: “Seguramente fue un hecho aislado”, le dijo. Incluso se atrevió a calificarlo como una “atracción puntual”.
Las palabras no protegieron. No ofrecieron reparación. No hubo castigo. La familia continuó insistiendo. En 2022, la madre acudió a la Oficina de Ambientes Seguros del Territorio de México de los Legionarios. Le prometieron una investigación. Nunca le dieron resultados.

UNA IGLESIA SILENTE, UNA JUSTICIA QUE DESPIERTA
La orden religiosa, lejos de sancionar, despidió a los abogados que investigaban a Cabrera. Fue así que la familia decidió acudir por su cuenta al Ministerio Público. El 16 de enero de 2025, P.Z.D.F. denunció formalmente a Cabrera ante la Fiscalía del Estado de México. En mayo, un juez de Tlalnepantla ordenó su captura.
Hoy, mientras el sacerdote permanece en prisión preventiva, la justicia civil se enfrenta a lo que la Iglesia calló durante años.
EL SILENCIO YA NO ES UNA OPCIÓN
El caso de Cabrera es un espejo de lo que muchos menores han sufrido dentro de instituciones religiosas: abusos encubiertos por sotanas, palabras dulces que esconden horrores, complicidades disfrazadas de fe. La indignación no sólo radica en el crimen, sino en el abandono institucional que perpetúa el daño.
La valentía de una víctima al romper el silencio, al nombrar lo que muchos aún no pueden, es el verdadero comienzo del juicio. La justicia podrá ser lenta, pero mientras haya memoria, nunca será imposible.
@emeequis
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Estoy de acuerdo que lo capen. Por abusador.