Tanto Donald Trump como Kamala Harris coinciden en la necesidad de competir con China en sectores clave como la tecnología y la industria manufacturera. Ambos ven al gigante asiático como un competidor estratégico en comercio y seguridad nacional. Trump adoptó desde el principio un enfoque más confrontativo, con aranceles y sanciones. Harris prefiere, en cambio, una vía diplomática, pero también firme. Con Trump en la Casa Blanca, China enfrentaría otra vez un enfoque más agresivo y comercialmente restrictivo, que al mismo tiempo facilitaría las negociaciones directas, de las que Pekín suele salir bien parado.
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