Por Horacio Cárdenas Zardoni
Ahora los días de fiesta anduvimos dando la vuelta por el así llamado Centro Histórico de Saltillo, y la verdad de las cosas, quedamos entre deprimidos y arrepentidos, pero sobre todo recriminándonos a nosotros mismos: si ya sabes cómo está de abandonado ¿qué ganas tienes de ir a comprobarlo? Bueno, pues ni modo, había que ir a hacer unos asuntillos propios de las fiestas y qué le vamos a hacer.
El Centro de Saltillo cumple con lo primero, es el centro de la ciudad, quien sabe si todavía geográfico con todo lo que ha crecido la capital de Coahuila para todos lados para los que ha podido crecer, norte, sur, oriente y poniente, allí sí que no le discutimos nada, pero lo de histórico… o bueno, desde un punto de vista bastante amplio, sí es histórico en cuanto que en esa delimitación de manzanas se desarrolló parte de la historia de la propia ciudad, de la entidad y de la región, era allí o en las haciendas, a nadie se le escapa que los grandes planes y manifiestos de sublevación, se fraguaban y concretaban en los cascos de ranchos que cumplían con las condiciones, primero de estar bastante bien puestos, de estar aislados y de ser fáciles de defender o de donde huir, por si se ofrecía.
No, lo de centro histórico es más bien un concepto arquitectónico y urbanístico. Que sí, lo deseable sería que coincidiera con la parte histórica, pero no se puede todo en esta vida, hay ciudades donde los hecho importantes ocurrieron allí mismo, pero para el caso de Saltillo, por centro histórico se conoce un conjunto de cuadras que se extienden dentro de cierto radio de la Plaza de Armas, en una selección aleatoria que deja bastante que desear, pero fuera de eso, poco o nada.
Las sucesivas administraciones, estatal y de la capital, han tratado de darle un toque colonial… antiguo… viejo… es que es difícil de decir qué tanto y hasta dónde, porque los resultados son más bien lastimosamente pobres. Sí, hay casas, casonas que gustan de decirles, hechas con toda la mano, pero estas son más bien pocas, poquísimas, más bien destacan por la pobreza de las que están alrededor, mucho más modestas en cuanto a sus pretensiones arquitectónicas. Habría fincas grandes, de altos muros, con lo mínimo de adornos… y estos que rayan entre lo modesto y lo apenas. Acá en Saltillo son contados los patios hacia el exterior, que formen parte del paisaje urbano, para adentro sí, pueden ser un edén, pero es privado, para afuera ni maceteras, ni árboles sembrados en la banqueta, ni enredaderas para cubrir los muros, aunque sea para ahorrarse la pintada de cada veinte años o para tapar las pintas de los pandilleros.
Ni hablar de los horribles faroles que instaló por las calles del centro el profesor Humberto Moreira, que, enormes, se plantaron sobre los muros de las casas, ni en postes gastaron. Ni hablar del programa de remozamiento de fachadas y banquetas de Enrique Martínez, de los que quedan, para vergüenza, solo los mosaiquitos conmemorativos, más consecuente, Rubén, “el arrasador”, si por él hubiera sido, hubiera derribado todo entre Ramos Arizpe y Arteaga… los municipios, no las calles. Creo que nadie ha odiado Saltillo más que él.
Lo que son las cosas, el que más se quiso ocupar de la “estética” de la capital, fue Jericó Abramo, en un estilito que podríamos definir como Early GROM, o algo así, pendiente de someterlo a los historiadores del urbanismo.
En efecto, Jericó quiso parecerse a Rudolph Giuliani, quien fuera alcalde de la ciudad de Nueva York antes de convertirse en abogado de Donald Trump y perder hasta la camisa y el permiso para ejercer la abogacía por hacerlo, quien diseñó aquella política de ‘tolerancia cero’. Todos hemos visto películas y programas donde las casas, edificios, camiones, hasta el Metro de Nueva York están grafiteados hasta ser casi imposible saber de qué color era el muro originalmente. La estrategia de Giuliani, imitado por Jericó, ya con un toque de represor colombiano y con ese gusto que tanto lo caracterizó, de usar fuerza excesiva tanto para sus operativos policiacos como para los encargados de tapar los grafitis, consistía en: tan pronto como amanece una pared pintarrajeada, se manda una cuadrilla de trabajadores del municipio para pintarla. Y si la vuelven a atacar los pandilleros, otra vez la repintan, en una actitud de ‘a ver quien se cansa primero’.
Y sí, se puede decir que primero se cansaron los artistas urbanos que el alcalde, lo malo es que sus muchachos de servicios primarios eran medio salvajes, como los GROMS, ni más ni menos, porque con sus aspersores cubrían con la típica pintura color rojo sangre, no solo la pinta sino lo que se atravesara, que lo que importaba no era la estética, que nunca fue su fuerte, sino el mensaje.
Bueno, pues en todo esto íbamos pensando cuando nuestros pasos nos llevaron a la calle de Acuña, y oh sorpresa, el Teatro Palacio, ese sobre el que tanto, y tanto, y tanto se discutió de que si era un monumento, que si era parte del centro histórico, que si era patrimonio cultural convertido en una triste zapatería de las que abundan en Victoria, está ahogado de grafiti, literalmente.
Pero no vaya a pensar que en grafiti con pretensiones artísticas, no, nomás pintas, supuestos mensajes en el esotérico lenguaje de los pandilleros, que solo ellos entienden, para su bien o para su mal. Son pintas encima de pintas, anulándose las unas a las otras, lo que deja una idea perfectamente clara, que tienen años sin que nadie les vaya a dar una mano de gato, y menos un baño de pintura a lo Jericó, nada.
Esta, que es la calle emblemática del Centro Histórico de Saltillo, porque nadie vaya a darle coba a Riquelme ni Fraustro de que es el ‘paseo capital’, está de pintas, basura, chicles pegados, hoyos en las banquetas y calles, que hay que tener mucha cara dura para decir que es la más bella de la capital coahuilense. Tolerancia cero… es la que habrían de tener los ciudadanos para con autoridades que tienen absoluta desidia para cumplir con sus obligaciones. A ver cómo comienza Javier Díaz, por lo pronto tiene la oportunidad de distanciarse de aquella gracejada de SaltiYork, pero no por sus pretensiosas vialidades, sino por su alma pintarrajeada.
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