Juan Manuel Villalobos
Nota de la editora: este texto fue publicado el 11 de agosto de 2021. Se actualiza ante el anuncio del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, de declarar como “organizaciones terroristas” a los cárteles de la droga cuando asuma el poder el próximo 20 de enero.
La reciente amenaza lanzada por el autollamado Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) contra la periodista Azucena Uresti y tres medios de información ha traspasado el límite, si es que un cártel lo tiene, del “contrato social” en el que cohabitan los ciudadanos para mantener sus libertades, por más precario que dicho contrato sea: un remedo de Estado de derecho garantizado, en teoría, por la ley.
Se han escrito un sinnúmero de artículos académicos y libros especializados que pretenden teorizar y definir a las organizaciones criminales como tales, ramificadas en diferentes tipos: guerrilla, delincuencia organizada, grupo criminal, mafia, etcétera. Los expertos en seguridad son doctos en tales conceptos. Es verdad que se busca, a través de ellos, dar el mejor cause a su combate por medio de políticas públicas y, desde luego, de los órganos judiciales. Todo eso está muy bien, pero parece que a académicos, periódicos, estudiosos de la seguridad y gobiernos les sulfura la palabra “terror”. Esos grupos pueden serlo todo, menos terroristas.
El pasado 19 de junio, la prensa informaba que “grupos armados”, “grupos criminales”, “delincuentes” —“el crimen organizado”— habían perpetrado una serie de ataques en varias colonias de la ciudad de Reynosa, en Tamaulipas. Resultado de aquella cacería, realizada al azar —sí, al azar—, murieron al menos 14 civiles, entre estudiantes, enfermeros, albañiles, padres, hijos, esposos.
Matanzas en México ha habido muchas, desgraciadamente; imposible de hacer un recuento del México rojo reciente. Pero es quizá la de Allende, en Coahuila, en 2011, la que inaugura un nuevo tipo de terror, indiscriminado, que rememora a las guerrillas africanas, cuya costumbre es aniquilar al enemigo de la manera más violenta, incluso si el enemigo es apenas un recién nacido al que hay que aplastarle el cráneo con una piedra del tamaño de su cabeza, como es costumbre.
El periodista Jean Hatzfeld escribió uno de los libros más crudos sobre la condición humana y la facilidad con la que el hombre termina disfrutando del asesinato. Una temporada de machetes recrea las voces de los genocidas hutus encargados del exterminio tutsi. Los testimonios son espeluznantes. Uno de aquellos “hombres” lo resume con estas palabras: “Cuanto más matábamos más nos engolosinábamos con matar. La golosina, si nadie la castiga, ya nunca se le pasa a uno” (Hatzfeld, 2004: 52). Aunque pareciera que los motivos de los llamados cárteles responden a intereses distintos que al exterminio, la siembra del terror y su engolosinamiento con la muerte son muy parecidos. Y, en efecto, al no verse castigada, la golosina ya nunca se les pasa.
Cuál es el arma más poderosa de estos grupos mexicanos: solo un desinformado no podría atinarle: sembrar terror, tal y como lo viene haciendo el grupo terrorista CJNG desde hace ya varios años, con sus exhibiciones de fuerza, videos, amenazas, incursiones territoriales, violaciones y asesinatos. Lo mismo da que sus advertencias estén dirigidas a la Guardia Nacional o al Ejército, que a la sociedad civil o a periodistas.
En los años más cruentos de la siembra de bombas en Irlanda, por el IRA, o en España, por ETA, medios como La Jornada seguían evitando llamar a los integrantes de ambas bandas, terroristas. Su argumento era ideológico, por supuesto. Como diario de izquierda, pretendía hacer suya la frase de Napoleón sobre el fin que justifica los medios.
Ahora que la palabra “normalizar” está en boca de todo mundo, sería bueno no “normalizar” a estos grupos con apelativos de “criminales”, “delincuentes”, “asesinos”, “bandas”, “extorsionadores”, que eso ya parece no decir absolutamente nada sobre ellos, menos definirlos. Habría que enfrentarlos, perseguirlos, juzgarlos como amenaza terrorista con el fin de que sus miembros puedan, algún día, terminar en la Corte Internacional de Justicia, aun cuando ésta ha quedado rebasada y limitada a la hora de juzgar a los responsables de genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, algo de lo que a cualquier terrorista de los cárteles mexicanos se le podría acusar.
Los famosos cárteles de la droga que la televisión ha querido retratar con una aura hasta de ingenua condescendencia, han dado un paso al frente, y nadie parece darse cuenta. De grupos organizados, de sicarios y narcotraficantes, han terminado haciendo suyo el adjetivo de terroristas sembrando terror ahí donde se despliegan. Los medios, gobierno y sociedad civil tendrían que armarse de valor para llamar a las cosas por su nombre: no solo son bandas, no solo son criminales, no son solo sicarios, no son solo extorsionadores, no son solo asesinos: también son terroristas y como tales hay que enfrentarlos.
La sociedad mexicana, los medios, las organizaciones no gubernamentales y, por su puesto, el Estado —si aún lo hay— darían un paso, aunque pequeño, para combatirlos, llamándoles terroristas, un apelativo lejano de aquel de “narcos” o “traficantes de estupefacientes”, con barbas ralas y aspecto sucio, como a las series les gusta retratarlos. Si el terror se ha normalizado en nuestra vidas, en plena vía pública, en una cancha de futbol llanero, o bajo la sombra de una amenaza en video, entonces, empecemos por llamarlos por su nombre de pila: terroristas, nueva generación. Sus motivaciones, ideológicas —si las tienen—, políticas o económicas, son lo de menos.
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