Por Horacio Cárdenas Zardoni
A qué más que la verdad, a nadie le gusta pagar seguros. Los mexicanos hasta donde nos es posible, evitamos comprar seguros para todo lo que los hay, automóviles, de vida, de gastos médicos, contra incendios, y demás. Y no es que prefiramos andar por la vida nomás con la bendición divina, pero es que nuestros ingresos promedio no dan para tener el carro, ponerle gasolina, comprarle seguro, eso además todo lo demás que tiene uno que gastar por el solo hecho de vivir en sociedad.
Pero de vez en cuando, y cuando tenemos seguro, se nos llega a presentar un incidente que esté cubierto por una póliza que nos dejamos convencer de contratar, y allí sí, andamos con una sonrisa de oreja a oreja, sintiéndonos que hicimos el negocio de la vida. Lo sabemos, anda uno en una chatarra de más de diez años de vieja, y de repente se nos atraviesa uno de esos carros de ultra lujo, si no trajéramos seguro, nos quedamos allí empeñados para la vida, sobre todo si se trata de pérdida total, del otro carro, pero aunque no llegue a tanto, son gastos que difícilmente estamos en condiciones de solventar, ah pero si tenemos seguro, aunque sea solo de daños a terceros, con eso nos damos de santos de tener esa protección.
De los gastos médicos mayores ni le cuento, la atención médica pública es como la de Dinamarca, pero del Siglo XIV, y la privada… casi se cobran con el proverbial ojo de la cara, a menos claro, que tenga seguro de gastos médicos mayores. Nos ha tocado conocer casos de gente que tiene pagando años y más años el seguro médico, y les pesa, pero de repente se les viene “un siniestro” como le llaman los siniestros de los seguros, del que pagan solo el deducible y el coaseguro, y aun así, les sale una cantidad superior a si hubieran pagado diez años de primas.
Todo para decir que vale la pena tener seguros. Dice un viejo dicho en el gremio ese que, más vale tenerlo y no necesitarlo nunca, que lo contrario, necesitarlo y no tenerlo. Esto podría extenderse a muchos ámbitos de la vida, y por eso se nos ocurrió ahora que nos enteramos que el congreso del estado de Coahuila autorizó al gobierno estatal a renegociar la deuda, se supone que buscando las mejores condiciones para enfrentar su manejo en el futuro próximo.
El tema es, como siempre, motivo de controversia. Del lado de los priístas, en el congreso y fuera de él, aceptan las explicaciones dadas por la secretaría de finanzas como si se tratara de la verdad revelada. Sobre todo cuando se habla de que se busca un modelo que permita al estado ahorrarse algo así como 14 mil millones de pesos por concepto de pago de intereses, hasta aplausos se llevan, aunque todavía falta que especifiquen de cuánto va a ser el monto de los intereses que no se pueden evitar.
A nadie se le olvida la cifra negra dada a conocer por la propia dependencia, de que en los últimos doce años, se han pagado alrededor de cuarenta mil millones de pesos por concepto de intereses, mientras que el capital de la llamada megadeuda, ese se ha mantenido sin aportaciones que permitan reducirlo.
La nota la vimos así nomás por encimita, tal es el repelús que nos causa el tema y lo poco que como ciudadanos podemos hacer al respecto, pero se hablaba de un horizonte de unos 24 años, hacia el año 2048. Esto nos lleva a hacer una cuenta muy balín, como si hubiéramos estudiado con los nuevos libros de texto de Marx Arriaga que no traen nada de matemáticas: si en doce años pagamos 40 mil millones, en 24 años ¿cuánto pagaremos?, pues… 24 es el doble de 12, así que sería 40 mil millones por dos, 80 mil millones de pesos, y de allí se le quitarían 14 mil millones, se quedaría en 66 mil millones, algo así, claro, habría que ver el calendario de pagos, estrategias para pagos anticipados, amortización de capital, que sigue sin mencionarse, y detalles así.
No faltó quien le echara toda la leña al actual gobierno, al que acusan de hacerle el trabajo sucio al siguiente mandatario, que es quien tendría que entenderse de la deuda pública estatal, pero allí es donde radica nuestra esperanza de que, como decíamos antes respecto de los seguros, más vale tenerlos y no necesitarlos.
Desde luego que cabe la posibilidad de que el secretario de finanzas y el propio gobernador Riquelme estén actuando como personeros del gobernador electo Manolo Jiménez, pero en lo personal se nos hace demasiado temprano para que este último se esté metiendo en cosas tan puntuales. Aun con el optimismo a todo lo que da, de que ganaría la elección del pasado 4 de junio, es difícil pensar que desde antes de eso Manolo ya estuviera empapándose de temas tan complejos como para distraerse de lo que traía en el fuego en ese momento. Lo mismo respecto a lo de después, del mismo 4 de junio para acá, ¿de veras se habrá dado tiempo de investigar sobre la que es quizá la cuestión más espinosa de todo su sexenio?
Todavía recordamos hace un par de semanas un intercambio interesante entre los gobernadores, Manolo diciendo que le pediría consejo a Riquelme y este respondiendo que Manolo no necesitaba de consejos… qué diferencia entre Marcelo Ebrard y Andy López Beltrán, el primero ofreciéndole una chamba soñada y este mandándolo por un tubo. Manolo sabrá cómo entrarle a los problemas, lo cual no quita que el actual gobernador le deje la casa con los menos pendientes posibles, entre ellos este de la reestructuración o renegociación de la deuda, que seguramente le representaría un costo político a Manolo.
Durante los días de campaña Manolo Jiménez mencionó algunas ideas en torno de la deuda, la primera de ellas fue la de la posibilidad de convocar a un consejo ciudadano que planteara la mejor estrategia para los dos puntos álgidos, los intereses y el capital. Otra idea principalísima fue la de dedicar su sexenio al abatimiento sustancial, sin establecer cuánto, del capital, lo que permitiría reducir los recursos que se destinan a intereses, planteamiento que se percibió como un compromiso importante de la campaña.
La cosa estaría más o menos así: allí está la posibilidad de reestructuración, ya armada y autorizada por el congreso, pero también está la posibilidad de formular un esquema mucho más agresivo para el pago de lo que se adeuda. Entre lo autorizado, que sería el punto de partida, y lo que se logre, podría conseguirse algo interesante que se tradujera en dinero liberado y susceptible de aplicarlo a proyectos importantes. En fin, acuérdese de los seguros… hay que pagarlos para que funcionen.
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