Por Horacio Cárdenas Zardoni
De nuestras lecturas, o más bien, de nuestras tantas películas de samuráis, ninjas y karatecas, recordamos una máxima del Código Bushido, ya sabe usted, el código de ética y sobre todo de conducta de los guerreros japoneses, para quienes el honor lo era absolutamente todo, y tanto, que preferían la honrosa muerte por su propia mano, el famoso Sepuku, que la vergüenza de la deshonra.
Pues bien, aun el código más duro que ha existido en el mundo tenía una salida que hasta ahorita no deja de sorprendernos y cuestionarnos: el que gana no traiciona…
No se si le parecerá a usted también un tanto chocante, porque la mentalidad que solemos tener los mexicanos, y no porque seamos particularmente leales a nada ni a nadie, es que el vasallaje implica la total y absoluta rendición al superior. El que nació para maceta no va a pasar nunca del corredor, a menos claro, que el dueño de la casa decida moverlo más para allá, para el jardín, o de plano porque ya se aburrió de tenerlo siempre allí, decida tirarlo a la basura, para poner otro macetón más bonito y elegante. Eso es lo que pasa con los vasallos que siempre están para servir al de arriba, y que también siempre son pasados por alto, para poner en posiciones de más responsabilidad y mejor remuneradas, a gente que sea más movida, y a uno bien portado, no le queda más que apechugar y rumiar el maltrato del patrón.
En cambio en Japón, donde el honor lo era y lo sigue siendo todo, donde la lealtad es a toda prueba, tienen muy claro que el señorío y el vasallaje son un contrato entre el de arriba y los de abajo, una relación compleja que implica sí, miedo, respeto, admiración, y sobre todo que considera que no puede darse algo por sentado, porque en ese momento comienza a decaer, si al jefe le tocó estar arriba y a mí me tocó estar abajo, ni él va a hacer nada por seguir creciendo, ni yo por cumplir el sueño de todos, de alguna vez estar arriba.
Por eso no solo se entiende y se acepta que los subordinados se muevan para tumbar al superior, sino que hasta es bien visto. Si gana, de ninguna manera es traidor, eso es una ofensa, es el nuevo jefe. Si pierde, ah bueno, sobre el lloverán todos los insultos, pues se lanzó contra el de arriba sin estar preparado, y pagó las consecuencias.
Ahora que en la sociedad mexicana se ha introducido una frase que era poco menos que tabú, la de traidor a la patria, vale la pena examinar el asunto, porque de no hacerlo convenientemente, amenaza con convertirse en una bomba que luego el que prendió la mecha, no sabrá cómo desactivarla, suponiendo que tuviera esa intención, pues a como se ha visto, es bueno para la bravuconada, pero a la hora de los trancazos, se parapeta tras los muros de Palacio Nacional.
Azuzados por si líder, el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien no tiene empacho en dejar a un lado la investidura presidencial, con los límites que esto impone, para decir de sí mismo que es predicador, pedagogo y quien sabe qué más, sus huestes de MORENA, y partidos paleros han dado en calificar de traidores a la patria a aquellos diputados federales de los partidos de oposición, que votaron en contra de la reforma a la ley de la industria eléctrica, promovida por él.
Allí nos topamos con un error de origen, porque los traidores en todo caso, serían los que intentaron cambiar una ley que ya existía, no los otros que estaban haciendo el trabajo de contención, de defensa de lo que, para bien o para mal, o más puntualmente, al más puro estilo de la democracia a la mexicana, fue la voluntad del pueblo del momento en que se votó y aprobó, y que recordemos en aquel no tan lejano 2013 no se habló de traición a la patria… por estos motivos, por otros sí, pues otra vez, forma parte de la retórica incendiaria de quien nada tiene de bombero para luego apagar lo que prendió.
Sobre esa base, de que los traidores son los que intentaron atacar una norma establecida, y no pudieron, que si nos rigiéramos por el código Bushido, estaría alguien recogiendo sus cabezas como si de víctimas del narcotráfico se tratara, sea que ellos mismos se hubieran sacrificado o que el superior contra el que se intentó la asonada los castigó ejemplarmente.
Eso para empezar, pero alejémonos de la solución de los problemas usando las recetas de Yukio Mishima, y pensemos que estamos en un país medianamente civilizado, en el que priva el estado de derecho, y no el estado fallido como nos tienen catalogados en algunos otros países del mundo. La democracia republicana que nos gobierna previene la representatividad del pueblo en el congreso de la unión, foro en el que se supone que se debaten las ideas, las posiciones, las propuestas de reforma como esta que tiene tan encanijado al presidente que juró serlo de todos los mexicanos, y termino siéndolo solo de sus adoradores. De por sí que el debate de la reforma eléctrica era difícil, por no decir imposible, después de todo, los mensajes que salen de palacio nacional con rumbo a la cámara de diputados llevan pegado un post it de puño y letra del mandatario que dice: no cambiarle ni una sola coma, con esa condicionante ¿qué puede debatirse que sirva para algo?
A la hora de la votación, la democracia establece tres posibilidades, la de estar a favor de la propuesta, la de estar en contra, lo la casi imperdonable de abstenerse, pues a lo mejor al diputado le vale sorbete, pero a sus electores, a los que representa, no. Cualquier cosa que ocurra dentro de estos parámetros, es correcto, es democrático, es republicano, nada a lo que pueda llamarse traición, a nadie y a la patria menos. Mientras nadie saque una pistola o un fusil, mientras nadie los use para amenazar a nadie para forzar una votación en este o aquel sentido, no hay traición, todo sigue siendo democracia.
El mismísimo presidente, quien debía calmar las aguas, mediar entre los contrarios, es el que sale a decir que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, esto al decir que está a favor de la campaña contra los traidores. Terminamos recordándole a él y a sus ciegos seguidores que… técnicamente los traidores son ellos, y que graciosamente en este país nadie busca ni exhibirlos, ni sacrificarlos, porque nosotros no somos así… al menos eso esperamos.
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