Succession


Por Enrique Abasolo

“Succession” de HBO porque cumple con los tres requisitos que establecí para ello y que ya antes he enlistado aquí mismo. 

Las serie que yo inicie debe: 1.- Haber concluido ya. Es decir, no hay riesgo de que la producción decida cancelar de improviso y deje a su audiencia colgada de la brocha sin una resolución satisfactoria. 2.- Es consistente. A diferencia por ejemplo de “Game of Thrones” que fue ovacionada durante casi una década, sólo para decepcionar durante su última temporada a la crítica y al público que además odió el final, “Succession» mantiene calificaciones de 8 y 9 en Movie Data Base, lo que representa parámetros de excelencia que se ven reflejados tanto en la escritura como en la producción. 3.- Tiene un número razonable de episodios y temporadas (cuatro en el caso de “Succession”); pues se trata de acceder a entretenimiento básico, no de emprender un proyecto de vida.

«Succession» cuenta la historia de un veterano magnate de los medios de comunicación, el multimillonario Logan Roy y su lucha por sostener el imperio que construyó en contra de la feroz determinación de sus competidores por destruirlo; de las nuevas tecnologías que amenazan a los medios tradicionales sobre los que está construido este emporio; de las políticas progresistas que ven en su empresa un oligopolio facho y aliado del ultra conservadurismo, pero sobre todo, en contra de su disfuncional familia en la que se destaca la tríada de hijos de entre la cual deberá escoger al sucesor que continúe con su legado y perpetúe su memoria.

Es muy probable que no le esté vendiendo yo correctamente la trama, ya que un drama de intrigas familiares y corporativas puede sonar poco atractivo y hasta denso, pero déjeme precisarle algo: El programa es una comedia. Aunque adolece de chistes y difícilmente va a soltar una risotada (no recuerdo haber reído una sola vez en estas dos temporadas que llevo), la comedia está allí; sólo que en vez de pastelazos u odiosos “punchlines” seguidos de una estúpida risa grabada a lo “Big Bang Theory”, el humor viene imbuido en la amargura de la tragedia, de la miseria humana.

El sabor es comparable al chocolate amargo, pero créame que es lo más exquisito que he paladeado en televisión en varios años.  Un espléndido Brian Cox interpreta a Logan Roy, personaje basado principalmente en el magnate de la vida real, Rupert Murdoch, ya sabe, el putrimillonario dueño de cientos de diarios, editoriales y canales de televisión en Australia (Daily Telegraph, Herald Sun), Reino Unido (Sun, Times) y Estados Unidos (WSJ, New York Post); dueño de Fox News (y hasta hace no mucho de la 20th Century Fox), por sólo citar algunos de sus activos más relevantes.

Pero el personaje, se supone, abreva de otros mega empresarios del mismo corte, aunque la materia prima de los escritores sería concretamente la familia Murdoch.

Aunque el viejo Logan es uno de los empresarios más exitosos y temidos del mundo, rara vez parece disfrutar de la vida o de su éxito, no tiene aficiones, intereses o pasiones conocidas, ni siquiera un vicio que le produzca algo de goce.

Su única razón de ser es el siguiente movimiento que dará en función de sus metas corporativas. Pero el potentado está viejo, enfermo y es consciente de que ni él será eterno y está conminado a designar un sucesor, para la tranquilidad de los accionistas y la estabilidad misma del valor empresarial. 

Como era de esperarse, sus hijos (criados con el dinero de su padre, pero no con su amor) son todos patéticos, sintetizan todas las debilidades que el padre no tiene, si bien comparten todos como rasgo familiar una casi total ausencia de escrúpulos y de empatía.

Aún así, de alguno de ellos debe salir el heredero al mando, si es que desean que la familia retenga el control de semejante emporio (muy semejante al de los Murdoch antes descrito).

Kenwald “Ken” Roy, el mayor, no tiene madera, ni el carisma, ni el liderazgo para asumir el mando y es proclive a las adicciones; Roman, el menor, es un zoquete incapaz de cualquier esfuerzo, un junior infantiloide cuyo único talento parece ser el de irritar a los demás; mientras que Siobhan, la hermana, pese a ser la más capaz y la mejor candidata, es devorada por las ansias, la soberbia y una impaciencia que le impide aprender, madurar y estar lista para la responsabilidad.

Por supuesto que ver el drama de un viejo amarguetas en busca de sucesor; de un carcamán colmado de poder, pero incapaz de ejercerlo de una manera noble, tan absorto en la lucha por retener su latifundio como en la conquista de la parcela contigua que se ha olvidado por completo de sembrar algo; un vejestorio que pese a su poderío e influencia no sabe manejar la frustración y reacciona con las rabietas de niño; un vejete que ya sólo se siente vivo cuando destruye a quien se le opone; un achacoso patriarca que tiene que escoger de entre una tercia de incompetentes que no son ni su sombra… pues…  Necesariamente, me hizo recordar a ya sabe usted quién.

Discúlpeme lo previsible, pero no podía ser de otra manera. No obstante, recién me cayó el veinte del paralelismo evidente entre el culebrón ficticio y nuestra amarga realidad política nacional.

Y es que en efecto, Andrés Manuel López Obrador se obsesionó tanto en la consecución del poder (como ahora en la retención del mismo) que se le olvidó por completo para qué sirve dicho poder (si es que alguna vez consideró realmente todo el bien que pudo haber obrado con ese enorme respaldo con que llegó a la Presidencia).

Decirlo ya hasta es un lugar común, pero de verdad que el opositor más enardecido y articulado del Presidente es el mismo López Obrador, pero el de hace algunos años. Escucharlo hablar en campaña, joven, lúcido, de manera fluida sobre cómo ejercer el poder democráticamente y de una manera progresista, es escuchar al némesis del viejo rancio, inconexo y trastabillante que tenemos al día de hoy instalado en el Palacio.

Esa risa suya que rara vez denota alegría, pues casi siempre es en tono de sorna, ya sea por desestimar los argumentos que lo contradicen (“¡Ahí están sus masacres… jajaja!”) o denostando a sus adversarios, nos percatamos de que AMLO ni siquiera disfruta de gobernar, pues le resulta abrumadoramente engorroso a diferencia de andar en campaña.

Pero de regreso con sus corcholatas sucesoras, la lucha entre estas guarda al menos un par de paralelismos con la de los hermanos en pugna de “Succession”: Como que cada uno piensa que el viejo ya chochea, que no está tomando las mejores decisiones y que urge que se retire (aunque jamás se atreverían a contradecirlo) y al mismo tiempo, cada uno de los posibles relevos piensa que es la mejor opción para suceder al monarca empresario.

Si “Succession” resulta profética, el viejo solo puso a sus “hijos” a competir entre sí para verlos luchar por su aprobación, porque atestiguar cómo se destruyen es la única prueba de amor e incondicionalidad que le convencería.

Y aunque el tlatoani tiene a su favorita cantada desde hace tiempo, no le cierra las puertas a que alguno de sus otros dos hijos le dé alguna sorpresa grata, como sería llegar con la cabeza y el corazón de sus hermanos y ponerlos a sus pies en señal de ofrenda y lealtad.

También, como en “Succession”, no sería raro si alguno de sus incapaces hijos, una vez empoderado, le mete a su padre (político) sus buenas puñaladas por la espalda.

Seguiré viendo la serie y cuando termine, si amerita, comentaremos cualquier otra lectura que nos arroje con relación a esa otra comedia negra que es la sucesión presidencial en México.

No se la pierda, la de HBO, la otra como quiera no es opcional y la tiene que sufrir sí o sí.


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1 comentario en “Succession”

  1. La verdad estamos en un infierno de inseguridad y zozobra con este demente y su runfla de seguidores, por una miserable dádiva a costa del sistema de salud y tantas otras pérdidas que hemos tenido, y los mexicanos enfrentados como nunca.

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