Ciudad de México, marzo 1. La falta de oportunidades laborales para personas indocumentadas en Estados Unidos ha llevado a miles de migrantes a sobrevivir mediante actividades informales como la venta de tamales y la donación de plasma, prácticas que se han convertido en su única fuente de ingresos ante el endurecimiento migratorio y el temor constante a detenciones por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Para muchas familias, estas actividades representan la diferencia entre poder pagar la renta, costear terapias médicas o simplemente garantizar la comida diaria en un contexto cada vez más hostil.
En el segundo párrafo acredita la información original al portal de El País México
De acuerdo con información publicada por El País México, una mujer mexicana de 53 años, con 25 años viviendo en Estados Unidos y dos hijos con autismo, comenzó a vender tamales en Dallas, Texas, como alternativa ante la imposibilidad de acceder a un empleo formal. La iglesia local le permitió colocar una mesa en el estacionamiento los domingos, y junto con su familia produce cientos de tamales por jornada, vendiéndolos a 20 dólares la docena. En sus mejores días han logrado preparar hasta 1.200 tamales, ingresos que han permitido cubrir renta, terapias y ahorrar para tratar de regularizar su estatus migratorio por medio de sus hijos, ciudadanos estadounidenses.
El proceso de preparar tamales es agotador: desde la compra cuidadosa de ingredientes hasta jornadas que comienzan a las tres de la mañana y terminan por la noche, involucrando a familiares y amigos cercanos. Aun así, esta venta dominical es una de las pocas opciones viables para quienes, sin papeles, son rechazados continuamente de trabajos formales debido al miedo de los empleadores a las políticas de deportación del presidente Donald Trump.
Según el Pew Research Center, casi 10 millones de indocumentados formaban parte de la fuerza laboral en 2023, con un incremento en 2024, pero una disminución en 2025 debido a deportaciones masivas y al creciente temor de salir a buscar empleo. Esto ha empujado a los migrantes a depender de trabajos irregulares o actividades informales.
La misma precariedad afecta a Manuel, un cubano que llegó por el programa de parole humanitario a Austin, Texas, pero perdió su permiso de trabajo tras cambios en la política migratoria. Sin ingresos estables, aceptó repartir paquetes de la empresa Shein por 1,75 dólares por entrega. Le asignaron más de 100 paquetes en condiciones caóticas y, después de cumplir con parte de la ruta, jamás recibió pago. “Cuando vas sin papeles, no tienes derecho a reclamar nada”, lamenta.
Otra alternativa cada vez más común es la donación de plasma. En Oakland, California, Juliana, mexicana de 25 años, comenzó a donar tras no encontrar trabajo. La primera vez le pagaron 250 dólares en efectivo. La Administración de Alimentos y Medicamentos permite las donaciones de personas indocumentadas siempre que se verifique identidad y domicilio, aunque algunos centros piden número de Seguro Social. Juliana donó durante tres meses, pese al miedo físico y emocional que experimentó.
Casos como el de Camila, venezolana de 21 años, reflejan el dilema emocional detrás de estas decisiones. Tras recibir una orden de deportación, renunció a su empleo y quedó sin ingresos. Aunque considera donar plasma para sobrevivir, teme las consecuencias y expresa que hacerlo no sería un acto voluntario, sino una obligación económica. Hoy subsiste con ahorros mínimos y bancos de alimentos mientras decide si recurre a este método.
La precariedad laboral y el miedo a ser deportados han creado un entorno donde millones de personas deben recurrir a actividades que, aunque legales o toleradas, reflejan la vulnerabilidad de quienes no tienen opciones formales de empleo. En muchos casos, vender comida casera o donar plasma se ha convertido en una estrategia de supervivencia en un país donde las políticas migratorias restrictivas limitan cualquier posibilidad de estabilidad.
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