Mtro. Marco Campos Mena
Solamente quien ha tenido que atravesar por una situación de salud sabe lo que realmente está pasando. Quienes no han tenido que enfrentar un episodio grave difícilmente dimensionan el miedo, ese que no distingue entre diagnósticos, costos, tiempos de espera o desenlaces. Hablamos de todas las variables que, en conjunto, definen la experiencia real del sistema de salud.
Durante años se presumió que México tendría un sistema de salud comparable e incluso superior al de Dinamarca. Fue una narrativa impulsada desde el poder, particularmente por Andrés Manuel López Obrador, que buscaba posicionar al sistema público como una referencia de excelencia. Hoy, esa afirmación contrasta con la realidad que viven millones de usuarios. Esto se trata de un vil engaño que se sostiene en la falta de punto de comparación.
Quien no conoce lo bueno, a cualquier cosa le llama bueno, y esa es la raíz del problema. La mayoría de la población no tiene acceso a servicios privados de salud, mucho menos a hospitales de alta especialidad. Para muchos, una pared recién pintada o una sábana nueva puede parecer sinónimo de mejora estructural, pero no lo es. Es apenas una capa superficial sobre un sistema que arrastra deficiencias mucho más profundas.
Quienes han tenido acceso a un seguro de gastos médicos mayores o a hospitales de gama media y alta saben que la diferencia es abismal. Instituciones como Hospital Ángeles, ABC u Hospital Zambrano Hellion representan estándares que el sistema público aún está lejos de alcanzar por limitaciones estructurales, presupuestales y operativas.
También hay que decirlo con claridad: el sistema privado es costoso por una razón: La medicina de calidad exige inversión constante en tecnología, infraestructura, investigación y formación. Y los médicos, profesionales que han dedicado años de estudio y sacrificio, deben recibir honorarios acordes a su nivel de especialización. Pretender lo contrario es desvalorizar la profesión y, en consecuencia, deteriorar el servicio.
En el sector público ha habido algunos esfuerzos visibles: Remodelaciones, cambio de mobiliario, mejoras en instalaciones. En casos como la Clínica 2, estos avances son reales y merecen reconocimiento, pero el problema no se resuelve con pintura ni con cortinas nuevas. Persisten fallas graves que impactan directamente en la calidad de la atención.
Una de las más preocupantes es la falta de vocación en parte del personal. No es un tema menor, la medicina no es un oficio cualquiera, exige compromiso, ética y humanidad. Sin embargo, existen casos donde la atención se brinda de forma mecánica, sin interés genuino por el paciente. No necesariamente por mala fe, sino por desgaste, saturación o incluso por una elección profesional equivocada… y en este contexto, el paciente paga las consecuencias.
A esto se suma otro problema crítico: la incapacidad o falta de humildad para reconocer límites. Cuando un caso rebasa las capacidades del médico o del hospital, lo responsable es escalarlo. No hacerlo puede tener consecuencias fatales. Los ejemplos no son aislados, hay incontables casos donde la falta de especialistas o la inexperiencia terminan en tragedias evitables.
El sistema de salud avanza a gran velocidad a nivel global. Nuevas técnicas, nuevos tratamientos, nuevas tecnologías y medicamentos, pero ese avance no está siendo acompañado con la misma intensidad en la formación y actualización del personal en el sistema público. Se requiere mayor rigor, evaluación constante y mecanismos de control que garanticen la calidad del servicio.
Y hay un tema incómodo, pero necesario: la supervisión ética. Así como en otros sectores existen controles de confianza, en la medicina debería reforzarse la vigilancia para evitar abusos. La relación médico-paciente no puede estar sujeta a prácticas que prioricen el ingreso sobre la salud.
Por otro lado, el componente gubernamental ha agravado la situación. La escasez de insumos tales como medicamentos, material básico y equipo limita la capacidad de respuesta. Los médicos, en muchos casos, hacen lo que pueden con lo que tienen. Pero eso no es suficiente y Nunca lo será.
El sistema, además, enfrenta una presión creciente por el aumento de enfermedades asociadas a malos hábitos: alimentación deficiente, sedentarismo, falta de prevención. Aquí la responsabilidad también es social, no todo recae en el Estado ni en los médicos.
Se necesita un cambio estructural urgente desde la cultura de la prevención hasta la forma en que se gestionan los recursos, se forma al personal y se diseñan las políticas públicas. La medicina preventiva debe dejar de ser discurso y convertirse en eje central del sistema.
En este punto, también es necesario abordar el impacto de la desinformación. Movimientos como el antivacunas han contribuido a la reaparición de enfermedades que ya estaban controladas. Y aunque existen debates legítimos. como ocurrió con la vacuna contra COVID-19, el esquema de vacunación tradicional cuenta con décadas de respaldo científico. Desacreditarlo sin fundamento tiene consecuencias reales que pueden llegar a ser fatales.
Salir de esta crisis requiere diagnósticos honestos. Quien está a cargo del sistema de salud público debe reconocer las fallas sin temor al costo político. Negarlas no las desaparece, al contrario, las profundiza.
Reconocer es el primer paso para corregir. Y corregir, en este caso, es una urgencia nacional.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
