Por Marco Campos Mena
Cerramos el año y el balance, por más que se intente maquillar, es difícil de defender. México llega al final de este ciclo con un estancamiento que ya no puede atribuirse a factores externos ni a coyunturas pasajeras. No hay crecimiento real, la inversión privada se retrae, la delincuencia permanece como una constante estructural y el ánimo social refleja algo más preocupante que el enojo: una resignación silenciosa ante la falta de soluciones de fondo.
La 4T repite de manera religiosa que el aumento al salario mínimo y en los programas de bienestar es prueba irrefutable de avance. Sin embargo, la realidad cotidiana desmiente el discurso. El desabasto de medicamentos sigue siendo una herida abierta; la canasta básica continúa encareciéndose; la inflación, aunque parcialmente contenida en listas de precios controlados y en puntos de venta específicos, se siente en absolutamente todos los frentes del consumo. Vivir cuesta más, y cuesta más para todos.
A esto se suman los aranceles que encarecen la importación de diversos productos, particularmente los de origen chino, lo que termina trasladándose al consumidor final y presionando aún más el costo de vida. No estamos ante la peor crisis de nuestra historia, pero tampoco ante una situación deseable o bien manejada. Lo más grave es que gran parte de este escenario no es consecuencia de choques externos inevitables, sino del resultado directo de decisiones tomadas desde la ideología y no desde la razón técnica, el análisis especializado o la evidencia económica.
El país arrastra, además, una herencia pesada. El sexenio anterior dejó una deuda monumental (una mega deuda) que hoy se ha convertido en un lastre operativo y político. El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta una carga que limita su margen de maniobra, mientras los casos de corrupción no solo persisten, sino que se han vuelto demasiado visibles como para ignorarlos. Todo ello deteriora la imagen del país y envía una señal clara y poco atractiva a quienes podrían invertir en México.
El próximo año, con reformas fiscales más agresivas orientadas a aumentar la recaudación, podría convertirse en un punto de quiebre. Existe la posibilidad real de corregir el rumbo, de generar crecimiento y de recomponer la confianza. Pero para ello se requiere algo que parece políticamente costoso: reconocer errores. Atender las causas raíz implicaría aceptar que muchas decisiones del sexenio anterior y de esta primera etapa de gobierno no solo fueron equivocadas, sino contraproducentes. Y eso choca frontalmente con una narrativa que no tolera el concepto de fracaso.
En el entorno internacional, el panorama tampoco es sencillo. La guerra entre Rusia y Ucrania sigue sin una salida clara, manteniendo volatilidad en precios estratégicos. Europa enfrenta brotes de la llamada supragripa AH3N2, que sin generar pánico como el covid, sí está impactando seriamente la salud de miles de personas. Y en América Latina, una eventual reconfiguración política en Venezuela podría alterar el mercado energético global. La entrada masiva de petróleo de alta calidad al mercado mundial presionaría los precios a la baja, lo que para México significaría un golpe directo a Pemex, una empresa ya financieramente comprometida, mal gestionada y convertida en un riesgo sistémico para las finanzas públicas.
Estamos en los últimos días del año, la actividad económica comienza a apagarse, llegan las fechas festivas y con ellas una pausa necesaria. Pero también es momento de mirar lo que sí tenemos. El mexicano ha demostrado, una y otra vez, una capacidad extraordinaria para resistir, adaptarse y salir adelante incluso cuando las decisiones de arriba complican el camino. Somos una sociedad trabajadora, creativa y resiliente.
Este cierre de año debería servir no solo para descansar, sino para replantear. Para reunir a la familia, para hablar de lo que viene, para prepararnos mental y estratégicamente para un año que será exigente. Aún quedan días para trabajar, para ordenar pendientes y para dejar bases firmes. El año termina; los problemas no. Pero la forma de enfrentarlos todavía está en nuestras manos.
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