ENRIQUE ABASOLO
Dejo al lector descansar por esta ocasión de las vicisitudes del acontecer nacional o, como le conocemos en el argot periodístico: “Las Locas, Locas Aventuras del Rayito Redentor de Macuspana”.
También por un momento, tomémonos una pausa de la catástrofe comarcana que cursa ahora su décimo sexto año consecutivo de moreirato. Como dice mi abnegada madre: ¡Sea por Dios y venga más!
En la contienda por el Oscar (sí, la preciada estatuilla otorgada por la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas) se encuentra nuevamente entre los favoritos de la categoría máxima nuestro compatriota, Guillermo del Toro, con su nueva apuesta “Nightmare Alley” o “El Callejón de las Almas Perdidas”.
Es precisamente ese tonto y enfebrecido orgullo nacionalista que provoca Del Toro, que a muchos compatriotas les resulta ya un tanto difícil apreciar su obra de manera objetiva y sin apasionamientos extra-artísticos.
Le seré muy honesto: “El Callejón…” de Del Toro no me gustó. Y antes de que clame por mi linchamiento público en el Zócalo capitalino por apátrida, déjeme al menos decir en mi favor que yo también soy un gran admirador de la obra del tapatío, quién ha hecho algo más que una carrera sólida. Realmente considero que Del Toro está forjando su propia leyenda dentro de Hollywood y en el Séptimo Arte en general. Pero por desgracia no conecté con ésta su última entrega.
Creo haber sido una de las poquísimas personas que, luego de ver la versión de Del Toro, se dio a la tarea de buscar la adaptación que en 1947 estelarizó Tyron Power, en el mismo papel que hoy encarna un Bradley Cooper hambriento de que lo reconozcan con un Oscar.
Créame, la versión dirigida por Edmund Goulding hace ya 75 años sale ganando, porque al argumento le viene perfecto la genuina atmósfera de ‘film noir’, misma que es muy difícil de reproducir de manera verosímil hoy en día (pongo por ejemplo exitoso “The Man Who Wasn’t There” de 2001 de los Hermanos Cohen).
Pero Del Toro está tan estilísticamente desbordado que, como otros directores de su categoría (Tim Burton, por decir algo) no puede ya contarnos una historia en términos económicos, sino que tiene que hacer un alarde visual en prácticamente cada plano.
A mí me llega a resultar un tanto abrumador el sumergirme en un mundo tan abigarrado cuando de lo que tratas de hablarme es de las truculencias más recónditas del alma.
Habrá a quienes les resulte afortunada esta combinación y está bien. Yo me quedo con ‘lo original’ y no con esta ‘deltoriana’ reinterpretación-reinvención del ‘noir’. Lo sostengo perfectamente conciente de que se me tildará de purista en el mejor de los casos, cuando no de ser un completo esnobista.
Por eso quiero recalcar que soy entusiasta de Del Toro y que busqué ver “El Callejón…” con la misma urgencia con que he buscado ver toda su producción y como he venido haciendo desde que vi “Cronos” (1993) siendo yo apenas un estudiante universitario.
El problema es que ya existe un culto alrededor de Del Toro (como lo hay con Burton y Wes Anderson) cuyos estrenos causan tanto furor entre sus fanáticos que ya difícilmente se distinguen sus obras maestras de sus entregas menos afortunadas y es necesaria la perspectiva del tiempo para saber cuáles serán definitivamente las obras trascendentes.
Este año Del Toro se enfrenta a colosos de la talla de Steven Spielberg, aunque éste hizo lo propio en el campo de los refritos con “Amor sin Barreras” (west = amor; side = sin; story = barreras) y se ve muy difícil que el reconocimiento llegue más allá de la nominación.
Hay que destacar que nuevamente (creo que por segundo año consecutivo) las nominaciones las acaparan las producciones para las plataformas digitales y no los viejos estudios del siglo pasado. Es decir, películas para pantallas domésticas y no estrictamente para ser estrenadas en cines.
Concretamente Netflix tiene dos favoritas contendiendo por el premio a Mejor Película: “No Miren Arriba” (“Don’t Look Up” de Adam McKay), una farsa socio-política que le viene como guante a los tiempos que vivimos, de pandemia y posverdad. Pero, aunque sirve de catarsis para muchas frustraciones del espectador promedio, el rigor de la crítica y su profundidad quedan a deber muchísimo, quedándose a nivel de ‘skitch’ de Saturday Night Live.
El otro as de Netflix y de hecho la peli con más nominaciones (un récord de 12) es “El Poder del Perro (“The Power of the Dog”) de Jane Campion, una de las consentidas de la Academia gracias a su clásico de 1993 “The Piano” (o, como se le conoce en España: “Las Flipantes Lecciones del Pianoforte de la Callada Holly Hunter”).
Ya en serio: “El Poder del Perro” toca un tema tan vigente sobre la masculinidad tóxica, que es difícil que no se lleve el reconocimiento como película del año, o el de Mejor Dirección, que es como estila ahora la Academia a dividir su predilección para así poderle hacerle el favor a dos pelis, aunque en lo personal me resulta absurdo que la Mejor Película no tenga al mejor realizador y viceversa.
Por allí está nominada también “Belfast”, de un muy querido y entrañable Kenneth Branagh, pero esta remembranza, añoranza, semi-autobiográfica, en blanco y negro, que lleva por título el lugar de origen donde el realizador pasó su infancia, resulta en su concepto sospechosamente parecida a la portentosa “Roma” de Cuarón de 2018. Aunque ya los críticos dejaron en claro que no es tan poderosa como la cinta del mexicano y alguno la calificó como una “Roma light”.
De las cintas nominadas, no me dio ya el tiempo-espacio para hablar de mi favorita. Si se portan bien y me dan la oportunidad de ver las pelis restantes, las comentamos aquí en una segunda entrega previa al Oscar 2022.
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