Editorial

RESPONSABILIDAD CIVIL


Por Horacio Cárdenas Zardoni


La publicidad es así, los vendedores son unos verdaderos artistas del convencimiento, y uno ¿qué le podemos decir?, tendemos a una credulidad que raya en la ingenuidad.


Se lo hemos escuchado a mucha gente ya mayor, que a su vez la aprendió de otros de generaciones anteriores, y que sigue usando la expresión por lo útil que continúa siendo: el fregado le va a todas. Y pues sí, si tenemos una necesidad, una complicación, un problema, sobre todo cuando la solución se va alargando en el tiempo, comienza uno a aceptar cuanta recomendación se nos haga, a ver si esta es la buena, la que funciona.


Así, nos untamos, nos bebemos, nos aromatizamos con una cantidad de cosas que, la mayoría de las ocasiones, afortunadamente resulta inocua, ni nos hace bien, ni nos hace mal, nomás nos mantiene con la esperanza de que sí está sirviendo. Es lo que le llaman el efecto placebo, que tanto ha sido usado por los comerciantes a lo largo de la historia, y si bien se le acusa en ocasiones de ser un fraude, la necesidad de creer rara vez se ve afectada.


Pero bueno, si esto ocurre con los dolores de espalda, de rodilla, con el insomnio, y con cuanto padecimiento pueda aquejar al ser humano, sí debería existir una diferencia en el comportamiento del hipocondriaco, y las instituciones, que se supone toman medidas para evitar caer en supercherías.


Le va a parecer raro, pero esta introducción es para comentar un asunto totalmente ajeno a los dolores que suelen acompañarnos a lo largo de nuestra vida. El año pasado, durante la administración como presidente municipal de José María Fraustro Siller, se contrató una empresa que prometió la mar y los pescaditos, una estrategia de lo más moderna para resolver el grave problema de tráfico en el bulevar Venustiano Carranza, a saber, la principal avenida de la ciudad de Saltillo, que por serlo, y por la escasez de otras vías de comunicación paralelas, se hallaba ya por entonces al borde del colapso.


Como si se tratara de un merolico de mercado, de un vendedor ambulante de aceite de serpiente, un comerciante de productos milagro para adelgazar, se dejaron envolver por los representantes de una empresa que, a no dudarlo, tiene las mejores credenciales, pues tiene caso que el monopolio de la instalación de semáforos en todo el país, de los semáforos y los sistemas que los hacen funcionar, se supone que adecuadamente, y al parecer, también las estructuras en las que se montan, total que el negocio redondo, si pensamos que también tienen una ‘línea’ de balisamiento.


Lo comentamos varias ocasiones a lo largo del año pasado, pues el proceso de renovación de los semáforos antiguos, por unos que se publicitaron como semáforos inteligentes, fue bastante tardado, la empresa Semáforos de México estaba enfrentando un problema mayúsculo con la vialidad de bulevar Carranza en Saltillo. los semáforos ‘tontos’ que estaban instalados desde hace años, estaban al límite de su capacidad, realmente no sabríamos decir si estaban computarizados o si funcionaban electrónica o electromecánicamente, pero en su momento, fue lo más sofisticado que había en el país, y… los había vendido y colocado la misma compañía, claro, hace un par de década quizá.


Estando al límite, cualquier innovación debería contemplar alteraciones de meros segundos, para dar una fluidez mayor al tráfico de la avenida principal, sin crear un problema en las calles secundarias, a su vez, alimentadoras de aquella. Esa era la premisa, tan sencilla, tan clara, pero que al parecer no fue tomada en cuenta cuando sobre la mesa estaba un paquete de contratos por más de cincuenta y siete millones de pesos, quince de ellos destinados al asunto de la semaforización.


Y de que se los gastaron, se los gastaron. Cambiaron los tubos, cambiaron los semáforos, pusieron tres donde siempre había habido uno y era más que suficiente, cambiaron el cableado, total se fueron sobre el billete, pero lo que es ofrecer una solución mejor a lo que ya estaba, de eso nada, y casi podríamos decir que al contrario.


Oiga, eso de cancelar, como parte más relevante del proyecto, el acceso de la lateral de Carranza a la altura de la calle Canadá, con lo que de hecho dejaban aislada a la colonia Virreyes, fue una decisión que raya en la torpeza y el absurdo, y el ayuntamiento, en vez de decirles búscale por otro lado, se los permitió, y hasta puso policías para que a nadie se le ocurriera contravenir la lógica y las disposiciones de la empresita. Eso fue un error monumental, pero no fue el peor.


El peor fue la dizque solución que plantearon para el cruce entre Carranza y Periférico Echeverría, restringiendo a lo mínimo el tiempo para dar vuelta a la izquierda, esto para ambos sentidos, norte a sur y sur a norte, y el de las laterales. Claro, lo que importaba era el tráfico principal, y a los que quieren entrar, salir o cruzar, que se los lleve Pifas. El colmo fue que la vuelta hacia el poniente, que normalmente se tardaba una sola luz roja para desahogar el tráfico, llegó a tardar quince minutos… llegar hasta el Tecnológico de Saltillo la fila, creando un cuello de botella que antes no existía, y del otro lado igual, con el agravante de que, siendo inteligente, olímpicamente suspendía las vueltas en la noche… y aviéntese el que sea valiente, si choca, su bronca.


El trabajo fue pésimo, no hablo de los fierros, que allí están, sino del sistema, que de inteligente no tiene nada, ni generativo, ni adaptativo, ni nada que lo parezca. La solución esperada, no lo fue. Ahora que se habla de echar para atrás el sistema, para dejarlo como estaba… nosotros preguntamos ¿y la garantía, y la devolución del dinero?, porque se gastaron millones, 57 o más, en algo que no solo no mejoró, sino empeoró el tráfico. ¿y?, ¿los vendedores de producto milagro se van con lo que nos engañaron a los saltillenses?, mire nomás, que buena gente somos, engañados y apechugando ¿o no?


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