Sergio A. Bárcena
Desde los relatos mitológicos más arcaicos de Occidente hasta las teorías modernas de la psicología, la figura del padre ha sido un pilar de autoridad, protección y, en muchos casos, un símbolo de refugio en momentos de crisis. El Zeus griego (o Saturno para los romanos) es el gran padre que jamás dejará sus vicios: devora a sus hijos, viola a quien desea y sigue siendo el padre. Una autoridad incuestionable que actúa por encima de cualquier convención moral.
En el psicoanálisis, el padre es la personificación del deber, el guardián del orden que, con mano firme, impone límites y guía destinos; es el superyó encarnado, quien dice qué hacer y cómo hacerlo.
La figura del padre ha sido una constante en la historia de México, no solo como símbolo de autoridad, sino como el símbolo que orienta y del que, simultáneamente dependemos. Nuestro primer padre (Hidalgo) encendió la llama de la independencia para liberar a una patria adormecida. Juárez (el padre del Estado laico) cimentó las bases de la república moderna. Madero (el padre de la Revolución) se levantó contra una dictadura que asfixiaba al pueblo. Nuestro “Tata” nos devolvió la tierra y el petróleo, fortaleciendo la soberanía nacional. Es tal su presencia entre nosotros que, durante casi dos siglos, fueron ellos los mencionados en el Grito de Independencia, hasta que, en 2019, por primera vez, se incluyó a las madres.
En la más reñida votación plenaria de la era contemporánea del Senado mexicano (la referente a la reforma al poder judicial) fueron dos padres los que, simbólica y prácticamente, inclinaron la balanza para incidir en el destino de millones. Uno de ellos estuvo presente físicamente, representando a su hijo en un momento crítico, mientras que el otro, ausente por un deber familiar ineludible, terminó definiendo el resultado con su ausencia.
Con la mirada extraviada y las manos temblorosas, el exgobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yunes Linares, tomó la tribuna del Senado para defender el voto de su hijo, Miguel Ángel Yunes Márquez. Asumiendo su papel en el legado familiar, el discurso del padre fue más que una declaración de postura: un escudo hoplita levantado para resguardar a su vástago de las presiones políticas; un gesto de protección que reflejaba cómo, en momentos decisivos, los padres aún guían el curso de la política mexicana.
El senador Daniel Barreda, de Movimiento Ciudadano, se ausentó del recinto pues su padre, coincidentemente detenido por el sistema judicial que se va a reformar, lo necesitaba en Campeche como apoyo moral ante una detención de la que poco se supo. El hijo no podía anteponer su deber con la Patria por encima de su deber. Porque al padre se le debe todo; al elector y a la nación, nada.
Al final, la reforma judicial se aprobó por un margen mínimo de votación que marcará las vidas de generaciones. Dos votos que nos recuerdan que la presencia del padre en la política mexicana persiste y se siente en decisiones que no solo modifican el sistema judicial, sino que se establecen como hitos que definirán el rumbo de la justicia y la democracia en este país.
Los Yunes, Beltrones, Cárdenas, Alemán, Hank, Murat, Madrazo, Del Mazo, Gamboa (y muchos más) han moldeado el destino político de México durante al menos dos generaciones. Pero no es desde los escaños de Xicoténcatl donde gobiernan estos padres, sino desde nuestra conciencia común arraigada en una narrativa que ya hemos aprendido y que es más cercana a las monarquías hereditarias que a la democracia que idealizamos. La sombra del “padre protector” sigue posada sobre todos nosotros, y nadie logre emanciparse.
Por desgracia, buena parte del poder político en México se transmite de generación en generación siguiendo el curso de apellidos que sellan destinos y perpetúan linajes. Lejos de quedarse en los relatos históricos o mitológicos, este arquetipo del padre sigue arraigado en nuestra cultura política. No es casualidad que la democracia en México se siga ejerciendo en el nombre del padre.
* Sergio A. Bárcena es doctor en Ciencia Política por la UNAM. Actualmente profesor investigador de la escuela de humanidades del Tecnológico de Monterrey y director de la asociación civil Buró Parlamentario.
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ESCRIBEN EN NOMBRE DEL PADRE UNA CUARTILLA DE SUJETOS QUE SON NI MAS NI MENOS » A M A T R I 2 » ( Recordar que apatridas son los que no tienen patria )
P.S. Ha muerto la democracia y en su lugar la tiranía.