Por Marco Campos Mena
En días pasados, y tras el notorio resquebrajamiento de la alianza entre morena, el PT y el PVEM, mucho se especuló sobre el tipo de reforma electoral que se tiene que hacer, y para muchos, les hace sentido lo que propone superficialmente la presidente de México, Claudia Sheinbaum.
Ante todo, hay que aclarar el por qué de las cosas y sobre todo lo superficial de la propuesta que se tiene sobre la mesa y que ha causado tanta controversia y revuelo:
¿Quién no va a estar de acuerdo con reducir privilegios, sueldos y tiempos al aire? La verdad, es que solo se necesita un poco de resentimiento o envidia para aplaudir ciegamente la reforma ante un mensaje tan prometedor de ahorro y caída de aquellos que han llegado lejos en su carrera dentro del sistema electoral.
Para el ciudadano promedio que desconoce sobre los temas de carrera judicial, y electoral, así como de requerimientos de conocimiento técnico jurídico especializado, un sueldo alto puede parecer totalmente injustificado, no dimensionan la gran responsabilidad que conlleva y el impacto de no saber ejercer ese puesto.
Las consecuencias las vivimos todos los días, tristemente, y siguen incrementándose cada vez más los problemas que ocasiona tener personal no capacitado o incompetente para los puestos básicos y de altos mandos.
La respuesta al titular de este artículo, es tan simple como compleja…
Hay que considerar que efectivamente el país necesita una reforma electoral para compensar el amañamiento de la reforma implementada por López Obrador en su sexenio y blindar el sistema en contra de todas las malas prácticas que sabemos que tienen y que, como un terrible retroceso, intentan normalizar como en la vieja política hegemónica.
Si el mismo PT se los dijo, es por algo, y la reforma aprobada en el plan B es algo parecido, pero manteniendo los intereses de ese partido cubiertos. ¿Será que los cabilderos ya les llegaron con las maletas y portafolios llenos de dinero para que formen parte de ese plan?
La reforma que necesitamos dista mucho de todo lo que se está planteando desde el oficialismo y si algo nos queda claro, es que para tener un piso parejo para que funcione la democracia, el sistema se tiene que modificar a tal punto que se vuelva equitativo pero impopular porque ya no podrían decir “mi ignorancia vale tanto como tu inteligencia”.
Lo primero que tendríamos que poner en la reforma es que las personas que reciben un apoyo, beca o tarjera de beneficios, no puedan votar hasta que dejen de recibirlo. Esto es una descarada compra de votos utilizando los recursos del Estado.
Hay antecedentes que han comprobado que es un mecanismo que funciona, y sin duda en nuestro país sería el inicio del desmantelamiento de los grandes grupos de gestores que van por todos lados afiliando sin consentimiento y haciendo que voten en un sentido.
La democracia nos llevó a tener un presidente lleno de ocurrencias que nos ha salido exageradamente caro, tanto en dinero como en nuestra tranquilidad, y, aún así, hay quienes lo respaldan y defienden a muerte, y todo porque supo capitalizar el rencor y la ignorancia de quienes se dejaron llevar por una falsa esperanza.
Ahora tenemos el tema del financiamiento, mismo que se tiene que bloquear de alguna manera el ingreso y como alimenta a la distancia.
Ya sabemos que dinero ilícito siempre llega a las campañas de alguna manera y este año no será la excepción.
Sin embargo, si de algo podemos estar seguros es de que recortar el presupuesto de los órganos electorales los va a debilitar lo suficiente como para no percatarse de todas las trampas que podrán hacer para mantenerse en el poder.
Incluso, asignar sueldos bajos hará que los verdaderos expertos neutrales busquen otras oportunidades laborales que reconozcan su trayectoria, estudio y capacidad de manera correcta, dejando solamente a los menos preparados o más necesitados que estarán dispuestos a torcer la ley para beneficiar al partido oficialista.
La reforma debe ir encaminada a garantizar que no solo se elija un líder por voto, sino que debería presentar un examen previo para ver si son competentes para el puesto al que aspiran… y me atrevo a decir que la mayoría lo reprobarían.
Nuestras reformas deben tener un camino fuerte, encaminada a que podamos tener al mejor político, no a un señor populista.
Mucho se va a insistir sobre esa manera de hacer política y se van a atacar tanto como se pueda en mesas de debate, foros y en cada espacio donde se pueda hablar, pero hay que tener presente que todo esto es lo más normal cuando las fuerzas se enfrentan y más cuando quienes carecen de argumentos, alzan la voz para tratar de ahogar la verdad en un grito sin sentido.
La reforma electoral que necesitamos debe encaminarse a incentivar la participación, pero también el voto informado y restringir los derechos electorales de personas que pueden encontrarse en situaciones vulnerables y cuya voluntad puede ser comprada con tan poco.
Es tiempo de fortalecer a quienes hace posible que sigamos siendo un país democrático, es tiempo de reencausar el rumbo del país y dejar de lado los conflictos para poder avanzar ante las amenazas externas y la adversidad que se ve venir, pero sobre todo, para hacer frente a quienes se han dedicado a destruir todo por lo que se ha derramado tanta sangre y perdido tantas vidas… México debe volver a ser un país de instituciones fuertes que sean capaces de contener el poder y ser un contrapeso.
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Me resulta verdaderamente repugnante el leer que México necesita regresar a la democracia con los contrapesos del poder judicial, primeramente nunca había habido verdadera democracia, las decisiones se tomaban sin tomar en cuenta al pueblo, recuerden la supuesta estatización de los bancos que nos llevó al mayor robo del FOBAPROA, estas decisiones fueron tomadas de los presidentes en turno; por otro lado, los reiterados gritos de l contrapeso del poder judicial, es la mentira más escandalosa de a oposición, nunca ha habido justicia en el país, la liberación reiterada y sistemática de los miembros de los cárteles de la droga, así como de secuestradores y asesinos, así como los delincuentes de cuello blanco nunca han sido contrapeso del poder ejecutivo.