Por Enrique Abasolo
El deceso de la Monarca Británica sirvió como cualquier otro acontecimiento para sacar a relucir lo peor de cada una de las partes en pugna de la polarizada sociedad en que nos hemos convertido.
Por un lado, el insufrible (por no decir inmamable) postureo de quienes le lloran a “Isabel II” como si de verdad pertenecieran al Imperio o peor, como Martha Debayle, a la Casa Real.
Debayle literalmente “se quebró” en una transmisión en vivo comentando el fallecimiento de la Reina y es que su hija “decía que era su abuelita”. Y cerró su comentario con la consigna imperial: “God save the Queen!”.
Aunque la comunicadora ha hecho del elitismo su sello y marca personal, llegando a parodiarse a sí misma, su emotividad durante la transmisión se siente auténtica, por lo que no es difícil suponer que, en su fuero interno, realmente falleció su soberana.
Y así como la Debayle, muchos mexicanos con ínfulas se vieron compelidos a hacer patente su aflicción y a expresar sus condolencias para dejar en claro que sus aspiraciones y vida interior están más allá de las fronteras, geográficas, culturales, económicas y desde luego étnicas de México.
Mire que la muerte de una líder de su edad y -más importante aún- de sus años como monarca, ameritan todos los comentarios, reflexiones y análisis que pueda despertar y provocar. Como que le tocó trabajar junto con Churchill para afrontar la amenaza nazi, ver el inicio y el final de la Guerra Fría, el alunizaje, la revolución digital, animar a su pueblo durante la pandemia de covid 19 y ver campeón al Atlas de Guadalajara.
No le voy a regatear ningún peso histórico a uno de los reinados más largos que ha conocido la humanidad (de hecho, el segundo más prolongado de la Historia, superado sólo por el de Luis XIV de Francia).
Así que sería absurdo querer ser indiferente ante la partida de una figura política cuya mera longevidad y permanencia le vuelven quizás el personaje clave del siglo 20. Y Encuentro muy saludable que el mundo de rienda suelta a lo que tenga qué decir y opinar al respecto, así sean memes comparándola con Chabelo.
Pero de ello a expresar un duelo que les corresponde únicamente a sus súbditos (y eso, sólo a aquellos que aún reverencian a la realeza), expresar pena o declararse embargado por una especie de luto. ¡Por favor! ¡Respétense un tantito!
Pero, en el extremo opuesto del pensamiento más fanático y alienado, el ala más radical de una izquierda que casi coquetea con el anarquismo, están los que encontraron en el fallecimiento de Isabel II la excusa perfecta para gritar todos sus complejos ideológicos y plañir por el dolor de los pueblos sometidos por el brutal colonialismo; dolor que por supuesto es tan legítimamente suyo como el que sienten los súbditos mexicanos o brit-xicans (Debayle incluida) por el deceso de su Reina.
Provocan el mismo repelús los afligidos por la muerte de Isabel II que los que aprovecharon el “tren” para clamar por la abolición de las monarquías, como si en verdad le afectase en algo el que al otro lado del Atlántico exista un archipiélago cuyo régimen es una monarquía parlamentaria, en la que de hecho la jefatura del Gobierno la ejerce un Primer Ministro.
-M’ijo, tú vives en una democracia desde que naciste y nunca vas a votar, pero ahí andas clamando en redes que “¡muera la monarquía!” ¡Ten tantita jefita, por favor!
Heredera en efecto de la corona que llegó a dominar un tercio del planeta, con territorios en cada continente (en cierto momento de la historia, literalmente, el sol nunca se ocultaba para el Imperio Británico), Isabel II es la excusa para que muchos resabios alimetados por el discurso nacionalista de nuestro presidente, se expresen en forma de comentarios bastante desatinados.
Hay quienes rechazan la idea de la monarquía por antidemocrática (como si no supieran que es al día de hoy una cuestión más identitaria y diplomática que con facultades reales). No obstante, ignoran que pese a llevar a cuestas ese lastre de la realeza, la vida pública y política británica es mucho más madura y transparente que la nuestra. Y su realeza, que sirve como elemento de cohesión para su gente (y que hoy en día está llamada a rendir cuentas de su gasto y comportamiento como prácticamente cualquier institución pública), no es ni más derrochadora ni más extravagante, ni más absurda ni más inverosímil que nuestra clase política mexicana, incluyendo al segmento que se asume de izquierda y por ello se dice redentora del pueblo, al que, sin embargo, no dejan de tratar como súbditos, en una relación de monarcas a vasallos.
Como se dice: ¡En fin, la hipocresía!
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