Por Horacio Cárdenas Zardoni
Los presupuestos públicos, si nos atenemos a la definición teórica, son las estimaciones de lo que una entidad gubernamental pretende gastar para la realización de una actividad u obra determinada. Formular un presupuesto no es cosa de improvisación, se supone que quienes los preparan tienen pleno conocimiento de los costos actuales de los trabajos a realizar, pero no solo eso, disponen de los elementos de información, del comportamiento en el futuro próximo de los precios de todos los insumos que se estarán necesitando, más los incrementos naturales y no tan naturales, y ya con todos esos elementos en la mano, se pone en papel, para someterlo a su aprobación por quienes sea que tienen ese trabajo.
Eso es lo que dice la teoría, acá en México tenemos una práctica muy distante de lo que dicen los que saben, que debería ser la formulación de presupuestos. Por principio de cuentas, por falta de tiempo, de personal o simplemente de ganas, lo que se suele hacer es tomar el presupuesto de años anteriores, aplicarles una tabla en que se contemple el aumento de la inflación, y si andamos de austeros, ni eso, se va igual que como las veces anteriores. Ah, pero eso es en el nivel de preparación, en el de autorización las cosas no son mejores ¿de veras alguien espera que los diputados de la comisión de presupuesto y cuenta pública de la cámara, revisen partida por partida el presupuesto de cada año, comparándola con la de años anteriores y cotejándola con los objetivos que se tienen, en comparación también con los logrados en el período anterior?, ¿y que ese chambal lo hagan en un mes?, pues por supuesto que no, así como llega el presupuesto, los diputados oficialistas lo pasan “sin cambiarle una coma”, y los de oposición, esos sí se clavan a ver a qué cosa le quitaron dinero, para obvio, oponerse, y hacer como que presentan su propia versión de lo que debería ser el presupuesto.
Así es como más o menos funcionan las cosas en torno al presupuesto de egresos de la federación, el cual se vincula como si fuera el más elemental libro contable, con los ingresos que se proponen y se autorizan en la ley de ingresos, los impuestos que se cobran. Un debe y un haber, parejito, ni más acá ni menos allá, con un equilibrio al centavo.
¿Quién fue el que inventó que se podía tener un déficit en el presupuesto?, no lo sabemos, pero debió ser mexicano, de esos que siempre han tenido como divisa: el que hace la ley hace la trampa. Si existe la máxima de que lo que sale debe ser exactamente igual que lo que entra, pues se inventó la trampa del déficit, el cual definitivamente no es para todos, es para aquellos que pueden brincarse las leyes como si las leyes no existieran, y no hay que ir demasiado lejos para encontrar quien o quienes son los únicos que se pueden dar ese lujo, acertó, los integrantes del gobierno.
La semana pasada se discutió el presupuesto de egresos de la federación para el año 2023, respecto del cual la bancada de MORENA en la cámara de diputados tenía la consigna presidencial, de no cambiarle ni una coma. De que si cumplieron con lo que se les ordenó, o no, será cosa de ver qué tratamiento les da el presidente Andrés Manuel López Obrador a sus empleados, los legisladores morenistas, y sus becarios, los diputados de los otros partidos políticos que se dicen integrantes de la cuarta transformación, cuando no como el diputado Fernández Noroña, quien se autodenomina como el auténtico y único heredero de la 4T, sucesor natural del actual mandatario.
La vez pasada luego de lograr la aprobación del presupuesto, los diputados morenistas y sus alelotes fueron invitados a un desayuno con el presidente, quien cumplidamente les agradeció el haber hecho caso a sus recomendaciones, además de que López Obrador estaba contentísimo ya que desde la tribuna del congreso de la unión, que ya no merece ser escrito con mayúsculas, le cantaron las mañanitas, y lo dijeron con todas sus letras, el presupuesto era su regalo de cumpleaños.
Aparte de estos disparates y despropósitos, nos enteramos que la oposición, y también MORENA haciéndose como que juega a la división de poderes, hicieron dos mil trescientas y tantas observaciones al proyecto de presupuesto, algo que suele ocurrir con frecuencia, a lo mejor no en la cantidad, sino en el hecho: se vería mal que el poder legislativo no comentara nada del presupuesto, lo que equivaldría a decir que lo que les envía el ejecutivo es perfecto, así que cada quien se pone a buscarle errores, omisiones, lo que sea al texto.
Si dividimos dos mil cuatrocientas reservas entre quinientos diputados de todos los partidos, esto nos da a que cada legislador tuvo que echarse un clavado para encontrar entre 4 y cinco cosas que objetar. Entre ellas estaría que redujeron el presupuesto para la compra de vacunas del cuadro básico, que no hay partida para los medicamentos contra el cáncer, como que para Coahuila no hay dinero para la continuación de las obras carreteras pendientes, la de Saltillo Zacatecas y la Múzquiz Ojinaga, lo del tren suburbano para la región sureste, por mencionar solo algunas de las omisiones que, claro, no fueron tenidas en cuenta ni por quienes formularon el proyecto de presupuesto, ni por quienes deberían acordarse de que representan un distrito electoral en el estado, y que debieron presionar para su inclusión.
En cambio se fueron por lo ornamental, calificativo que no sabemos a quien se le ocurrió, pero que debería incluirse en el diccionario de términos gubernamentales mexicano, pues no tienen el objeto de cambiar nada de fondo, sino solamente algún detalle nimio de ortografía, redacción o sintaxis. Que si tal palabra debería ir con mayúscula, que si tal otra debería ser usada en lenguaje inclusivo, así una más otra más otra, hasta llegar a las citadas 2,400 en números cerrados.
No sabemos si los diputados consideran que con sandeces como esas creen que ya convencieron al pueblo de que defienden sus intereses. Es un asunto de cara frente a los electores, a la gente de sus respectivos distritos de que sí trabajan, de que se le ponen al tu por tu al presidente y los integrantes de su gabinete, cuando que solo se pliegan a lo que les ordenan, so pena de dejar de ser considerados fieles servidores de la cuarta transformación, a los que no se les debe confiar otro puesto más, cuando acaben de diputados.
Así las cosas, así las comas, el de 2023 pinta para ser un presupuesto de miseria para Coahuila y para todo México, sobre todo para aquellos que no disfrutamos de las obras faraónicas ni de las becas y pensiones que terminan empobreciéndonos a todos.
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