Por Horacio Cárdenas Zardoni
Hubo una racha, no hace demasiado tiempo, en que los helicópteros del gobierno de México se caían como si fueran gorriones en día de contingencia ambiental. En efecto, fuera que fueran helicópteros del Ejército, de la Marina, de los asignados a la presidencia de la república, las aeronaves sufrían una cantidad de accidentes totalmente fuera de proporción, aun para este tipo de aparatos, que por lo general, son considerados menos inseguros que los de ala fija.
Baste recordar que en un helicopterazo falleció uno que era secretario de seguridad pública, en tiempos de Vicente Fox Quesada, luego otro alto funcionario, ya en el sexenio de Felipe Calderón, también murió en otro accidente, en una nave que estaba programada para que la usara el mismísimo presidente al día siguiente, o algo así se dijo en el momento. El año pasado, si no recordamos mal, cayó un helicóptero de la Marina al que, no lo va a creer, se le acabó el combustible en pleno vuelo sobre el estado de Guanajuato, bueno ¿y qué decir del otro helicopterazo en que murió la gobernadora de Puebla Martha Erika Alonso y su esposo, el que había sido gobernador del mismo estado Rafael Moreno Valle?, e igual se los tumbaban a la Policía Federal, cuando existía esta, o se le caían a la Guardia Nacional cuando auxiliaba tras un huracán, o Rafael Caro Quintero los hacía volar por los aires para festejar su captura.
Los helicópteros en México son muy peligrosos, casi tanto como los camiones del transporte concesionado de pasajeros en la ciudad de Saltillo, y mire que eso es mucho decir.
Porque ¿cuántos helicópteros puede haber en el país? La verdad es que no son demasiados, ni los particulares, ni los de gobierno, incluyendo los que prestan servicios a la Comisión del Agua, a la Comisión Federal de Electricidad y a PEMEX, pues la proporción, siempre va a la baja, por efecto de los accidentes continuos, más o menos que como los camiones urbanos.
La diferencia es que un camión cuesta, así usado y baratón, un millón de pesos, y un helicóptero, esos pueden llegar a costar unos diez millones… pero de dólares, y se caen como moscas, y los otros se incendian solos, en plena calle y cargados de pasaje.
Hubo una época en que los helicópteros yonqueados, los de gobierno, los tenían allí nomás tirados, ni siquiera dentro de hangares, afuera a la intemperie, corrían la misma suerte que las aeronaves decomisadas a los narcotraficantes, defraudadores o políticos en desgracia, allí nomás, convirtiéndose en chatarra. Pero luego llegó la orden de rehabilitarlos, y ponerlos a volar, contra toda lógica y norma de seguridad, pues nomás les daban una mano de gato, y hete allí que sí, volaban hasta que dejaban de volar, porque les fallaba cualquier cosa, y en fallando, se caían.
Las malas lenguas conectadas a los peores cerebros decían que esto era para cobrar los seguros, si es que estaban pagadas las primas, o en su defecto, para deshacerse del inventario inútil, puede ser. ¿y creerá alguien que esto mismo pueda estar ocurriendo con los camiones que recorren las calles y avenidas de la capital de Coahuila, viajando en una nube de monóxido de carbono, bióxido de azufre y otras sustancias cancerígenas?, podemos sospechar que sí.
No lo sabemos de cierto, en cuanto que no estuvimos en ninguna reunión donde se decidió eso, o donde le dieron instrucciones a un mecánico de dejar floja una tuerca, una manguera u otra chafaldrana por el estilo, pero el hecho de que salgan a circular por la ruta, sin haber realizado una inspección mínima de lo que le puede fallar, es poco menos que criminal.
No nos lo platica nadie. La semana pasada que se quemó el enésimo camión del transporte urbano nos entró la duda de si de veras sería un nuevo caso, o los compañeros estaban refriteando una nota precedente, después de todo hubo un incidente similar no hace demasiadas semanas. Y pues no, se trataba de otro camión que por el estado en que quedó había que dar, felizmente para unos, infelizmente para otros, como pérdida total, pues se había quemado completamente.
La tendencia viene siendo a disminuir el número de rutas, y a disminuir igualmente el número de camiones en cada una de ellas ¿y cómo podría ser de otra manera, si los que había hace un año se han ido quemando, que es un accidente de mayores daños que un choque o un atropellamiento?
Nos sospechamos que los concesionarios ya no quieren queso, sino salir de la ratonera, y qué mejor manera de lograrlo que quedarse sin camiones… ya me estoy arrepintiendo de escribir esta columna, no se les vaya a ocurrir hacer volar los camiones, como si se tratara de helicópteros, si así lo hicieran, acabarían más rápido con su negocio y problema que ya no quieren, y saldrían con la frente en alto ¿qué servicio puede prestar quien ya no tiene camiones porque se le fueron quemando de a poco a poco, o no tanto?
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