Por Horacio Cárdenas Zardoni
Alguna vez leímos un libro bastante interesante, que trataba sobre las teorías de la casi extinción de los habitantes de la Isla de Pascua. La Isla se ha vuelto famosa a nivel mundial por ser uno de los sitios más alejados de cualquier parte, hasta para eso se juegan competencias, por lo demás difíciles en un mundo que es esférico, pero en este caso el punto se centra en la distancia de cualquier otra tierra habitada. También es famosa por hallarse allí los famosos Moai, monolitos gigantes con forma humana, que están colocados por decenas o por cientos, de frente al mar, con lo que despiertan múltiples explicaciones, la mayoría fantasiosas, de cuál pudiera ser la razón de tan extrañas construcciones, en una isla que por lo demás aparece prácticamente virgen de vida humana.
Y eso es lo extraño, que los monolitos debieron requerir de bastante trabajo humano, durante un largo período de tiempo, y de los creadores no queda prácticamente rastro. Una de las teorías es de que a la gente de la isla le entró una especie de furor por construir esas estatuas, lo que los hizo descuidar otras actividades económicas, entre ellas la producción de alimentos. Esto, complementado con que siendo tan grandes y pesadas, debieron requerir bastante esfuerzo para transportarlas de la cantera donde se cortaba la piedra y se hacía el tallado, hasta su destino final en la costa, para lo cual habrían talado la mayor parte de los árboles que hubiera en la isla, para usarlos como rodillos. Sin árboles, los pocos cultivos que había, habrían sido barridos por los fuertes vientos, y sin alimentos, los rapanui habrían fallecido de hambre, o en luchas por los escasos alimentos… así de catastrofistas son los explicadores de cosas. Quizá alguna vez sepamos qué fue lo que pasó con los habitantes de la Isla de Pascua en realidad, o quizá no.
Pero la historia que le platicamos nos sirve de pie para comentar sobre un asunto que ha estado en el escenario saltillense en los últimos días, en que ha llovido como no se recuerda en varias décadas, más por lo frecuente que por lo intenso, aunque ha habido algo de esto, pero no por lo generalizado, porque como ya dijimos alguna vez en son de mofa, la expresión chubascos aislados ha de haberse originado aquí, porque llueve, fuerte en una colonia, y en las de la derecha y la izquierda, no cae ni una triste gota, fenómeno que nos causa risa, cuando que debería preocuparnos, por la poca continuidad de la lluvia.
Nuestra tesis en este momento es que nos pasa lo mismo que a los rapanui, que son nuestras actitudes, nuestras conductas y nuestras prácticas, lo que ocasiona los problemas que enfrentamos. El tema ya lo hemos tocado en ocasiones anteriores, pero en otros sentidos, porque los tiene, pero nos concentramos en esta ocasión en el efecto que tienen los pisos de cemento, de concreto, de mosaico o hasta de mármol, en limitar o impedir completamente la absorción de agua en el suelo.
Todos los que pasamos por la primaria, estudiamos el ciclo del agua, pues sí, pero lo aprendimos como tantas cosas, como loros, sin encontrarle un sentido práctico. En específico nos interesa la parte donde el agua que llueve es absorbida por el suelo y va a dar a los mantos acuíferos, de donde luego se extrae para su uso mediante pozos. Para que el suelo pueda cumplir con esa parte, debe tener una permeabilidad, poca o mucha, pero lo que ha venido pasando en Saltillo durante varios siglos, es que se ha vuelto una tradición, un símbolo de status, una obligación, así se llega a entender, el que cada casa que se construye, tenga su piso de material, entendiendo por esto que se le ponga encima algo a la capa de tierra o vegetación que allí solía haber desde que el mundo es mundo, y hasta antes que nos entrara esa fiebre por encementar.
De veras, desde las casas más modestas de interés social hasta las más pomadosas, diseñadas estas por un arquitecto y paisajista, les gusta tener el suelo cubierto. Nos da la impresión de que el saltillense que construye una casa, siente que no está completa la obra hasta que no ve tapado el suelo, no de adentro, sino el de afuera. Lo vemos en las pocas casas que quedan de siglos pasados, lo vemos en los fraccionamientos nuevos, en las colonias y los barrios, todo está cubierto.
Esto se complementa con la obsesión tan saltillera de barrer los patios, embolsar la tierra y lo que haya, para que se lo lleve la basura, y por supuestísimo: lavar el cemento con manguera, otro de nuestros vicios suicidas.
No nos cabe en la cabeza que en un suelo sin cubrir, ocurren procesos naturales tan elementales como que, cuando llueve, el agua se absorbe por el suelo, en vez de correr hacia algún cauce, siguiendo las pendientes naturales o artificiales. Si cada patio, cada cochera en Saltillo, tuviera vegetación en vez de cemento, créame que buena parte del agua que ahorita va a estancarse a Colosio, Campanares, el Campestre, los mayorazgos y asentamientos así, simplemente no llegaría, se iría absorbiendo por los espacios dejados no para el efecto, sino porque así deberían ser y estar.
¿Cuánta agua puede absorber una franja de patio sin cubrir? Puede ser toda la que le cae, más la que pueda ir a dar allí desde las bajadas del agua de toda la casa, antes de saturarse y requerir drenaje a la red de la ciudad.
Allí puede ir todo el polvo y tierra que se barre, pueden ir los desechos orgánicos de la cocina, pueden ir los excrementos de las macotas, hasta el agua de trapear, pues. Es la naturaleza y está allí, abajo del concreto.
¿drenaje pluvial?, eso es para aventar el agua para más allá, y luego estarla añorando, quite su piso de cemento, y verá como el agua se desaparece sola, absorbida por el suelo, en un par de horas no queda más que el color de la tierra mojada y la hierba regada.
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