Por Enrique Abasolo
Vine a la CDMX porque me dijeron que acá tocaría mi padre, un tal Paul McCartney.
Ahora que Netflix puso de moda la que es quizás la frase más reconocible de la literatura mexicana, no iba yo a desaprovecharla para sintetizar mi experiencia en una sola oración demoledora.
Desde luego, que alguien asista a un espectáculo masivo poco puede tener de particular. Pero sucede que no asistí a una de las presentaciones del Beatle, sino a tres y me quedé con ganas de ir a la cuarta que ofrecería como cerrador del festival Corona Capital, pero, a diferencia del buen Macca, ya no me queda suficiente energía… ni dinero.
De manera que, como tengo una semana consagrado única y exclusivamente al liverpuliano, pues tampoco es como que tenga otra cosa en que reflexionar.
En realidad, estas tres presentaciones son para mí la séptima, octava y novena ocasión en que acudo a ver al artista más influyente del siglo 20.
No sé si lo he comentado antes, pero he tenido muchísima suerte en lo que a la música se refiere, pues he podido ver actuar en vivo a prácticamente todos los artistas que venero. Con excepción de aquellas estrellas del rock –y de la música popular en general– que ya se las cargó la calaca (por sobredosis de drogas o sobredosis de años).
Sería hasta petulante enlistar a todos los intérpretes cuyo talento he tenido la dicha y la fortuna de atestiguar, así que mejor me limito a contar a los que en lo personal siento que me faltan: tengo cita pendiente con Foo Fighters, The Who, Bronco y Roberto Carlos (por si me gusta invitar).
Al Divo de Juárez afortunadamente lo vi antes de que se nos adelantara también por una sobredosis (de comida china en su caso). Pero en lo referente a bandas y leyendas del rock, créame cuando le digo que mi currículum sería como para darle un poco de envidia al mismísimo Ed Sullivan… si viviera, claro.
De regreso con McCartney, no hay mucho que se pueda decir que no se haya dicho ya sobre él. Incluso, de cada presentación se escriben ríos de tinta, pues en cada rincón del planeta donde decide ofrecer alguno de sus maratónicos shows, significa un acontecimiento.
Si no me cree, pregúntele a los argentinos, cuyos youtubers y podcasteros ya dedicaron más análisis y reflexiones que a la unción de Bergoglio como jerarca católico.
Luego de sus actuaciones del año pasado en la Chilangópolis hoy CDMX, lo último que imaginaba era que fuera a regresar tan pronto a nuestro país y, siendo honesto, nunca creí que fuera a ofrecer un concierto en la capital regia… No por otra cosa, verdad, pero pues… Es que allí les gusta ver Multimedios y votan hasta a las botargas para puestos de elección (un saludo a Samuel).
Pero lo cierto es que, luego de contrastar la respuesta que Paul recibe en nuestras subdesarrolladas naciones (México, Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Costa Rica, Colombia) con la que le dan los abúlicos públicos angloparlantes, no me extraña ya tanto.
La concurrencia centro y sudamericana es masiva, atronadora, receptiva, entregada, fanática y paga con gotas de sangre, sudor y lágrimas por cada boleto.
Los gringos sólo asisten porque están aburridos y tienen los medios. Los iberoamericanos acudimos porque sencillamente amamos al buenazo del tío Paul.
En cada gira, el bajista más famoso y rico del mundo hace ajustes a su inmenso repertorio de éxitos, reviviendo alguna canción olvidada durante décadas; dejando descansar otras hasta nuevo aviso. No obstante, hay un paquete de éxitos que no es negociable, que debe tocarse sí o sí y que constituye quizás apenas una de las tres horas con las que hace valer cada centavo pagado.
Cuando le preguntaron si no era difícil tocar “Let It Be” por millonésima ocasión, Paul respondió que siempre habrá alguien que acude a verlo por primera y quizás única ocasión. Así que se lo debe a esa persona. Entonces -como nota personal agrego yo- la toca como si fuera nueva.
Importantes adiciones a su espectáculo en los últimos años son, desde luego, “Something”, desde la muerte de su compañero y “baby bro”, Harrison. Más recientemente, gracias a la tecnología desarrollada por Peter “el Señor de los Anillos” Jackson, para restaurar el metraje del documental “Get Back”, Paul puede materialmente “cantar en vivo” junto a John Lennon, como en los viejos tiempos, en “I Got a Feeling”.
Y apenas este año, sumó el último lanzamiento de The Beatles, creado a partir de una cinta “demo” de Lennon, limpiada con inteligencia artificial y completada con diferentes sesiones de los Beatles sobrevivientes.
No necesito decirle que en dichos momentos, la euforia invariablemente se convierte en llanto. Pero son lágrimas chidas, de las buenas, así que no hay problema.
Como sucede inevitablemente, después del medley “Golden Slumbers/The End”, uno no puede evitar preguntarse… ¿Lo volveremos a ver?
Recordemos que se trata de un hombre de 82 años, el que sin embargo no ha manifestado jamás el deseo de retirarse pues, según sus propias palabras: “¿Para qué? ¿Para irme a casa a mirar televisión? ¡No, gracias!”.
Entonces, abrigamos siempre la esperanza de que pueda volver a tocar un día para nosotros. Quién sabe… quizás el próximo año.
Aunque, dada la situación actual del País, es más probable que México se acabe antes que la férrea voluntad del artista para seguir haciendo giras y ofreciendo recitales. Es decir, si no regresa a nuestro cuatri transformado México, será con toda seguridad porque México ya no existe, a diferencia de Paul McCartney, que parece estar hecho de una fibra eterna.
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Nota brillante sobre Sir Paul McCartney lo echas a perder con tu comentario anti 4T. Saludos Abasolo