Por Horacio Cárdenas Zardoni
Cuenta la historia que por allá en enero de 1831, Green DeWitt, a la sazón colono de Gonzales, ubicada en Coahuila y Texas, escribió a Ramón Múzquiz, máxima autoridad mexicana en Bexar, la facilitara en préstamo armamento para la defensa de la pequeña colonia de los ataques de los indios y algunas gavillas de maleantes. Raro, por que sabemos que la burocracia nunca se ha caracterizado, ni entonces ni ahora, por acceder a las peticiones de los ciudadanos, y menos cuando se trata de cosas de armas que pudieran en algún mal momento, apuntarse en su contra, Múzquiz le autorizó la entrega de un cañón, un pequeño cañón de bronce, una culebrina, que fue entregada tres meses después, el 10 de marzo del mismo 1831.
Vino a resultar que cuando comenzaron a alborotarse los colonos, en lo que luego se llamó la revolución texana, las autoridades mexicanas pidieron primero de buena manera, y luego no tanto, que DeWitt devolviera el cañón, pues consideraron que les daba una ventaja a los sublevados contra el gobierno. Fue entonces que a alguien se le ocurrió la idea de en un pequeño lienzo, dibujar una viñeta del famoso cañón, y escribir las palabras Come and Get It, Vengan y tómenlo, e izarlo como bandera, en lo que es considerado uno de los actos de desafío más tempranos en lo que terminó por ser la pérdida para México del territorio de Texas, y Arizona, y Nuevo México y California.
Para el que sea curioso, todavía en El Álamo, en San Antonio, está, si no le original, una reproducción de la bandera con su grosero desafío al gobierno mexicano.
Esto como antecedente de un cierto roce burocrático que tiene ya sus buenos veinte años, y que entre cuatro presidentes de la República y cinco gobernadores del estado de Coahuila no han podido resolver, y es que ¿quién quiere darse de cañonazos entre el gobierno federal y el estatal, sobre todo si este, un poco con la experiencia del cañón, lleva las de ganar? Nos estamos refiriendo al asunto de la presa de gaviones construida por el gobierno de Coahuila durante el sexenio de Enrique Martínez y Martínez, en el municipio de Ramos Arizpe, por el rumbo de la carretera a Monclova.
¿En qué momento se le ocurrió a Enrique Martínez que podía desafiar las leyes federales e incluso los tratados internacionales, construyendo una presa?, sería interesante preguntárselo. Coahuila es uno de los estados de la república donde menos precipitación pluvial hay, para colmo, está prohibido realizar obras civiles que impidan el curso normal del agua, que debe fluir naturalmente como parte de la Cuenca del Rúo Bravo. Ahora sí, que nos toca ver el agua correr, sin embargo al entonces mandatario se le ocurrió que podía y debía construir una presa. Que tampoco es tan grande como se quisiera, almacena una cantidad relativamente pequeña de líquido, y de hecho cambia muy poco el hecho de que México sufra cada año para cumplir con la obligación de entregar una significativa cantidad de agua a los Estados Unidos dentro de la obligaciones del Tratado de Límites y Aguas de 1944, sin embargo y eso es lo importante, sienta precedente.
Enrique Martínez fue un mandatario autoritario, no demasiado diferente a sus predecesores o sucesores, pero con la importante diferencia de que fue el primero que no llegó del centro del país, su carrera política y su triunfo electoral, lo logró acá en Coahuila, lo cual le dio una autonomía de la que no habían gozado otros gobernadores. Incluso se las agenció para conseguir del gobierno federal le permitiera seleccionar quienes ocupaban las principales carteras de las delegaciones federales, y en las otras donde no había gente suya, se le trataba con suficiente respeto. Quizá en eso sustentó su decisión de construir la presa de Palo Blanco, esa que en su momento ninguna autoridad federal se atrevió a prohibir, impedir, bloquear, o cualquier otra acción en su mano. Nos atrevemos a sospechar que quizá hasta hubo alguna concesión de permiso verbal de quienes no se atrevieron a atajar al gobernador, y de allí se agarró este, pero esto es pura especulación de nuestra parte.
Desde el sexenio de Enrique Martínez y aun antes, se comenzó a manejar la idea de que para paliar las recurrentes sequías que asolan el norte del país, se debería aprovechar la orografía tan abrupta para construir sistemas de presas, que permitieran almacenar el agua de lluvia, tanto la que se detuviera en la superficie, y más importante, la que se filtrara en el suelo para recargar los mantos acuíferos. La de Palo Blanco era, digamos, el experimento de que esto era viable.
Como pocas obras, la de Palo Blanco ha sido criticada con argumentos supuesta o pretendidamente técnicos, de que es una obra mal realizada, además de inútil, una que no debió hacerse, pero que habiéndose hecho, debe ser derruida. Se ha dicho que es una amenaza al medio ambiente, que es peligrosa, que pudiera romperse, y cuantas cosas más, y pese a ello… allí sigue la mentada presa, prestando el servicio pasivo de almacenar agua y que poco a poco se filtre al subsuelo, pero además ha llegado a despertar cariño entre la población vecina, que hasta una asociación de defensores existe ahora
Incluso la federación ha ofrecido cálculos, de cuánto costaría la demolición de la presa Palo Blanco, y muy al estilo de quienes siempre han tenido la sartén por el mango, dicen que el costo deberá correr a cargo del gobierno del estado, pues fue este el que la construyó sin los permisos correspondientes, y aquí es donde regresamos a la anécdota inicial del cañoncito: ¿quieren la presa?, túmbenla ustedes, páguenla ustedes, entiéndanse ustedes con la gente, digo, algo hemos avanzado en 190 años, no vamos a apuntarles con unos fusiles Barret que no nos han entregado, tampoco vamos a apuntarles con un cañón, ni a dinamitar la presa para que las caigan las piedras y el agua se les venga encima, pero la esencia es la misma, ¿quieren la presa?, vengan por ella.
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