OTRO FOCO NOS ALUMBRARA    

Por Horacio Cárdenas Zardoni 

Confesamos, como si fuera culpa de alguna falta, que somos viejos. Tal vez no demasiado, pero en camino de serlo, pero al fin periodistas, tenemos una memoria que aunque ya comienza a fallar, todavía guarda una cantidad apabullante de datos inútiles, como este buscapiés que le vamos a tirar
Sin recurrir a la Internet ni a la inteligencia artificial con la que se lleva a pellizcos, ¿podría decirnos quien era Cufito?
¿Cufito?,  ¿le suena de algo o de plano no mueve ni la más lejana de sus memorias infantiles?, bueno, pues para no torturarlo demasiado, le vamos a decir que Cufito era un personaje, una caricatura que sirvió como mascota del Comité de Unificación de Frecuencia… Y la siguiente pregunta que vemos venir ¿qué cuernos es eso del comité de unificación de frecuencia?, ah pues ahora que los apagones están a peso, permítanos iluminarlo, el tal comité, que tenía el acrónimo de CUF, del que algún ingenioso caricaturista derivó el personaje de Cufito, fue una entidad pública con ramificaciones empresariales y sociales, a la que se le encomendó lo que su nombre decía, la unificación de frecuencias.
Podríamos decir que esas cosas solo pasan en México, y no estaríamos demasiado desencaminados. Sucede que cuando nuestro país entró en el proceso de electrificación, que consumió varias décadas del siglo pasado, por alguna razón y decisión inentendible, entonces y ahora, se hizo en dos frecuencias diferentes, en vez de en una sola.
Quizá fue cosa de los muy mexicanos cotos de poder, que en nuestro país se consideran intocables, yo no toco el tuyo, tu dejas en paz el mío, y así fue que medio país se electrificó usando una frecuencia de 50 Hertz, y la otra mitad con 60. Años después, décadas más bien, en que algún ingeniero con más visión de lo que debería ser un sistema eléctrico nacional, recomendó al presidente de la república, y este decidió respaldarlo, la unificación de las frecuencias a una sola, lo que los haría interconectables, que hasta entonces no lo eran y no podían serlo.
Estamos hablando del sexenio de Luis Echeverría Alvarez. Para entonces la Compañía de Luz y Fuerza del Centro tenía ya unos diez años que se había condenado a su liquidación para incorporarla a la Comisión Federal de Electricidad. El trámite duró todavía hasta el sexenio de Felipe Calderón… treinta años adicionales, le digo, rápidos no somos en este país.
Bueno, pues ponga que tuviera que ver, poco o mucho, el caso es que entre la unificación de frecuencia que buscaba lograr una eficiencia que el sector eléctrico no tenía, el país sufrió una de las peores épocas de apagones de su historia.
No hablamos de los accidentes que antes, entonces y ahora, ocurren todo el tiempo, sino a los apagones programados. Buena parte del territorio nacional, no nos atreveríamos a decir que todo, aunque es probable que sí, estuvo sujeto a cortes de luz programados, en un esquema que duró varios meses. La razón era simple, el sistema eléctrico nacional simple y llanamente carecía de capacidad para abastecer a todo el país de manera continua, sobre todo en las horas de mayor demanda, más o menos de las seis de la tarde y hasta las nueve de la noche. Así que ni modo, se pasó aviso de que de durante media hora, todas las tardes, de lunes a viernes, y allí sí no recordamos si también los sábados y domingos, se venía el apagón.
Nada de televisión, nada de radio, a menos que fuera de pilas y a la estación no le hubiera también tocado el apagón, quedaba todo a oscuras. Obvio no servía ni el refrigerador, ni la plancha, ni los pocos aparatos eléctricos que había en aquellos años, que por comparación, no eran tanto como los que son ahora, en que tantas cosas se conectan a la luz.
Los aparatos eran menos eficientes que los de ahora, se supone, por compensación, no había los monstruosos aparatos de aire acondicionado y calefacción que consumen una enormidad, cuando mucho la gente se quitaba el calor con un ventilador de piso o techo.
Tan mal llegó a estar la cosa, que el gobierno federal lanzó una campaña publicitaria que decía “apoya un poco, afloja un foco”, que en esencia recomendaba reducir el consumo, no precisamente para que no gastara usted su dinero, sino para que no presionara con su uso al sistema eléctrico nacional, y que así alcanzara para todos con algo más de facilidad.
Estamos hablando de hace cincuenta años. Durante algunos sexenios el gobierno se empeñó en alcanzar un nivel de producción de electricidad, que fuera suficiente para satisfacer las necesidades de toda la población y de la industria instalada en el país, además de considerar un crecimiento de la demanda esperada. Se hizo, se construyó algo de infraestructura, se programaron más obras, hidroeléctricas, termoeléctricas, carboeléctricas, toda la gama de posibilidades, y efectivamente, durante todos estos años no se repitieron los apagones programados, que tanto incomodaban a la gente y perjudicaban a las empresas.
Ernesto Zedillo hizo lo imposible, abrir a la inversión privada la producción de energía, Felipe Calderón tuvo la intención de construir cinco grandes plantas generadoras, mismas que terminó cancelando con el cuento de que no había demanda, cuando que lo que faltaba era dinero. Y de entonces para acá… hemos venido de más a menos.
Peña Nieto dejó en manos privadas los proyectos de generación de electricidad, esos que López Obrador decidió cancelar porque según, sangraban al país. ¿Dónde nos encontramos ahorita?, tristemente nos hallamos de regreso en los años setenta, con la amenaza de apagones porque el sistema eléctrico nacional carece de capacidad de absorber la demanda en todo el país. A diferencia de lo de entonces, los ingenieros hacían los cálculos necesarios para que por lo menos la gente supiera a qué hora le iban a cortar la luz, hoy ni eso, usamos la luz hasta que truene, y ya que tronó, a esperar que la vuelvan a conectar, claro en medio de enojos y groserías, sin pararnos a pensar que la culpa la tenemos nosotros, involuntaria, pero culpa al fin. Mientras más luz necesitemos y usemos, menos vamos a tener la seguridad de tenerla ¿Qué mundo nos tocó vivir, verdad?

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