Por Francisco de Jesús Niebla Vargas
Cuando alguien me dice “narrativa” casi siempre está pensando en propaganda. En el cuento que te echan para que te tragues algo que no es cierto. En el spin del político, en el slogan de campaña, en la versión oficial que todos saben que es mentira vestida de gala. Con esa historia a cuestas, es normal que desconfís de quien llega a hablarte de narrativas. Yo también desconfiaría.
Pero no estamos hablando de eso. Te pongo cuatro ejemplos sencillos. Un empresario lleva quince años diciéndose que su empresa funciona porque él está al frente. No lo decidió— simplemente ocurrió, y los hechos se lo fueron confirmando. Esa historia gobierna cada decisión que toma: a quién contrata, qué delega, cuándo puede irse de vacaciones. No es mentira. Es su narrativa. Y mientras no la vea, no puede cambiarla, aunque quiera.
Un estado como Coahuila lleva décadas narrándose como el que aguanta — sequías, crisis, presiones del norte y del centro — y convirtió esa permanencia en identidad.Tampoco es mentira. Pero esa historia tiene un costo que la historia misma impide ver. Un funcionario público que regresa de una campaña intensa se narra como el que salvó la situación. Esa narrativa le abre ciertas puertas y le cierra otras — sin que él se dé cuenta de cuáles.
Un candidato que se cuenta a sí mismo que el sistema está en su contra puede tener razón. O puede estar usando esa historia para no ver lo que sí depende de él. En los cuatro casos nadie fabricó nada. Nadie mintió. La narrativa no es el cuento que te echan — es el lente con el que ya estás viendo. El trabajo no es instalarte uno nuevo. Es mostrarte el que ya traes puesto para que decidas si te sirve o ya te quedó chico.
I
Conozco Coahuila desde adentro. No desde los libros ni desde los informes de gobierno — desde las conversaciones que ocurren antes de que se tomen las decisiones que luego aparecen en los periódicos. Desde esa posición aprendí algo que tardé años en poder nombrar con precisión: los estados, como las personas, se cuentan una historia sobre sí mismos. Y esa historia determina todo lo que sigue.
La historia que Coahuila se ha contado durante décadas es la del centinela sin relevo. Un estado que aprendió a mantenerse en su puesto bajo cualquier condición — sequías, crisis económicas, convulsiones políticas, presiones del norte y del centro — y que convirtió esa permanencia en identidad. Aquí se aguanta. Aquí se cumple. Aquí no se abandona la guardia, aunque nadie venga a relevar.
Esa narrativa no es falsa. Está construida sobre hechos reales, sobre generaciones de coahuilenses que sostuvieron instituciones cuando el entorno las ponía a prueba. El problema no es que sea mentira. El problema es que ya cumplió su ciclo — y seguir habitándola hoy tiene un costo que la narrativa misma impide ver.
II
Durante cincuenta años observé cómo las narrativas más peligrosas no son las falsas — son las que fueron verdaderas demasiado tiempo. El centinela que nunca fue relevado desarrolló una certeza profunda: su valor está en resistir. Y cuando esa certeza se instala en el tejido institucional de un estado, produce algo que desde adentro es invisible: convierte la guardia permanente en el único modo de existir. El mundo que justificaba esa narrativa ya no existe. La volatilidad global no premia el aguante — lo castiga.
Un sistema financiero como el mundial, con deuda que triplica la producción global no necesita centinelas leales; necesita constructores que lean el desorden antes de que llegue y diseñen estructuras que se fortalezcan con él. La resiliencia — aguantar el golpe y volver al mismo punto — es hoy una estrategia de supervivencia mínima, no de liderazgo.
Lo que fue virtud se convirtió en techo. No por negligencia ni por falta de talento — Coahuila tiene talento de sobra. Sino porque la narrativa del centinela no incluye en su campo visual las oportunidades que no tienen forma de amenaza. El centinela sabe detectar el peligro. No sabe, porque nunca lo necesitó, detectar el momento en que la guardia misma se convierte en la jaula.
El precio de esa jaula se mide en dos columnas: desarrollo y democracia. En desarrollo, una entidad que se narra desde la resistencia tiende a administrar lo que tiene en lugar de multiplicarlo — atrae inversión defensiva, no transformadora, y forma liderazgos capaces de sostener el orden, pero no de imaginar el siguiente nivel. En democracia, el centinela permanente produce una cultura política donde la lealtad al puesto vale más que la renovación de las ideas — donde el relevo se percibe como riesgo en lugar de como oxígeno. Décadas de esa ecuación generan instituciones sólidas en la forma y rígidas en el fondo: capaces de sobrevivir, incapaces de evolucionar.
Ese es el diagnóstico. No es una crítica — es el reconocimiento de que toda narrativa útil tiene fecha de vencimiento. Y la de Coahuila venció.
III
La narrativa nueva dice esto: Coahuila deja de ser el estado que aguanta y se convierte en el estado que diseña.
No el centinela que espera el relevo — el constructor que erige el sistema que hace innecesario esperar. La diferencia no es cosmética. Un centinela reacciona; un constructor anticipa. Un centinela defiende lo que existe; un constructor configura lo que viene. Un centinela necesita que alguien le diga cuándo termina su turno; un constructor define las reglas del turno.
Eso es la antifragilidad aplicada a un estado: no el blindaje contra el desorden, sino la capacidad de alimentarse de él. Coahuila tiene las condiciones para ese salto — geografía estratégica, frontera con la economía más grande del mundo, historia institucional que es en sí misma un argumento de confianza. Lo que falta no es el recurso. Es el guion desde el cual operarlo.
La soberanía narrativa es exactamente eso: la decisión de escribir ese guion desde adentro, antes de que el entorno lo escriba desde afuera. Coahuila tiene todo para ser protagonista de su propio relato. La pregunta no es si puede — es si decide.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
