Por Marco Campos Mena
Estamos a solo unos días de que comience el Mundial de Fútbol que marcará historia por su dimensión inédita: tres países, una sola copa. Un torneo proyectado desde hace ocho años, tiempo más que suficiente para haber posicionado a México en un nivel de excelencia. Sin embargo, lo que hemos visto tanto en el sexenio anterior como en el actual ha sido, con tristeza, un deterioro sostenido. La falta de planeación, la improvisación y la corrupción se han convertido en el sello distintivo de la organización del Mundial en México.
Mucho de lo que se prometió simplemente no se cumplió. Muchas inversiones que se pactaron se evaporaron, pero donde el rezago resulta más vergonzoso es en las obras de infraestructura proyectadas para este evento: a escasos días del arranque, no están terminadas, y lo que se alcanza a ver fue construido con prisa y con calidad cuestionable.
Ante esto nos preguntamos: ¿qué imagen turística le vamos a dar al mundo?
Hay que recordar que México fue durante décadas uno de los destinos turísticos más atractivos del planeta. Su presencia en ferias y exposiciones internacionales era reconocida como la mejor a nivel mundial. Lamentablemente, en el sexenio anterior esa promoción desapareció, y desde entonces el turismo a nivel nacional ha ido a la baja, golpeado tanto por la ausencia de incentivos federales como por la inseguridad y el abandono institucional.
El Mundial es más que un evento deportivo, es una ventana económica de enorme trascendencia para México. Si lo aprovechamos bien, vendrán inversiones, crecerá la confianza y el país podrá mostrarse ante el mundo como lo que puede ser. Pero si lo que están viendo los visitantes y los inversionistas es desorden, obras inconclusas e inestabilidad social, el mensaje será el opuesto: México no es un lugar seguro para invertir y la consecuencia directa es la fuga de capitales, la contracción económica y empleos perdidos. Habrá muchas familias afectadas.
Lo que agrava el panorama es que buena parte de la crisis que se está viviendo fue orquestada por el propio gobierno federal. Fueron ellos quienes le dieron poder e impunidad a la CNTE (la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación) y hoy esa decisión les está cobrando la factura. Las manifestaciones que se están gestando en plena víspera del Mundial no hacen sino confirmar que el gobierno no tiene capacidad para controlar lo que él mismo desató, y mucho menos para atender los problemas de fondo que aquejan al país.
Y el problema de fondo es que por ello podrían sabotear el Mundial en la Ciudad de México. Después de todo, aprendieron bien de López Obrador y su metodología de tapar avenidas principales y utilizar el chantaje mediático para obtener lo que quiere… ahora que la realidad alcanzó a Sheinbaum con los temas presupuestarios para cumplir su promesa y no tener dinero por el mega endeudamiento y los proyectos que son un pozo sin fondo, el discurso no será suficiente para resolver la catástrofe que enfrenta.
Todo esto tiene un nombre: incertidumbre. Y la incertidumbre factura caro. La falta de confianza en México puede convertirse en el mayor obstáculo para salir adelante. De no revertirse, el próximo año podría traer una crisis más profunda, impulsada por la imagen que el mundo se lleve de este Mundial.
La oportunidad estuvo ahí. Las condiciones, el tiempo, los recursos: todo se alineó para que México detonara su potencial ante los ojos del mundo. La pregunta que queda en el aire, y que cada ciudadano debería hacerse es esta: ¿qué imagen se van a llevar de nosotros los extranjeros y los inversionistas? Lo que pase en el próximo mes va a definir el futuro de México. ¿Estará a la altura la presidente con A?
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