Por Enrique Abasolo
Luego de que en enero de 2015 una rama del grupo terrorista islámico de Al Qaeda se adjudicara la masacre en contra de los colaboradores del semanario humorístico francés Charlie Hedbo (ya usted sabe, por atreverse a publicar una caricatura de su profeta Mahoma), ataque del que resultaron 12 personas muertas y 11 más heridas, se le cuestionó al Papa Francisco su opinión al respecto.
Luego de un comentario formulaico sobre la importancia de la libre expresión, Francisco incurrió en su recurrente error de continuar hablando hasta decir lo que verdaderamente pensaba.
Ahora, en el marco de sus póstumos homenajes, nadie recordó este episodio, pero es esencial para entender quién era el difunto pontífice, pues lo que dijo parece inocente y en opinión de muchos hasta resultaría justificable, pero es en realidad una declaración horrenda y doblemente criticable, viniendo del máximo jerarca de una religión que se supone pregona el amor y la paz entre los seres humanos.
“Es verdad que no se puede reaccionar violentamente”, dijo Francisco. “Pero si aquí Gasbarri (señalando a uno de sus colaboradores más cercanos), gran amigo, insulta a mi madre, puede esperar un puñetazo. ¡Es normal!”.
“¡Es normal!», dijo el muy pelotudo. “¡Es normal!”, dijo en alusión a un tiroteo que dejó un saldo de ¡doce muertos!
Para el Vicario de Cristo tenía lógica y era hasta normal cobrarse con la vida de alguien las afrentas religiosas, que no son sino simples palabras o ideas y además protegidas por la Ley y los Derechos Humanos.
No sé si el lector me sigue o he conseguido ya hacerle ver la gravedad de semejante declaración: Con esta casual analogía sobre la “sua mamma”, Francisco normalizó el crimen como resultado de cuestionar a la religión, contradiciendo uno de los preceptos fundamentales de su doctrina (establecido ni más ni menos que por su propio Dios-Mesías) de poner la otra mejilla.
Peor aún, equiparó los agravios verbales o humorísticos con la violencia física, la violencia letal, legitimándola cuando se comete en nombre de la fe. ¡Bonita chingadera!
Y no dudo que entre los lectores haya quien comulgue con la franciscana doctrina de Manlio Fabio Bergoglio (o como sea que se llamara en vida el venerado difuntito). Si tal es su caso le compadezco porque, créame, usted tiene un grave, gravísimo problema… Aunque quizás le alegre saber que es el mismo problema que en vida padeció el Papa Paco, quien de manera tan casual y casi sin querer queriendo exhibió lo más oscuro y retorcido de su alma.
Como dijera el Piporro: ¡Qué hígado tan prieto!
No terminaba este mundo matraca de llorarle al Santo Padre rioplatense cuando nos enteramos de que el expresidente “uruguasho”, Pepe Mujica concluyó su batalla terminal contra el cáncer, 1-0 (a favor del cáncer).
Su partida desde luego causó congoja entre sus simpatizantes, pero era obvio que también las izquierdas bananeras iban a aprovechar para ensalzarlo como un auténtico prócer de la justicia social en un continente marcado por una enorme brecha de clases.
Sobre todo, era anticipable que las izquierdas más hipócritas –esas que se pregonan austeras, democráticas y redentoras, pero conforman una élite casi monárquica– se iban a colgar al pobre de don Pepe cual escapulario de alguno de sus santos predilectos.
Pero Mujica seduce a gente de todo el espectro político porque, ya sabe, condujo hasta su muerte un modesto vochito sedán 1987 (a diferencia de AMLO que se olvidó del Jetta y optó como cualquier mandatario por las camionetas blindadas); porque se atendió en el sistema de salud pública de su país (no como el Peje, que le hacían “cateterismos de rutina” los mejores médicos de la élite militar) y porque su retiro fue efectivo a una modesta casa de campo (no a un rancho resguardado por la Guardia Nacional y equipado con la infraestructura pública).
¡Ah, don Pepe Mujica tampoco dejó a ningún hijo al frente del partidazo de Estado!
¡Qué lindo, qué bonito, qué tierno…! Pero lamento decirle que todo eso tampoco vuelve a don Pepe un estadista ni un prohombre. Habrá de juzgársele en todo caso por lo que haya logrado en beneficio perdurable para sus compatriotas mientras tuvo la oportunidad de servir como Jefe de la nación uruguaya, pero no por sus expresiones de frugalidad monástica.
Tiene don Pepe un pasado como guerrillero armado que no nos da tiempo ni espacio aquí para comentar ni analizar. Aunque en su etapa como político al menos fue congruente y abanderó los preceptos mínimos de la izquierda.
Creo que como presidente fue su mejor acierto despenalizar la mariguana (aunque debió levantar la proscripción de todas las drogas si de verdad quería abatir la violencia). Creo que logró números decentes en lo macroeconómico (tan “macro” como se puede ser en un país diminuto) y algo en materia de derechos humanos. ¡Qué bien, se le aplaude eso!
En cierta ocasión, sin embargo, largó también una frase muy linda, muy bonita, muy emblemática, pero que por desgracia pone en evidencia su muy pobre comprensión de la complejidad del mundo.
Palabras más, palabras menos, se preguntó retóricamente: “Vivimos en un país de apenas tres y medio millones de habitantes… Y resulta que importamos 27 millones de pares de zapatos… ¡¿Acaso somos cienpiés?!”, reflexionó en tono irónico.
Y es que en efecto es una frase que pasa por una observación aguda. Incluso la puede encontrar por ahí en formato de reel o video corto de Instagram y Tik Tok, para que se la comparta a su tía cursi o a su tío chairo.
Pero es una frase hueca, sin ningún valor práctico porque ni la economía es tan simplona, ni la vida del hombre actual se puede reducir a un par de zapatos como estos necios con ínfulas de anacoreta (Mujica o su contraparte maligna, el AMLITO) pretenden hacernos creer.
Este tipo de frases (bienintencionadas pero sumamente ignorantes) deberían estar hasta prohibidas, pues son las expresiones que hacen palpitar la entrepierna de los demagogos, ya que abonan a su discurso de falsa austeridad con el que quieren dictar a su pueblo un manual de vida irreal que desde luego jamás pone en práctica la élite política.
Con estas frases se validan esas doctrinas de izquierda rancia que instan a aspirar a una frugalidad pendeja (mientras que la clase gobernante ya sabemos cómo se despacha).
Estos líderes de izquierda romántica pero impráctica, con sus filosofías de a peso, son altamente tóxicos para la política, pues sirven de combustible perfecto para el populismo que actualmente envenena al mundo y tiene secuestrado al continente.
Un gobernante debe administrar lo mejor posible, de manera sustentable, ecológica y con visión inmediata y de futuro; pero no está para dictarle a sus ciudadanos cómo vivir. Ese es nomás un numerito de monje budista que deberían guardárselo para sus nietos y ahorrárnoslo a todos los ciudadanos.
Ahora bien, que si hay alguna frase sabia por la que habremos de recordar a don Pepe Mujica y que creo yo que debería figurar en su pedestal y estar grabada en su epitafio, es aquella de: “¡Los de la FIFA son una manga de viejos hijos de puta!”.
Porque ahí sí, ni cómo regatearle la razón.
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