Por Marco Campos Mena
A veces, los incendios comienzan a miles de kilómetros, pero el humo termina en nuestras casas. El conflicto entre Israel e Irán, que por décadas se mantuvo como una guerra fría de espías, sabotajes y amenazas veladas, ha entrado en un nuevo capítulo, uno que ya no es hipotético. Desde hace semanas, ambos países se han atacado directamente, y el mundo ha comenzado a contener la respiración.
Lo que empezó con una represalia por un ataque a una sede diplomática terminó escalando hasta bombardeos sobre hospitales y refinerías. Hoy, con Estados Unidos bajo el mando de Donald Trump la posibilidad de una guerra abierta, regional o incluso global, ya no suena descabellada, y aunque México no está ni en si quiera en el mismo continente, no puede darse el lujo de mirar para otro lado.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha sido todo menos tranquilo. Desde febrero, reinstaló su política de “máxima presión” sobre Irán. No ha dejado espacio para la diplomacia tradicional. En discursos recientes, dejó claro que, si Irán no se somete a un nuevo acuerdo (bajo sus términos) en cuestión de días, ordenará ataques directos a sus instalaciones nucleares. Los portaaviones ya están en posición. Las bombas antibúnker, listas. El lenguaje de Trump no admite medias tintas: exige una rendición, no una negociación.
Ese estilo de diplomacia con dientes, basado en fuerza y espectáculo, ha encendido las alarmas en las cancillerías del mundo, porque si Estados Unidos entra oficialmente en guerra, lo hará con todo y eso cambia por completo las reglas del juego para aliados, adversarios y sí, para países como México también.
Irán e Israel no solo están enfrentados por la política, sino por lo que representan el uno para el otro. Desde la Revolución Islámica en 1979, Irán se convirtió en el antagonista más vocal de Israel. Lo considera ilegítimo y opresor del pueblo palestino. Israel, por su parte, ve en Irán no solo a un enemigo, sino a una amenaza existencial, sobre todo por sus avances nucleares y su respaldo a grupos armados como Hezbolá y Hamás.
Este conflicto, que durante décadas se libró en las sombras, pasó a la superficie con los ataques cruzados de 2024 y, más recientemente, con bombardeos masivos en 2025. La tragedia humanitaria ya es evidente. Y aún no ha comenzado lo peor.
México está en una posición delicada. No puede influir en la guerra, pero sí será impactado por sus consecuencias. Ante esta tormenta internacional, hay tres rutas que el país podría tomar:
1. Alinearse con Estados Unidos:
Podría respaldar de forma abierta las sanciones contra Irán y condenar los ataques, como parte de una estrategia de cercanía con Washington. Esto podría garantizar estabilidad económica a corto plazo, pero tendría un costo diplomático alto con otros países del sur global, y pondría a México en una postura subordinada.
2. Mantenerse neutrales:
Una opción más equilibrada sería mantenerse al margen de las alianzas bélicas, pero ofrecer canales humanitarios, diplomáticos o de mediación. Sería una postura funcional, coherente con la tradición mexicana de no intervención, pero requeriría una capacidad diplomática que hoy está en construcción.
3. Adoptar una posición crítica e independiente:
México podría condenar la violencia de ambos bandos y pedir un alto al fuego inmediato, alineándose con una narrativa más humanitaria. Esta postura le daría credibilidad global, pero podría tensar la relación con Estados Unidos, en especial bajo la administración Trump, que exige lealtades claras.
En este contexto, la figura de Claudia Sheinbaum adquiere una dimensión especial. Su ascendencia judía por parte de abuelos migrantes (lituanos y búlgaros) ha sido parte de su historia familiar, pero no de su política. Ella se define como laica, científica y progresista, sin vínculos directos con Israel ni participación en redes religiosas o diplomáticas. Esta distancia simbólica podría ser una ventaja: no tiene compromisos previos y puede actuar con objetividad. Pero también la convierte en blanco de presiones y lecturas simplistas.
Su desafío será mantener esa línea delgada entre su identidad privada y su responsabilidad pública. Porque cualquier declaración suya será observada con lupa, dentro y fuera del país.
Aunque México no participe en el conflicto, ya está sintiendo las ondas sísmicas. El petróleo ha subido. El peso se ha debilitado ligeramente. Las bolsas se han vuelto volátiles. Si el Estrecho de Ormuz se bloquea (algo que Irán ya insinuó) los precios del gas y el transporte se dispararán. Y eso significa inflación.
Pero más allá de lo económico, hay algo más peligroso: la polarización social. En México, donde conviven comunidades musulmanas, judías y cristianas, el conflicto puede encender pasiones, discursos de odio y fanatismos que ya existen, pero que podrían crecer. En redes sociales, ya hay brotes de antisemitismo y posturas pro-Irán o pro-Israel sin matices. La política exterior puede terminar contaminando la política doméstica.
Y si la guerra se prolonga…
Si el conflicto se convierte en una guerra larga (como ocurrió con Afganistán o Siria) el escenario se ensombrece. Los precios seguirán inestables. La inversión extranjera podría estancarse. México tendría que redefinir prioridades: ¿gasta más en seguridad? ¿Refuerza su energía nacional? ¿Replantea su relación con el mundo islámico y con Israel?
En ese futuro posible, el país necesitará más que nunca liderazgo, estrategia y diplomacia. No bastará con discursos ni con mantenerse al margen porque esta guerra, como todas las grandes guerras, no solo se libra con armas: también se libra en las decisiones económicas, en los gestos políticos, en la narrativa de los gobiernos.
El mundo cambió y lo que parecía lejano ahora es urgente. México debe decidir si será un espectador pasivo o un actor responsable. Claudia Sheinbaum, como jefa de Estado, tiene una oportunidad única: demostrar que se puede navegar una crisis global sin perder autonomía, sin caer en el servilismo, pero también sin encerrarse en una neutralidad ciega, porque cuando los incendios comienzan lejos, lo peor que se puede hacer es quedarse quieto, confiando en que el viento no sople hacia nosotros.
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