Por Enrique Abasolo
Una de las más desafortunadas ideas que nos trajo el posmodernismo es la noción de que las opiniones son tan dignas, respetables y válidas como el conocimiento.
-Pues a mí no me da confianza y no creo que deba vacunarme.
-Y yo respeto mucho tu pendejísima opinión, pero prefiero hacerle caso al consenso científico mundial, que no es otra cosa que la observación y vigilancia que los especialistas en cada disciplina hacen sobre el trabajo de los demás.
Si usted cree saber más que la comunidad científica o, peor aún, si cree que todos los hombres de ciencia se pusieron de acuerdo para encubrir un fraude criminal a escala global, usted tiene un serio problema con la realidad.
Pero es allí, justo donde debería terminar la discusión por el abrumador peso de lo evidente, que realmente comienzan los absurdos alegatos, pues los conspiracionistas están convencidos de que sus delirios son tan sólidos y respetables como lo demostrable.
El posmodernismo cuestiona la realidad y busca darles espacio y cabida a otras formas de “saber”, porque de acuerdo con dicha corriente, el mundo occidental u “occidentalizado” dejó de lado otras perspectivas, otras filosofías, con tal de favorecer únicamente a esa “tonta ciencia occidentalizada y excluyente”.
Es por eso que en algunas escuelas de los Estados Unidos los fanáticos han logrado incluir al “creacionismo” entre sus contenidos educativos.
¡Claro! Porque la posibilidad de que un dios haya creado todo (el mundo con toda su biodiversidad actual) de manera espontánea, en apenas cuatro cinco días, es tan válida, bien fundamentada y digna de ser impartida como la Teoría Evolutiva, que por el mero hecho de llamarse “teoría” suponen que está aún sujeta a discusión, que está basada en suposiciones y que en cualquier momento puede ser desmentida y desechada.
Pues no, aunque ostente un nombre que sugiere que aún se encuentra en calidad de hipótesis, es un hecho hacia el que apunta toda la evidencia acumulada durante siglos por el conocimiento humano. No se le puede equiparar ninguna otra explicación por mucho que la veneren algunos miles o millones de seres humanos por todo el mundo.
Pero con todo y que una es conocimiento y la otra pertenece al campo de la fantasía, la superstición y el fanatismo, ya le digo, algunos enajenados presionaron a alguna autoridad (bastante inútil por cierto) lo suficiente como para agregar al “creacionismo” al plan de estudios.
¡Eso es lo alarmante! No que haya gente profesando la estulticia (esa siempre la ha habido y la habrá), sino que haya logrado colarse a lo que solía ser el selecto círculo del conocimiento. Eso es preocupante y hasta desmoralizador.
Bueno y… ¿cómo por qué ello ha de quitarnos el sueño? A fin de cuentas, que cada quien crea lo que mejor le convenga y mejor se ajuste a sus delirios, ¿no?
Aparentemente esa sería la postura más lógica y pragmática, ¿verdad? ¡Pues no! Consentir las creencias en un mundo cada vez más necesitado de conocimiento puede llegar a tener consecuencias catastróficas.
Malas decisiones gubernamentales, basadas en escasa o nula evidencia científica, han ocasionado hambrunas, como las que padecieron la Unión Soviética y China (quizás el peor desastre ocasionado por el ser humano en la Historia), todo porque Stalin y Mao se asesoraron por pseudocientífico agrónomo (un tal Lysenko) que les daba por su lado, tratando de conciliar sus métodos con la ideología política. El saldo fue de al menos 15 millones de muertos, tan solo en China, pero podrían ser tantos como 55 millones.
De hecho, “lysenkismo” o “lysenkoísmo” es un término para designar la sumisión de la ciencia a la política.
Y en México tenemos a una verdadera Lysenko en la directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, María Elena Álvarez Buylla, quien ha emprendido una cruzada por “proteger” al maíz mexicano de cualquier modificación transgénica, sin importarle que tales modificaciones podrían mejorar su productividad, su valor nutricional, su resistencia a las plagas, etcétera.
Y es que en el imaginario de la titular de Conacyt el maíz mexicano debe ser preservado con sus características ancestrales, para que no sea desprovisto de su espíritu, tal como dictan la “sabiduría” tradicional de nuestros antepasados.
Usted quizás podría considerar que Álvarez Buylla tiene un punto, pero, le advierto, otra de sus declaraciones tiene que ver con la llegada a la luna a finales de la década de los 60, la cual califica de inútil.
Olvidaba agregar que la “doctora Lysenko” afirma que existe un peligro llamado “ciencia neoliberal”. ¿Le suena a alguien?
En efecto, la pseudocientífica se ha empeñado en torcer el ejercicio de la investigación en México para ponerlo en sintonía con las políticas de la llamada 4T, una de cuyas primeras acciones fue el recorte de los fideicomisos destinados a la investigación científica.
So pena de cancelar el comercio de maíz entre México y EU que representa miles de millones de dólares, nuestro socio comercial más importante ha exigido ahora evidencia científica demostrable que sustente la renuencia de nuestra ínclita investigadora a adoptar métodos agrícolas del siglo 21.
Seguir empeñado en el discurso nacionalista y aferrarse a lo autóctono nos puede derivar en un serio problema. Y todo por darle el mismo valor a las creencias que al conocimiento, siendo que tomar cualquier decisión basada en las primeras no solo es absurdo, sino además peligroso.
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