Por Marco Campos Mena
No es nada nuevo, es algo que se ha hecho desde tiempos remotos; las sociedades han encontrado en la tragedia un terreno fértil para sembrar poder, influencia o dinero. En México lo vivimos con crudeza: Luis Echeverría supo aprovechar la indignación por la matanza de Tlatelolco para presentarse como el rostro del cambio dentro del mismo sistema que la había provocado. Décadas después, la desaparición de los 43 normalistas se convirtió en una herida nacional que, paradójicamente, catapultó a Andrés Manuel López Obrador al poder, al convertir el dolor en símbolo y el resentimiento en discurso político.
En otros lugares vemos lo mismo con sus propios matices: Zelensky transformó la guerra en una narrativa de resistencia que lo consolidó como figura global, mientras Netanyahu utiliza el miedo y la tragedia del pueblo judío para justificarse como el gran defensor de Israel, incluso a costa de protagonizar uno de los episodios más crudos de violencia moderna con el genocidio de Gaza. Cada tragedia, en manos hábiles, se vuelve un activo de alto valor.
¿Debería sorprendernos? Quizá no. Hasta el propio Robert Kiyosaki nos diría que lo hagamos: “Las crisis son oportunidades”. Él mismo amasó fortuna en medio del colapso financiero de 2008. Lo que para unos fue ruina, para otros fue punto de partida. La pandemia fue otro ejemplo. Mientras el mundo se encerraba, miles encontraron en la escasez una vía de negocio. Cubrebocas, oxígeno, papel de baño, todo a sobreprecios, pero es la ley de la oferta y la demanda, el mercado que dictas las regla.
Lucrar con la tragedia, desde una perspectiva ética, es inaceptable; pero en la práctica, ha sido la piedra angular de muchos ascensos. Es el reflejo más puro de la condición humana en su versión pragmática, aprovechar el caos antes de que alguien más lo haga.
Sin embargo, hay un límite que marca la diferencia entre la oportunidad y el abuso, entre la inteligencia y el cinismo. Ese límite es meterse con la dignidad de los afectados.
Porque una cosa es aprovechar la adversidad para construir algo nuevo, y otra muy distinta es explotar el sufrimiento ajeno para perpetuar privilegios o mantener el poder. Hemos llegado al punto en que la tragedia se maquilla con hashtags, se edita con inteligencia artificial “para generar empatía” y se reetiqueta el apoyo de los ciudadanos con logos de gobierno para fingir que la ayuda proviene del benefactor político de turno. La manipulación se ha vuelto tan cínica que el engaño ya es burdo.
Cuando la tragedia deja de doler y se convierte en contenido, la sociedad pierde el sentido de humanidad que le daba cohesión. Detrás de cada foto, discurso y video con música heroica, sigue habiendo personas reales que sufren, y ese sufrimiento no debería ser combustible de campañas ni de fortunas.
Hemos llegado al punto en el que incluso el gobierno de la CDMX ha pedido dinero a la ciudadanía para apoyar a las víctimas de la explosión de la pipa, pero ni siquiera se molestaron en ocultar como pretendían hacer un robo en despoblado al no crear ningún método de transparencia. Afortunadamente fue tan cuestionado que lo único que recibió fue rechazo e indignación.
Y ¿cómo no vamos a sentirnos ofendidos? Si cuando se ofreció la ayuda de la fundación Michou y Mau IAP para que los niños fueran llevados a Galveston a recibir tratamiento especializado prácticamente se les negó esa oportunidad y solo el caso más mediático de la niña salvada por su abuelita se logró.
No hay que olvidar que incluso se llegó a condicionar el apoyo gubernamental diciendo a las víctimas que si hablaban con los medios de comunicación no habría apoyo de ningún tipo.
Quizá no podamos evitar que los poderosos sigan lucrando con la tragedia, pero sí podemos cuestionarlos por hacerlo para que cuando menos no abusen con cinismo. El verdadero acto de resistencia consiste en no consumir su narrativa, en no permitir que conviertan el dolor en espectáculo, ni la desgracia en moneda de cambio.
Siempre habrá quien haga negocio con la tragedia, pero no se debe hacer con fines egoístas y tan descarados como lo hemos visto de manera reciente, así que mientras no nos censuren, tenemos que alzar la voz para que se haga lo correcto.
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