LOS REQUISITOS MÍNIMOS

Por Horacio Cárdenas Zardoni

Va una anécdota personal, cuando nos tocó hacer el servicio militar obligatorio, encuadrados en una unidad de ingenieros de servicio, nos tocó la llegada de los nuevos oficiales, subtenientes recién egresados del Colegio Militar, que se incorporaban a su primer destino ya no como alumnos, sino como militares en activo. Aquellos hombres, no hubo mujeres en esa promoción y quien sabe si las haya ahora, eran algo digno de ver, jóvenes, muy pocos años mayores que los que estábamos en calidad de conscriptos, en plenitud de su fortaleza física que los llevaba a hacer proezas muy por encima de lo que muchos soldados estaban en condiciones de realizar, con los conocimientos frescos, no era fácil aprobar la totalidad de las materias del plan de estudios del colegio, y lo más importante, con la doctrina de la milicia grabada a fuego en sus mentes, muy diferente de lo que pensaba, sentía y opinaba el resto de la oficialidad, las clases y la tropa.

En los pocos meses en que tuvimos la oportunidad de convivir, así fuera solo los domingos, pudimos percibir algo parecido a lo que se hacía con los motores de los carros de hace algunas décadas: había que asentarlos. ¿se acuerda que a los carros había que sacarlos a carretera?, aquello era todo un ritual, había que recorrer tantos kilómetros a cierta velocidad, y otros tantos a otra diferente, y luego de un paseo de cuatrocientos kilómetros, se podía decir que ya estaba el motor asentado. Pues así pasaba con los subtenientes, esos que llegaron con la patria brotándoles por cada poro, por los ojos y en cada palabra, ya estaban en franco proceso de apegarse a lo que el Ejército realmente es, algo muy distinto a lo que habían aprendido en las aulas, talleres, laboratorios y campos de entrenamiento. Ya los oficiales iban sabiendo qué se podía, que no se podía, que se exigía y que se pasaba por alto.

Respecto a ello un capitán con veinte años de servicio reflexionaba en voz alta, que había que tener cuidado con los subtenientes y los tenientes, ellos son los verdaderamente peligrosos dentro de cualquier ejército, pues tienen los ideales a flor de piel, no ocurre así con los oficiales y jefes superiores, y ni hablar de los generales, quienes ya han probado las mieles del mando y el poder, del dinero más allá de lo que disponen los haberes militares. Los primeros, los recién incorporados, son aquellos que pueden encabezar una revolución amparados en su fuerza, juventud e idealismo, en cambio los otros, el sistema se ha encargado de irlos cooptando, mejor dicho, comprando, y con cada prebenda que les van concediendo, les van quitando ímpetu para hacer cualquier cosa fuera de lo que se espera de ellos, a saber, obediencia ciega a los mandatos de la superioridad. Mientras van pasando los años, se van adquiriendo grados, se van haciendo méritos, el ejército va perfilando a sus mejores mujeres y hombres para ocupar los cargos de mayor responsabilidad, esos que solo se conceden a quienes han demostrado vez tras vez, ser dignos de la confianza de los que quedan todavía por encima de ellos. Es claro que muy pocos llegan al generalato, el resto se va quedando en el camino, de acuerdo a su capacidad y potencial, tanto para lo bueno como para lo malo.

Toda esta remembranza de lo que sigue siendo una realidad incuestionable, es porque el presidente de la república Andrés Manuel López Obrador acaba de plantear una propuesta que nos parece hasta peligrosa, y que pudiera devenir en dar al traste con lo poco de bueno que tiene el aprendizaje en el ejercicio cotidiano de las funciones asignadas. No hablaba el mandatario de las fuerzas armadas, sino de otra rama del gobierno, con un escalafón tanto o más difícil que el de la milicia, el poder judicial. El presidente afirmó con ese estilo que lo caracteriza, que hacen falta cuadros honestos en el servicio público, razón por la cual se pronunció por la realización de una reforma “profunda” en el Poder Judicial.

Como a todo el mundo le consta, desde que llegó a la presidencia de la república López Obrador ha pugnado por lo que ahora propone, la reforma, la diferencia con lo actual es que ahora busca que se elimine un punto concreto de la manera en la que funciona el poder, el requisito de una experiencia mínima de diez años para ocupar determinados cargos en la estructura. Regresando a lo que comentábamos del Ejército, ¿se imagina que en vez de pasar cuatro largos y exhaustivos años de formación para oficiales en el Colegio Militar y otras escuelas militares, metieran como oficiales con mando de tropa a gente venida de la calle?, si aun con los duros requisitos y la no menos dura formación, de vez en cuando se cuela alguien que no debería formar parte de las fuerzas armadas, ¿qué pasaría si no existiera esta exigencia?

La propuesta de López Obrador se complementa con la idea de que al contrario, la formación resulta perjudicial, hablando del poder judicial, no del ejército con el que mantiene una luna de miel basada en concesiones de poder y dinero público. Comenta el presidente que “Para el consejero jurídico de la Secretaría de Hacienda se requiere 10 años de experiencia como abogado, imagínense ya un abogado con 10 años de experiencia, ya perdió toda la mística del joven que estudió Derecho, que fue a la escuela porque le interesaba hacer justicia, pues hay que quitar eso. ¿Qué 10 años de experiencia? No, jóvenes que no están maleados, que pueden ayudar a que las cosas mejoren, cambien, es parte de los procesos que se tienen que ir dando”, lo mismo para ser ministro de la suprema corte, se requiere una antigüedad de diez años, y para muchos de los cargos en el poder judicial.

Hay una anécdota que viene al caso de lo que comenta el presidente. Según esto le preguntaron al general Charles De Gaulle, recién electo presidente de la República Francesa, ¿porqué designó como integrantes de su gabinete a tantas personas que sobrepasaban los setenta años de edad?, a lo que él respondió, no sin cierta socarronería, porque no los encontré más viejos…

López Obrador quiere para la Suprema Corte, para la judicatura, para las consejerías jurídicas, a abogados jóvenes, recién egresados, lo que él llama no maleados. ¿Y porqué para la Fiscalía, para Comunicaciones y Transportes y otras secretarías de estado designó a gente muy mayor, aun más que él mismo?

Nosotros que hemos visto tanto a jóvenes con hambre de logros, pero sobre todo en el ámbito del derecho, con ambición desmedida por el dinero, la influencia y el poder público, también nos hemos topado con profesionales ya con muchos años de experiencia, tanto en bueno como en lo malo, y lo que hemos recogido es que el tiempo atempera las ambiciones, no las desaparece, pero sí les baja los humos. No quisiéramos ver un ministro de veintidós años, como tampoco un coronel de 17 o un general de 19, a todos les falta mucho camino que recorrer y demasiado que aprender. Sí, a lo mejor alguien tan joven y debiéndole el puesto, sea todo lo servir que quiere el mandatario, pero fuera de esa “ventaja”, no le vemos otra.


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