Por Enrique Abasolo
La semana que concluye inició con una desaparición que, por fortuna y para variar, no fue una nota trágica sino chusca.
Hablo de la ausencia en la Suprema Corte de Justicia de la Magistrada Yasmín Esquivel, quien prefirió que le pusieran falta y le descontaran el día, en vez de mirar a la cara a sus colegas juristas, a la Presidenta de este Poder y hasta a la señora de la cafetería luego de que el diario EL PAÍS desvelara un nuevo escándalo o, mejor dicho, la secuela en su ya legendaria saga como plagiaria.
Luego de darse a conocer que también su tesis de doctorado era un descarado fusil, esta vez en agravio de destacados sustentantes entre los que se cuenta un ex rector de la UNAM, un ex ministro de Cultura de España, un ex presidente del Tribunal Supremo Español y un ex presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Al menos, para darle algo de crédito a la Ministra Esquivel, siguió el consejo que dice, si vas a copiarte de alguien, asegúrate que sea de los mejores.
Esquivel Mosa se tomó tranquilamente un par de días antes de presentarse de nuevo en su honorable chamba.
Doña Yas pasa a convertirse en lo que se dice un/una impresentable, gente cuya reputación los inhabilita para transitar libremente por la calle como usted, yo o cualquier anónimo hijo de vecino.
Se desaconseja por completo a los impresentables el dejarse ver en público, no porque la vergüenza sea su talón de Brad Pitt (si no la sintieron cuando cometieron su fechoría, difícilmente la conocerán ya), sino porque pueden y serán recriminados, reprendidos, confrontados por cualquier ciudadano cabal que les recitará de memoria todas y cada una de las razones por las cuales se van a achicharrar una eternidad en una suite del Motel Satán.
Los impresentables terminan por reducir al máximo sus apariciones en el ojo público, su vida social se limita a ámbitos muy controlados: eventos sociales, bautizos, enlaces, velorios, de personajes de su misma calaña; salidas a lugares exclusivos que la chusma como uno no puede costear, o alguna playa en el extranjero (los que pueden salir a otro país sin ser arrestados, desde luego).
Otro impresentable que tuvo una semana difícil fue nuestro ex gobernador y mago de las finanzas de lo paranormal, Rubén Moreira Valdez.
Me extraña, pues, como si no fuera consciente de su condición de paria, decidió encabezar un evento público para presentar un libro que supuestamente coescribe titulado “Jaque Mate al Crimen Organizado”.
Tengo que hacer hincapié en lo de “supuestamente”, ya que Moreira Valdez tiene una vida entera tratando de legitimarse intelectualmente, pagando para que le escriban sus artículos y ensayos y así pasar como intelectual cuando, según se ventiló recientemente, apenas obtuvo su título y cédula como licenciado en Derecho, varios años después de haber concluido su gestión como gobernador, a pesar de que siempre se presumió abogado y docente normalista.
En esta nueva intentona por pasar como hombre de letras, Moreira segundo, Moreira segundón, habla precisamente de estrategias y políticas a seguir para enfrentar a la violencia asociada al crimen organizado que afronta el País.
A mí la verdad me extrañó mucho que don Rubas los tuviera tan azules como para presumirse un estratega contra el crimen, siendo que durante su administración se fugaron 132 reos del Penal de Piedras Negras, además de dejar al Estado en manos de la delincuencia, de la que, según testigos procesados en los Estados Unidos, recibió cuantiosos sobornos.
Una suburban “atestada de maletas de dinero”, para ser exactos, es lo que un testigo señaló en su momento ante la autoridad norteamericana, como pago al entonces gobernador.
Yo sólo le recordé al ex mandatario coahuilense el episodio de la fuga de los reos de Piedras Negras vía Twitter, justo en la publicación donde invitaba a la presentación de “su libro” (guiño, guiño), señalando la ironía de que alguien tan incompetente y señalado por un narcotraficante confeso, esté ahora dando lecciones sobre cómo combatir al narco y a la delincuencia en general.
A los pocos minutos, don Rubén ya me había bloqueado de su cuenta de Twitter… bueno, él o su community mánager, aunque el personaje es tan impopular, tan gris, tan impresentable que muy rara vez y pese a la relevancia de su cargo en el Congreso, alguna de sus publicaciones superan las cinco reacciones e igual número de interacciones. Así que, dado que sería ocioso pagarle a alguien por manejarle unas redes sociales tan muertas, es muy probable que él personalmente me haya dado el cortón y qué lástima porque me encantaría seguir el debate.
Moreira Valdez es impresentable hasta para Twitter, no se diga ya para andar por las calles. Es el mismo caso de su hermano, el profe malandro, Humberto Moreira, a quien muy rara vez se le ve en público, y ni siquiera hizo actos de campaña cuando aspiraba a una diputación local, porque dos preguntas bien formuladas de cualquier reportero profesional lo pondrían en durísimos aprietos.
Humberto sólo cuela de vez en cuando comunicados porque tampoco es material para redes sociales, las cuales tiene en total abandono.
Como decíamos, estos seres no pueden dar diez pasos sin que alguien los asalte con algún reclamo bien justificado. Y así le ocurrió en efecto a Rubén Moreira, efectivamente, antes de la presentación de “su libro”, en la ciudad de Campeche, cuando una enardecida doñita priista le cerró el paso, acusándolo de haber traicionado a la militancia de su propio partido, para favorecer el triunfo de Morena en aquella Entidad, que ahora gobierna Layda Sansores (para mayores señas, otra impresentable de ofensiva presencia).
La seño lo dejó como palo de gallinero, pero ese es el destino de estos abyectos personajes y es su talento, aguantar con una sonrisa cínica estos embates, pero sin dar pie jamás a discutir realmente las faltas, omisiones, delitos o crímenes que se le imputan.
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