Por Horacio Cárdenas Zardoni
En el momento en el que estamos tecleando estas líneas todavía no salimos de la sorpresa de la nota que traen hoy los medios de comunicación, que reproducen fielmente lo dicho por una funcionaria del gobierno federal, de esas y de esos que espera que cuando hablan, es porque tienen los pelos de la burra en la mano, y a la burra de un mecate. La declaración es de Laura Velázquez, quien se desempeña como coordinadora nacional de protección civil, un puesto nada menor en la estructura de la administración pública, pero que siguiendo el modelo de la FEMA estadounidense, cuando se presenta una crisis, adquiere preponderancia por encima de cualquier otra autoridad presente o ausente.
La declaración de la funcionaria es contundente, se la transcribimos tal cual: “la mina está rodeada de al menos seis grandes minas, y que son muy superiores. Estas minas han sido explotadas hace décadas y están abandonadas, acumulando miles de metros cúbicos de aguas pluviales, residuales o de mantos freáticos. Se presume que puedan estar conectadas, permitiendo el paso de agua entre ellas”. ¿Qué le parece la declaración de la más alta funcionaria del gobierno de la república presente en el escenario del accidente en Sabinas, Coahuila?, contundente ¿no le parece?
A nosotros sí nos pareció que la señora funcionaria habla con conocimiento de causa, ¿y cómo no iba a ser así?, si lo hizo como catorce días después de qué ocurriera el accidente en la mina, derivado del cual están atrapados, no sabemos si todavía vivos o ya fallecidos y desde cuando, diez mineros que se hallaban laborando aproximadamente a sesenta metros de profundidad en el instante en el que se produjo lo que suponemos, el rompimiento de una pared que separaba el tiro nuevo de alguno de los antiguos, que estando lleno de agua, propició que se inundara el que se estaba explotando.
La señora funcionaria hizo su declaración amparada en que el lunes de la semana anterior había recibido los últimos documentos del estudio geofísico que se había ordenado realizar, para evaluar las condiciones de la mina, y sobre ellos determinar la viabilidad de emprender el rescate de los mineros atrapados. Hasta allí, todo razonable y lógico.
Donde nos brincan a nosotros las dudas es en el pequeño detalle mencionado por Laura Velázquez, en el sentido de que se están enterando, apenas entonces, de la existencia de seis minas en los alrededores del Pinabete, abandonadas desde quien sabe cuándo, pero eso sí, mucho mayores en extensión que la moderna donde se sucedió el incidente.
Fíjese qué casualidad, o qué suerte tuvieron el empresario y los mineros de que durante varios meses no se hubiera presentado ningún problema, según se dijo desde muy al principio El Pinabete comenzó a explotarse por allá de enero de este año, y durante siete meses no se presentó mayor problema que los normales en una explotación por tiro recto, pudiendo ser el diablo desde que el mismísimo primer día, o primera semana o primer mes, perforaran el muro que contenía un número indeterminado de agua que se había venido acumulando desde… desde que se cerró la mina… la mina de la que ni el nombre se conoce.
Mala suerte, al octavo mes los picos, siempre muy afilados, golpean el muro de carbón, siempre muy suave y ocurre una de las tragedias que más temen los mineros, toparse con un corredor, o peor, con otra mina inundada. No hace falta haber ido a la nueva escuela mexicana, allí donde enseñan valores, donde no reprueban a nadie por no aprender, es más, por no ir, para saber que el agua, como todos los líquidos, tiende a ocupar todo el espacio disponible, esto por efecto de la gravedad a la que se ve sometida.
Pudo darse el caso, remoto, que estando en desnivel el corredor abandonado en relación con el que estaban trabajando, que la perforación ocurriera muy arriba, y aun con la escasa luz que arrojan sus lámparas sordas, alcanzar a ver que habían topado con otra mina y estaba inundada. No tuvieron suerte, el rompimiento fue a desnivel, y el agua comenzó a entrar torrencialmente de la mina antigua a la nueva. ¿cuántos niveles por encima de los sesenta metros de El Pinabete estarían inundados en la otra mina?, imposible saber… sin planos, sin reportes recientes, sin nada de nada, pero por la velocidad con la que ocurrió la inundación, con el volumen que todos hemos atestiguado que han desalojado de agua, y con el hecho lamentabilísimo de que a pesar de todo no baja el nivel… pueden ser dos, tres, diez niveles, todos repletos de agua esperando salir por el único desfogue que tienen, la perforación en El Pinabete y bueno, también la ayuda que están prestando las bombas de achique.
De todo esto no hay nada nuevo, nada que no hayan dicho expertos, técnicos, y mineros que no son ni lo uno ni lo otro, pero saben más, lo novedoso es que… si sabían que había seis minas abandonadas en las inmediaciones de El Pinabete ¿de quien fue la brillante idea, primero de solicitar autorización para explotar un predio potencialmente muy peligroso, y segundo, quien la otorgó y amparado en qué documentos y estudios?
La región, lo saben los nativos y quienes la han visitado, está surcada de decenas de explotaciones mineras. No podía ser de otra manera en un área que ha estado en explotación más o menos continua durante casi ciento cincuenta años, y que cuando se abandona una mina o se abre otra, es porque el carbón que todavía queda se ha vuelto difícil de extraer conforme a los métodos técnicos disponibles. Ah, pero cuando llega alguna nueva inversión, con nueva tecnología, con maquinaria más poderosa, no hay empacho en reabrir las minas antiguas, corriendo riesgos que como pueden ser altos, pueden ser bajos, pero compensados con la ganancia que se logre con la venta del mineral.
¡Qué bendición hubiera sido tener disponibles, por allá en enero, los estudios geofísicos que ahora exhibe protección civil federal!, los empresarios los hubieran utilizado para la planeación de la explotación, en vez de para ver qué se puede hacer para rescatar a los mineros que quedaron atrapados precisamente por la ausencia de información sobre potencial contacto con minas abandonadas y lo que hubiera en ellas.
¿Y sabe quien es el culpable de que no tuvieran los estudios?, pues ni más ni menos que la Comisión Federal de Electricidad, la cual se arrogó el derecho de “ordenar el mercado”, de examinar cada una de las explotaciones mineras como nunca lo había sido anteriormente ¿y todo para qué?, para nada, se le dio el permiso a El Pinabete como si jamás se hubiera extraído carbón en esa área, y allí están las consecuencias. La cereza del pastel es la declaración de Velázquez de que en el equipo que tomará las decisiones está gente de ingeniería civil de la CFE… ¿y qué saben los ingenieros civiles de la CFE de cómo se explota una mina de carbón, cómo se desagua una mina inundada, como se rescatan mineros?, y no lo saben porque nunca ha sido su obligación saberlo.
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