Por Francisco Ortiz Pinchetti
Evidenciando el espíritu autoritario y la alergia natural del régimen morenista hacia todo escrutinio, la Presidenta Sheinbaum Pardo optó otra vez por poner literalmente oídos sordos a las voces discordantes que habría hecho bien en escuchar. Excluidos todos los representantes de la oposición, el acto escenificado en el patio central de Palacio Nacional fue una reunión de incondicionales. En ese marco, Claudia se dio vuelo con un discurso que describió un país inexistente.
Y horas después, en el recinto de San Lázaro, luego de que la Secretaria de Gobernación se limitó a depositar los tomos impresos del Segundo Informe presidencial en manos del presidente del Congreso, la sesión de apertura en la que las fracciones parlamentarias de los diferentes partidos políticos exponían su llamado posicionamiento, se convirtió en el herradero habitual de los últimos años: mientras la oposición subía a la tribuna con datos duros, observaciones agudas, serias, cuestionamientos severos, la aplanadora oficialista optaba por ignorarlos, armar barullo y voltear la espalda. Vergonzoso.
Esas, las de la oposición, fueron las palabras que la titular del Ejecutivo prefirió no escuchar ni menos atender, retratando la soberbia de un poder que desecha la rendición de cuentas y confunde la mayoría numérica con la razón política y atribuye al “pueblo” las peores aberraciones.
Frente al alud de discursos y declaraciones oficiales que pretenden maquillar la realidad y diluir las fallas estructurales en el monólogo matutino, vale la pena rescatar del ruido las intervenciones puntuales que confrontaron con rigor la narrativa del Estado.
Me parece que la participación más robusta y documentada fue la del Senador panista Ricardo Anaya Cortés, quien evaluó a la administración usando como vara métrica la propia plataforma discursiva del régimen: las promesas fundacionales de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo. A partir de esa premisa, desmontó el optimismo gubernamental utilizando exclusivamente los registros y las auditorias de las propias dependencias federales.
Para exhibir las omisiones y los artificios en materia de seguridad, el excandidato presidencial se adentró en las cifras del propio Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). Demostró el truco contable con el que se pretende vender una supuesta pacificación del país: mientras el relato oficial presume una baja nominal de siete homicidios dolosos diarios —pasando de 70 a 63 casos, en promedio—, la categoría alterna de «otros delitos que atentan contra la vida y la integridad corporal» se disparó de 15 a 40 registros diarios, a lo que se suma el drama insostenible de las personas desaparecidas. La aritmética del régimen opera mediante un traslado de casillas, dijo: se restan homicidios en una columna mientras se multiplican los registros violentos en las paralelas, archivando efectivamente a las víctimas en la opacidad estadística para que la propaganda cuadre.
La disección técnica de Anaya Cortés continuó adentrándose en el terreno fiscal y hacendario para desmentir el supuesto manejo impecable de las finanzas públicas. Con los informes de la Auditoria Superior de la Federación (ASF) y de la Secretaría de Hacienda sobre la mesa, el legislador panista documentó que el déficit fiscal superó el cinco por ciento del PIB, un boquete financiero histórico superior a los 800 mil millones de pesos que el gobierno maquilló mediante recortes drásticos y subejecuciones operativas. En paralelo, expuso el colapso absoluto del sector salud utilizando los propios reportes de abasto: el desabasto crónico de medicamentos supera el 35 por ciento a nivel nacional, obligando a los derechohabientes a gastar de su propio bolsillo más de 70 mil millones de pesos anuales en farmacias particulares ante la ausencia de un sistema funcional.
Luego, para cuestionar con datos duros el mito del combate a la corrupción, Anaya Cortés puso la mira en el monumental boquete del huachicol fiscal. Con base en registros aduanales y portuarios, documentó la introducción ilegal de más de 120 mil barriles diarios de combustibles a través de las aduanas del país sin el pago del Impuesto al Valor Agregado ni del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios, generando una evasión fiscal superior a los 50 mil millones de pesos al año bajo la mirada displicente de las autoridades de control. Ante semejantes irregularidades documentadas, exigió la creación de una comisión de investigación plural que audite sin simulaciones.
La sesión, por supuesto, no se redujo a una sola voz. En el frente opositor se fijaron otras posturas técnicas y políticas de gran calado a través de los representantes de las demás bancadas. Por parte del Partido Revolucionario Institucional, su cuestionado presidente, el Senador Alejandro Moreno Cárdenas utilizó las auditorias de la ASF para señalar más de 60 mil millones de pesos observados y no solventados en las grandes obras de infraestructura, además de cuestionar la militarización de la seguridad pública con más de 300 mil elementos de las fuerzas armadas desempeñando tareas civiles.
En la misma tesitura, el Senador Luis Donaldo Colosio Riojas fijó el posicionamiento de Movimiento Ciudadano lanzando una interrogante lapidaria al régimen: «Si Morena lo ganó todo, teniéndolo todo, ¿qué han resuelto?», reprochando que a pesar de ostentar un poder absoluto, la violencia criminal, la impunidad institucional y la tragedia humanitaria de los desaparecidos sigan intactas en todo el territorio nacional. Habló de las recetas que no se surten, de los hospitales sin insumos, de las familias de personas desaparecidas que llevan años esperando una respuesta del Estado que no llega. De un país, en suma, de un gobierno que después de ocho años con todo el poder sigue pidiendo paciencia a cambio de nada.
Mientras en la tribuna se desgranaban diagnósticos rigurosos y se ventilaban las grietas profundas del Estado, abajo, en las curules, la orden operativa de la mayoría fue la misma de siempre: abuchear, hacer ruido, desviar la atención y convertir el debate parlamentario en una noche de cantina. Esa sordera institucional y ese desprecio sistemático por la crítica fundada son el síntoma inequívoco de un gobierno autoritario que se niega rotundamente a escuchar cualquier cosa que habite fuera de su propia narrativa. Válgame.
DE LA LIBRE-TA
MORENA, INDIVISIBLE. Los eruditos hacen cónclaves para dilucidar cuál es la verdadera fisura interna en el movimiento morenista y qué tan profunda es, sobre todo a raíz de que la Presidenta afirmó en su “informe” que en su partido sólo hay unidad. Aguas. Quizá una luz arrojen los apapachos públicos de Adan Augusto y de Fernández Noroña al Senador sin visa –y dizque sin partido– Enrique Inzunza Cázarez, cuando éste reapareció en su curul de siempre después de 124 días de ausencia. ¿Rebelión a bordo?
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