Las sociedades criminales y la paz que necesitamos

El EZLN dio a conocer la desaparición de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas y las Juntas de Buen Gobierno, porque se enfrentan a «sociedades criminales”. Esto vuelve aún más complicado pensar en construir paz y debe ser motivo para activar las alertas de los organismos internacionales, organizaciones civiles y gobierno federal.

Por: Esnayder González

Vivir la paz resulta cada vez tan ambigüo como azaroso, pero ¿qué es la paz?Para Galtung, existen dos tipos: 1) la paz positiva, que surge como respuesta a la violencia directa, estructural y cultural. Reconoce la existencia del conflicto y profundiza en soluciones situadas para resolverlos y así mejorar la calidad de vida, y 2) la paz negativa (que considero es la que más experimentamos) aquella que se entiende desde dicotomías como paz-guerra o buenos-malos, y se legitima en el uso de la fuerza estatal frente a los ataques externos. Se expresa mediante el uso de la violencia que puede ser “hacia adentro”, causando represión social y “hacia afuera”, reproducido en las guerras (como sucede en Palestina, Ucrania, entre otros).

Profundicemos en la paz negativa y lo acontecido en Chiapas. El pasado 5 de noviembre, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) emitió un comunicado en el que dio a conocer la desaparición de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) y las Juntas de Buen Gobierno. En el texto señalan que no pueden contar con los gobiernos estatales, mucho menos locales, ya que: “Las presidencias municipales están ocupadas por lo que nosotros llamamos “sicarios legales” o “Crimen Desorganizado”. Hay bloqueos, asaltos, secuestros, cobro de piso, reclutamiento forzado, balaceras. Esto es efecto del padrinazgo del gobierno del estado y la disputa por los cargos que está en proceso. No son propuestas políticas las que se enfrentan, sino sociedades criminales”. Esto vuelve aún más complicado pensar en construir paz y debe ser motivo para activar las alertas de los organismos internacionales, organizaciones civiles y gobierno federal.

La creación del ELZN surgió para frenar el saqueo por parte de las oligarquías a las comunidades originarias. Actualmente se suma un aliado a este último, las sociedades criminales. Esto nos permite reconocer que estamos en una etapa en donde se han profesionalizado las redes de narcotráfico (y todo lo que esto conlleva) en vinculación (descarada) con gobiernos, empresas y con las mismas comunidades. Se han normalizado los ataques de violencia a plena luz del día, ¿qué cultura estamos experimentando en la sociedad? ¿Qué estamos promoviendo entre las juventudes y niñeces? Es preocupante mirar cómo en los enfrentamientos armados se cobran las vidas de diversas juventudes. Así mismo, lo observamos en el reclutamiento forzado de niñeces y personas principalmente en situación de movilidad.

Lo que sucede en Chiapas es la clara expresión de la violencia y el juego de poderes que se vive a nivel nacional, y que además, se extiende en toda América Latina y el mundo. Ya no basta con que el Estado conforme “una guardia nacional” (forma de paz negativa) y que da pie a que el crimen organizado también legitime sus acciones (uso de la fuerza), pues muchas personas son parte de éste último con la aspiración de tener una mejor calidad de vida. Es importante analizar a manera de paz positiva este asunto, partir del reconocimiento de las violencias, cuestionar la distribución del poder y los recursos con el fin de contrarrestar las desigualdades. Al respecto, recordamos la “paz transformadora” que emerge cuando, además de atender las propias necesidades, reconocemos que otros también las tienen; entonces, la solución se vuelve colectiva, como una danza de conciencias compasivas.

Es sustancial que México reconozca que existe una guerra interna para no sólo sobrellevarla. Crear una sociedad libre de violencias requiere responder a la complejidad de la vida, lo tangible e intangible, podríamos decir alma, mente y cuerpo. Para ello, es imprescindible conocer y aplicar procesos de justicia restaurativa. Métodos como la memoria encriptadapropuesto por la Dra. Dennis Dussán Márquez (profesora de la Universidad de la Amazonia en el Caquetá, Colombia), quien menciona que es necesario rescatar la memoria individual y disponerse a construirse con otras memorias para así abonar a la verdad histórica. Ya lo menciona Raimon Panikkar: “No hay paz exterior, sin paz interior”.

La apuesta es integrar una perspectiva en donde todas las personas nos abramos a la diversidad de realidades, esto nos permitirá cuestionar nuestros privilegios. Será a partir de una comunicación intersubjetiva que incluya las pretensiones de validez descritas por Jürgen Habermas -como inteligibilidad, aceptabilidad, veracidad y normatividad- como podrían llegarse a acuerdos racionalmente motivados, en donde la paz positiva sea fomentada a partir del cuestionamiento personal y colectivo: ¿cómo afecta lo que hago a mi alrededor? y ¿cómo lo que pasa alrededor me afecta a mí? Es decir, partir del ser y estar en el mundo y no desde fundamentalismos o dogmas, pues cuando impedimos que los demás atiendan sus auténticas necesidades, propiciamos violencias y nos violentamos también. Somos mandalas, interdependientes.

Caminar en paz nos invita a repensarnos constantemente en nuestro andar, necesitamos bajar, comenzar a sanar en colectivo y evidenciar los dolores. En este caso, el Estado debe promover y sostener los procesos sin inferir en ellos. La efectiva promoción de la paz positiva es una tarea urgente para México y el mundo. Además, hablar de la esperanza es importante, pues quienes nos antecedieron nos han mostrado que es posible construir espacios seguros, ya plantaron los árboles de los que disfrutamos su sombra, dignificaron las relaciones y nos enseñaron formas de vida no violentas como el Sumak Kawsay o Lekil Kuxlejal (Buen Vivir), que implica primero saber vivir y luego convivir. Al final, hago reconocimiento a las autoridades de las Juntas de Buen Gobierno, quienes han hecho vida el mandar obedeciendo, una forma de hacer política no violenta a partir de los siete principios: servir y no servirse, representar y no suplantar, construir y no destruir, obedecer y no mandar, proponer y no imponer, convencer y no vencer, bajar y no subir.


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