Por Horacio Cárdenas Zardoni
Le suelen atribuir a La Güera Rodríguez, personaje de la sociedad mexicana del Siglo XIX, aquella frase de que saliendo de México, de la capital del país, todo era Cuautitlán. Ahora sí que, pese a la inteligencia que se dice que tenía la socialité de aquellos tiempos, no dejaba de ser aquel un comentario frívolo, después de todo, la Ciudad de los Palacios, capital del Virreinato en su momento, del Primero y Segundo Imperios mexicanos, de la República, en aquellos tiempos era un sitio pequeño en comparación con la megalópolis en la que al paso de los siglos llegó a convertirse, y fuera como fuera, el México ya sin lo que perdimos a manos de los norteamericanos, y de la independencia de los estados del sureste que llegaban hasta los límites con Colombia, no dejaba de tener sus dos millones de kilómetros cuadrados, que algún encanto debieron de tener.
Dio la casualidad que por razones de trabajo, nos tocó ir al municipio de Cuautitlán, Cuauti, como le decían de cariño los nativos, era un sitio más que tranquilo. Distante de la ciudad de México, ya llegaba uno con ganas de reposar, y encontraba en aquella plaza suya, la sombra de árboles, la tranquilidad de un pueblito bien arreglado y mantenido, donde en efecto, las cosas transcurrían a una velocidad muy distinta de la locura de la capital del país.
Ya luego las cosas cambiaron vertiginosamente, Cuautitlán se secesionó, dando paso a Cuautitlán Izcalli, que se presumió en su momento como la primera gran ciudad planeada conforme a la modernidad, se estableció la planta de la Ford, y el antiguo pueblito adormilado se convirtió en un suburbio industrial y un municipio dormitorio cualquiera. Quien sabe qué diría La Güera Rodríguez, de si ganó o perdió con su incorporación al progreso, que de todos modos la cosa no tiene remedio.
Pero si en el Siglo XIX a los capitalinos de cierta alcurnia real o imaginaria Cuautitlán les parecía poquita cosa, ¿qué pensarían por ejemplo de Saltillo, por más que fuera o hubiera sido capital del estado de Coahuila y Texas?, y ni que decir de sitios como Monclova, Ramos Arizpe o Arteaga, que probablemente ni como congregaciones figuraban en los mapas, si es que había mapas, que no fueran otros que los de campaña que usaron los invasores norteamericanos, y tan bien, que muchos los habrán usado para elegir para donde desertarse y esconderse del afamado batallón de San Patricio.
Es común que los humanos, por no decir que es un defecto solo de los habitantes de México, gustemos de sentirnos superiores a otros de nuestros contemporáneos, y que también suframos el tratamiento de otros que nos ven a nosotros como inferiores. Así como los habitantes de la Ciudad de México despreciaban a todos los mexicanos “de provincias” por su falta de lo que fuera, pulimiento, refinamiento, mundo, lo que fuera, así en la actualidad sigue existiendo esa tendencia de que los de aquí, se sienten superiores a los de allá, como si no respiráramos el mismo aire, o nosotros uno más degradado por la contaminación que el que tienen ellos, por la vegetación que no han terminado de destruir.
Andando por las carreteras de los alrededores, nos ha llamado la atención una circunstancia que se está tornando inocultable, mientras que a Saltillo, la capital, la que cumple cuatrocientos cuarenta y tantos años de su fundación, se está quedando atrás, en comparación con los municipios conurbados, específicamente de Ramos Arizpe, y también un poco de Arteaga.
Viniendo de Monterrey, y si tomó usted la carretera de cuota que en parte tiene alumbrado y en otra, reflejantes en el asfalto, se aprecia una diferencia enorme cuando se acerca a la mancha urbana de Ramos Arizpe. Por las noches, el alumbrado público de Ramos Arizpe, el instalado sobre la carretera 57, créanos, se torna hasta molesto, de tan brillante, literalmente deslumbra al conductor y sus acompañantes, acostumbrados como vienen a la obscuridad de la carretera, desde la salida de la autopista de cuota hasta que empieza propiamente la ciudad de Ramos Arizpe, el choque visual es difícil de pasar por alto.
A como son los políticos, nos sospechamos que lo hicieron a propósito, entre comprar unas lámparas que fueran suficientes, a unas que fueran más que de primera, se fueron por estas últimas, y sí, se nota, cuando sale uno del tramo de Ramos Arizpe y cruza el límite con Saltillo, la diferencia es muy notoria, casi le podríamos decir que deprimente, sobre todo porque hay tramos donde no hay todavía construcciones en los costados de la carretera, se ven, o más bien no se ven, como la proverbial boca de lobo. Uno no puede menos que comparar ¿cómo es posible que en la competencia entre Ramos y Saltillo, sea aquella la que va marcando la pauta?
Lo mismo se puede decir de Arteaga. Inevitable, viene uno del nunca fácil tramo de Los Chorros, y donde comienza la mancha urbana, la manchita si prefiere, de Arteaga, se topa con que la carretera ya pasa por en medio del poblado, por lo tanto hay bastante luz urbana, aparte del alumbrado de la carretera. Mal que bien está arreglado el tramo que se recorre, además hay que recorrerlo despacio porque hay un retén de policía y varios topes medio ocultos y medio destruidos, que no dejan de causarle al conductor prevención de no verlos a tiempo, por eso es por lo que va uno despacio.
Ni remotamente el alumbrado de Arteaga de compara con el de Ramos Arizpe, pero sí digamos que está a la altura del de Saltillo, y eso sí que no habla muy bien que digamos para el de la ciudad capital de Coahuila y para su municipalidad, que al parecer, no ha medido el impacto que deberían de tener sus entradas.
Pasando de Arteaga y teniendo como marco el despliegue luminoso de la ciudad hacia la que el conductor va uno bajando, le vuelve a uno a entrar el temor, porque la carretera se vuelve a poner oscura. Hay tramos, ya del lado de Saltillo que están completamente apagados. Se dañó la línea, hubo una sobrecarga, lo que sea, eso nos toca a nosotros, que sí tenemos que cuidarnos de manejar con precaución primero por lo oscuro de la ruta y luego por la presencia de transportes pesados y de personal que no suelen tenerle miedo a nada, entre ello a los accidentes.
Pero donde no está oscuro ciego, sí está bastante falta de mantenimiento, o la luz está mortecina o parpadea, o prende y apaga, y uno con ganas de que no se le vaya a atravesar un peatón en calidad de kamikaze, que los hay de todas las edades.
En fin, dicen que las comparaciones son odiosas, y en este caso ya se nota que en Ramos Arizpe hay más dinero, mucho más que el que hay en Saltillo para atender un volumen de población veinte veces menor, y en Arteaga también se está comenzando a notar la misma tendencia. Ahora resulta, que siendo la capital, Saltillo se está quedando atrás y pobre, si esto se nota ahorita, ¿cómo será dentro de pocos años, en que más empresas lleguen a los municipios vecinos? No queremos ni pensar en la vergüenza que vamos a pasar.
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