Ciudad de México, 10/03/25 (Más / IA).- En un mundo donde los mapas digitales determinan la forma en que nos movemos, comprendemos y representamos el territorio, un grupo de mujeres se ha propuesto desafiar la hegemonía cartográfica impuesta por gigantes tecnológicos como Google. Desde una perspectiva feminista y colaborativa, Geochicas busca transformar la manera en que se construyen los mapas y visibilizar las ausencias que refuerzan desigualdades históricas en el espacio público.
El poder de los mapas quedó en evidencia cuando, semanas después de que el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciara el cambio de nombre del Golfo de México a “Golfo de América”, Google Maps adoptó la modificación en su plataforma. La decisión provocó indignación en México y una protesta de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien exigió a la empresa apegarse a los acuerdos internacionales sobre nomenclatura geográfica. Más allá del conflicto diplomático, el episodio dejó en claro que los mapas no son neutrales: reflejan decisiones políticas y están en manos de quienes los controlan.

Selene Yang, cofundadora de Geochicas, lo explica con claridad: “Los mapas son textos que cuentan historias de lugares y nos permiten interpretar el espacio, pero históricamente, quienes han estado detrás de los mapas han sido hombres con un enfoque de control y expansión”.
Geochicas nació en 2016 como una red de mujeres dentro de la comunidad de OpenStreetMap (OSM), la base de datos geoespaciales abiertos más grande del mundo, una suerte de Wikipedia de los mapas. En este espacio, cualquier persona puede contribuir a la construcción de mapas desde su conocimiento local, sin depender de grandes corporaciones.
Sin embargo, incluso en estas iniciativas colaborativas, las desigualdades de género persisten. De los 10 millones de personas registradas en OSM, solo entre 2% y 5% son mujeres. “Esto se refleja en la ausencia de información vital para las mujeres y comunidades diversas: puntos de atención médica especializada, refugios para víctimas de violencia, centros de salud reproductiva. Si estos datos no están en los mapas, el acceso a estos servicios se dificulta”, señala Yang.
Geochicas ha impulsado diversas iniciativas para revertir esta exclusión. Organizan “mapatonas”, eventos de mapeo colectivo donde voluntarias agregan información geoespacial relevante para las mujeres en distintas ciudades. Han desarrollado proyectos como ‘Las calles de las mujeres’, que evidencia la desproporción de calles con nombres de mujeres frente a las que llevan nombres de hombres en Latinoamérica y España, y han colaborado en la creación del Atlas mundial de movilizaciones del 8M.
Otro esfuerzo crucial es la cartografía de feminicidios, un trabajo que, en países como México, se ha convertido en una herramienta para exigir justicia. “Cada punto en el mapa representa una mujer asesinada por el hecho de ser mujer. La visualización cartográfica permite comprender el feminicidio como una problemática de Estado”, explican las creadoras del mapa Yo te nombro, dedicado a documentar feminicidios en México.

El trabajo de Geochicas y otras iniciativas de cartografía feminista es, en última instancia, un cuestionamiento al poder. ¿Quién decide qué se mapea y qué se omite? Mientras plataformas como Google Maps organizan la información geográfica con fines comerciales, los mapas feministas buscan generar cuidado y resistencia en territorios marcados por la violencia de género.
En un contexto donde los datos se han convertido en una moneda de cambio, la construcción de mapas abiertos y comunitarios cobra una nueva dimensión: no solo desafía el monopolio de la información, sino que busca garantizar que el conocimiento geoespacial sirva para mejorar la vida de quienes más lo necesitan. “Da un poquito menos de miedo a la oscuridad cuando alguien te toma de la mano”, dice Yang. Y en el mundo de los mapas, esas manos están dibujando nuevas rutas de justicia y equidad.
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