Por Marco Campos Mena
Las malas decisiones son como grietas que comienzan pequeñas, casi imperceptibles, pero que con el tiempo terminan resquebrajando los cimientos de cualquier gobierno. Cuando la confianza del primer círculo (ese integrado por empresarios, inversionistas y generadores de empleo) se pierde, el deterioro económico se vuelve inevitable. Sin inversión no hay trabajo, sin trabajo no hay consumo, y sin consumo no hay crecimiento. Lo demás son discursos vacíos, intentos por disfrazar una realidad que cada vez se impone con más fuerza: la economía no se sostiene con propaganda ni con promesas, sino con decisiones sensatas, consultadas y responsables.
El problema es que muchas de las decisiones que se han tomado en los últimos años han carecido precisamente de eso: de perspectiva, de escucha, de sentido común. Gobernar de manera unilateral puede parecer un acto de poder, pero en realidad es una muestra de debilidad. Cuando se ignoran las voces de quienes resultarán directamente afectados, lo que se siembra no es autoridad, sino desconfianza. Y esa desconfianza, tarde o temprano, se traduce en consecuencias que alcanzan a todos, incluso a quienes creyeron estar a salvo.
Tal es el caso de las líneas aéreas que fueron forzadas a abandonar el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para ser enviadas al AIFA, una decisión tomada sin análisis técnico ni consulta con el sector. Lo que en su momento se presentó como una medida de orden o descongestión, terminó siendo un movimiento torpe, improvisado y costoso. Hoy, Claudia Sheinbaum hereda los platos rotos de aquella ocurrencia, enfrentando una realidad que no se resuelve con discursos, sino con logística, eficiencia y confianza… tres cosas que el AIFA todavía no logra inspirar.
Otra de esas malas decisiones fue llenar el Congreso de aplaudidores, de personajes sumisos y sedientos de poder, incapaces de cuestionar o proponer. Diputados que se sienten intocables, que confunden lealtad con servilismo y que han demostrado, con creces, por qué el ciudadano común los ve con desprecio. Resulta grotesco que ahora se ofendan porque se les pide cumplir con su trabajo, asistir a las sesiones, participar en los debates o dejar de fingir presencia mientras están en el gimnasio o en un restaurante, conectados “virtualmente”. Lo virtual, al parecer, les sienta mejor que la realidad del país que deberían representar.
Pero quizá una de las decisiones más delicadas y preocupantes fue la que trascendió en los recientes consejos técnicos, donde se instruyó a los maestros a seguir promoviendo la llamada “ideología de género” entre los niños, bajo el argumento de que deben ser apoyados para “ser lo que quieran ser”. Más allá de lo políticamente correcto, hay un punto donde el sentido común debe prevalecer.
A esas edades, los niños no están pensando en etiquetas identitarias; están aprendiendo a ser, a entender el mundo, a conocerse. Imponerles discursos o conceptos que ni los adultos comprenden del todo no los ayuda: los confunde. Y esas confusiones pueden dejar huellas profundas, incluso irreversibles. Lo que inquieta, más allá del tema mismo, es la intención detrás de esta distracción: ¿qué se está buscando ocultar mientras se polariza a la sociedad con temas que dividen más de lo que suman?
Cada mala decisión trae consigo un costo. No sólo económico, sino social, moral, humano. Las consecuencias no se borran con declaraciones ni con campañas de imagen. Las estamos viendo y viviendo: un país que paga, cada día, por decisiones que no fueron razonadas, por caprichos disfrazados de política pública, por egos que pesaron más que el bienestar común. Al final, los gobiernos no caen por los ataques de sus enemigos, sino por los errores y las malas decisiones de sus propios aliados.
Las malas decisiones no sólo dejan daños: dejan cicatrices. Lo preocupante es que quienes hoy gobiernan parecen no aprender ni de sus propios tropiezos. Siguen actuando como si el país fuera un experimento personal, sin entender que cada error tiene consecuencias que no se pueden esconder detrás del discurso. Y si algo está claro, es que los pueblos cansados de los abusos terminan cobrando las facturas y siempre lo hacen en las urnas.
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