Ciudad de México, 11/08/26 (Más).- El uso cada vez más extendido de herramientas de inteligencia artificial (IA) para resolver tareas personales, laborales y emocionales plantea nuevos desafíos relacionados con la dependencia tecnológica, la pérdida de habilidades cognitivas y la capacidad de las personas para evaluar las respuestas generadas por sistemas automatizados.
De acuerdo con información de El País, especialistas consultados advierten que herramientas como ChatGPT y Claude pueden intervenir en actividades que van desde redactar mensajes y analizar conversaciones hasta planificar, argumentar, traducir y tomar decisiones, lo que las diferencia de tecnologías diseñadas para resolver tareas específicas.
El neurocientífico y físico Gustavo G. Díez señaló que uno de los principales riesgos de la IA generativa consiste en que puede proporcionar información incorrecta de manera persuasiva. Además de equivocarse, explicó, los sistemas pueden ofrecer respuestas parciales que influyan en las decisiones de los usuarios y generen sesgos.
Esta situación adquiere especial relevancia cuando la IA se emplea en áreas en las que el usuario no cuenta con conocimientos suficientes para evaluar sus respuestas. Entre los ámbitos señalados se encuentran la medicina, la gestión empresarial y la política, donde una recomendación incorrecta o sesgada puede tener consecuencias mayores.
El especialista también planteó el riesgo de que algunas capacidades humanas se debiliten cuando dejan de utilizarse de manera habitual. Explicó que el cerebro tiene capacidad de adaptación y desarrolla sus funciones de acuerdo con las exigencias a las que se enfrenta, por lo que aquellas habilidades que dejan de ejercitarse pueden perder eficacia.
Sin embargo, Díez señaló que el uso de herramientas externas no necesariamente provoca un deterioro de las capacidades. La escritura y las hojas de cálculo, por ejemplo, han ampliado las posibilidades humanas sin sustituir completamente las habilidades que requieren pensamiento y aprendizaje. En el caso de la IA, el resultado dependerá de la manera en que se utilice.
Uno de los campos donde esta dependencia comienza a observarse es en las relaciones personales. El texto cita una investigación de Match y el Instituto Kinsey según la cual 26 por ciento de los solteros en Estados Unidos utiliza inteligencia artificial para optimizar su vida amorosa, mientras que este uso aumentó 333 por ciento en términos interanuales.
El uso de estas herramientas incluye la elaboración de perfiles para aplicaciones de citas y la redacción de mensajes iniciales. No obstante, el sociólogo y profesor de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Francesc Núñez, advirtió que recurrir de manera constante a algoritmos para resolver situaciones emocionales puede reducir la práctica de habilidades necesarias para afrontar conflictos y expresar sentimientos de manera personal.
Núñez señaló que las personas pueden terminar adoptando formas de expresión generadas por los sistemas, hasta sustituir parcialmente su propia manera de comunicar emociones. Este fenómeno fue descrito por el académico como la generación de “afectos prefabricados”, al utilizar respuestas algorítmicas para situaciones como declaraciones de amor, disculpas o conflictos personales.
El problema también involucra los sesgos incorporados en las respuestas de los sistemas. Al adoptar una recomendación generada por IA, los usuarios pueden asumir de manera inadvertida prejuicios, estereotipos y patrones estadísticos presentes en la información con la que fueron desarrolladas estas herramientas.
En el ámbito laboral, la automatización también puede producir efectos distintos a los esperados. Díez recordó la investigación de Lisanne Bainbridge sobre las paradojas de la automatización, publicada en 1983, que identificó mayores niveles de fatiga entre trabajadores encargados de supervisar sistemas automatizados debido a la necesidad de mantenerse atentos para intervenir cuando las máquinas presentan fallas.
El artículo también cita un estudio de Boston Consulting Group publicado en Harvard Business Review, realizado con mil 500 trabajadores que desarrollaban tareas complejas. Según los datos expuestos, quienes utilizaban IA de manera intensiva registraron 14 por ciento más esfuerzo mental, 12 por ciento más fatiga y 20 por ciento más sobrecarga informativa, además de 30 por ciento más errores relevantes en decisiones estratégicas.
Para Díez, estos resultados muestran que la IA puede disminuir determinadas cargas de trabajo y, al mismo tiempo, aumentar la cantidad de decisiones que debe supervisar una persona. El usuario puede verse obligado a revisar múltiples alternativas generadas por la herramienta y determinar cuáles son pertinentes, lo que también implica un esfuerzo cognitivo.
El especialista planteó que la tecnología puede utilizarse de dos maneras: como apoyo para desarrollar conocimientos o como sustituto completo de una actividad intelectual. Por ejemplo, una persona puede recurrir a la IA para comprender un artículo complejo y aprender a partir de la explicación, pero también puede pedirle que realice completamente una tarea sin participar en el proceso.
Ante este escenario, Díez consideró que una de las capacidades fundamentales será la metacognición, entendida como la capacidad de reconocer qué se sabe y qué se desconoce, así como identificar qué puede y qué no puede hacer una herramienta de inteligencia artificial.
El especialista sostuvo que los usuarios deberán determinar qué intentan resolver, qué función asignarán a la IA, cómo evaluarán sus respuestas y en qué momento deberán detener el proceso. El desafío, explicó, será conservar el control sobre las decisiones y evitar que la abundancia de opciones generadas por los sistemas desplace el objetivo inicial de una tarea.
La incorporación de la inteligencia artificial en actividades cotidianas plantea así una relación que no depende únicamente de las capacidades de las máquinas, sino también de la forma en que las personas deciden utilizarlas. La diferencia entre una herramienta que amplía habilidades y otra que las sustituye estará determinada por los procesos de aprendizaje, supervisión y pensamiento crítico que acompañen su uso.
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